Esta es la fascinante historia de un grupo de jóvenes juerguistas y ociosos, cuyas relaciones se ven profundamente trastocadas por la irrupción de una obsesiva y excéntrica norteamericana llamada Mary Tribune. Una obra de diálogos deslumbrantes que describe con precisión, ironía y un velado toque de amargura las vicisitudes de una «generación perdida» en el Madrid de la década de 1960.
Demasiado larga, sobran muchas partes. Admiro la capacidad de uso del lenguaje metafórico, la ironía, el sarcasmo y los comentarios atinados del autor en sus personajes. No he empatizado con casi nada de la trama. Me parece un libro por el que no empezaría a leer a Juan García Hortelano, o si buscas un libro de los años 60-70 recomiendo más Últimas Tardes con Teresa de Juan Marsé o El Jarama de Rafael Sanchez Ferlosio.
Por lo general ha sido una lectura que no he disfrutado pero si valoro su calidad literaria.
Mastodóntica «novela» que no cuenta nada, «El gran momento de Mary Tribune» es uno de los libros que más trabajo me ha costado terminar de los últimos tiempos. Es este libro un vacuo ejercicio de estilo por parte de un señor claramente acomplejado por la reiterada acusación hecha —habitualmente con razón— a los miembros de la generación a la que pertenece, de carecer de estilo y de contar historias supeditadas a una coyuntura social y política específica. Así, Hortelano decide escribir algo basado en el puro virtuosismo del lenguaje, despojado casi completamente de contexto y de historia. Y, justo es reconocerlo, al principio funciona, pero solo hasta el momento en que nos damos cuenta de que esto no va a ninguna parte; la odisea de un alcohólico, machista, egoísta terminal, perdido en su propia decadencia y obsesión, podría dar para cien, doscientas páginas (algo más si eres un genio, definición risible aplicada a Hortelano), pero... ¿para 700? Ni en broma.
Hortelano trata de disfrazar la intrascendencia de lo que cuenta (o de resaltarla) mediante el sarcasmo, los juegos de palabras y la pura pirotecnia lingüística, pero cansa. Cansa mucho, y más cuando en ningún momento se puede empatizar con el protagonista ni con ninguno de los miembros de su ridículo círculo de eternos adolescentes envejecidos (¿por qué, por cierto, solo las mujeres tienen hipocorísticos absurdos, como «Bert» o el más que irritante —por lo obsesivamente repetido— «Tub»?). ¿Qué les ha ocurrido para ser tan insoportables? «La vida», supongo que diría Hortelano. De acuerdo, pero eso no basta. La elipsis como técnica narrativa llega hasta donde llega. Entendemos que el personaje principal lleva una vida vacía, pero eso ni explica ni justifica el que sea un borracho abusivo y degenerado con ínfulas de bohemio culturetas. Las anodinas andanzas de este Donjuan apático se arrastran durante cientos de páginas hasta llegar a un tour de force final en el que pasa... nada. Bueno, eso no es del todo cierto, algo sí que pasa, lo que se nos explica —o, más bien, se alude— mediante flashbacks. No voy a hacer spoilers (aunque pocas novelas recomendaría menos que esta, supongo que alguien la leerá en el mundo mundial alguna vez, y podría darse la cósmica casualidad de que también hubiera leído mi crítica), pero se trata justo de la única historia de este mamotreto que parece genuinamente interesante, y se nos escamotea sin piedad, en un ejercicio que podría calificarse directamente como sádico después de quinientas páginas de la más insustancial nada. Y, bueno, como no se nos cuenta nada, pues, para no variar, termina sin resolverse nada. ¿Se casará el protagonista con Sagrario? ¿Se quedará con Julia? ¿Por qué demonios lo aguantan estas dos? ¿Acaso nos importa? Son incógnitas, que, gracias a Dios, nunca se resolverán.
Uno de los grandes logros de Juan García Hortelano es esconder, con un lenguaje cómico y paródico, una triste historia cercana a la picaresca más pesimista.