Apenas recuerdo los otros dos relatos, pero acostumbro a releer Hoja de Niggle con frecuencia. Es la historia de un pintor que está inmerso en un cuadro que empezó por una hoja. A partir esta hoja fue trazando con su pincel el follaje, después un árbol y finalmente un paisaje. Ilusionado como está, arde en deseos de continuarla, pero siempre ocurre algo que le impide seguir, a menudo peticiones de ayuda de sus vecinos para tareas mundanas. Es el caso de la primera interrupción, cuando un tal Parish, que parece ser un vecino de toda la vida, le solicita para llamar a un médico, pues su mujer está enferma, y a un albañil, pues un temporal ha estropeado el tejado de su casa. ¿No podría hacerlo él mismo? Como se denota al comienzo de la historia, Niggle no parece entusiasmado con la idea, pero termina accediendo.
Había una vez un pobre hombre llamado Niggle, que tenía que hacer un largo viaje. Él no quería; en realidad, todo aquel asunto le resultaba enojoso, pero no estaba en su mano evitarlo. Sabía que en cualquier momento tendría que ponerse en camino, y sin embargo no apresuraba los preparativos...
Existe un profundo paralelismo entre el cuadro que el autor desea continuar (que ha empezado por un pequeño dibujo de una hoja y se va extendiendo hasta adoptar proporciones bíblicas) y la propia obra de Tolkien, así como la actitud de sus vecinos (demandándole favores que le roban tiempo para tal tarea) evoca la sensación que probablemente debía despertar en el escritor que su familia o amigos le acortasen los días y los meses y dilatasen la realización de la obra con requerimientos que él, al igual que el pintor, no tenía ningún interés en satisfacer, pero a cuyo cumplimiento se veía impelido finalmente por cortesía o amabilidad.
Y bueno, el asunto no acaba ahí...