¿Y si lo mejor que podríamos hacer con nuestra vida literaria fuera reescribir lo que ya existe?
No escribir, sino reescribir. No inventar, sino corregir, ajustar, pulir, como quien se enfrenta a un manuscrito ajeno y decide que puede hacerlo mejor. Ahora imagina que ese manuscrito es la propia realidad, tu vida entera convertida en un borrador lleno de tachaduras y anotaciones al margen. ¿No es esa, en el fondo, la gran tentación de todo lector? ¿Y no es también la condena de todo escritor?
En Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas juega precisamente con esta idea, pero a su manera, es decir, con el ingenio de quien disfruta desarmando los mecanismos de la literatura mientras los sigue usando. La novela se estructura en forma de diario y sigue a Mac, un abogado de unos sesenta años cuya empresa ha cerrado por la crisis financiera y se encuentra sin trabajo, que decide llenar sus días reescribiendo un viejo libro de un famoso escritor vecino, un tal Sánchez, al que profesa cierta antipatía. Un libro, Walter y su contratiempo, que se estructuraba en diez capítulos escritos en el estilo de diez autores distintos —de Cheever a Hemingway, de Carver a Malamud— y que, según Mac, estaba lleno de fallos y que, por tanto, merece una versión mejorada. Hasta aquí, todo parece una historia sobre la arrogancia del aficionado. Pero Vila-Matas no da puntada sin hilo, y lo que empieza como un simple ejercicio de reescritura pronto se convierte en un juego de espejos, donde lo falso se confunde con lo real, la copia con la originalidad y el protagonista con su autor.
Porque Mac es el narrador perfecto para esta historia: un tipo deliciosamente perdido en su propio laberinto, que no sabe si está escribiendo algo nuevo o simplemente regurgitando lo que ha leído, si es un creador o un parásito, si está construyendo una obra maestra o un disparate. Y mientras él se enreda en su propio proceso creativo, Vila-Matas se divierte dejando trampas para el lector, jugando con la memoria, la autoficción, la metaliteratura y la fina línea entre el plagio y el homenaje.
Pero aquí hay algo más: Mac no solo es un escritor amateur, también es un urbanita peatón que deambula y se desliza por las calles del Eixample de Barcelona como si estuviera descifrando un texto oculto en la ciudad. Mac encuentra en la deriva urbana una forma de pensar, de construir su propio relato. Sus paseos son tanto un acto de escritura como de lectura, y en cada esquina parece estar reescribiendo su propio destino, aunque ni él mismo sepa hacia dónde va.
Lo brillante de Mac y su contratiempo es que no se limita a ser una novela sobre literatura, sino que también es una reflexión sobre la vida misma, esa constante reescritura de lo que somos. Porque, ¿no estamos todos, en algún momento, corrigiendo lo que fuimos ayer? Vila-Matas convierte esa idea en un juego literario, casi como una broma privada que, sin embargo, nos llega al fondo: la duda constante sobre si lo que hacemos tiene verdadero valor, la sospecha de que nuestras ideas están más influenciadas por lo que hemos leído que por nuestra propia voz, y la lucha —a veces absurda, pero siempre necesaria— por encontrar algo original en un mundo plagado de ecos ajenos.
Pero Vila-Matas no se detiene ahí. Teje su relato como una caja china, pero no de esas con sorpresas previsibles que se desvanecen rápidamente. No. Cada capa aquí es un giro inesperado, una invitación a dudar sobre lo que estás leyendo. En vez de avanzar, la historia parece devolverte una y otra vez al mismo punto, una encrucijada de referencias y ecos literarios que se reflejan una y otra vez en los pasillos de la novela. Y, sin embargo, te dejas llevar, atrapado por la sensación de que, tal vez, nada de lo que ocurre es lo que parece.
Lo más interesante de todo es cómo Vila-Matas convierte su novela en un auténtico laboratorio literario, donde cada digresión, cada vuelta inesperada, no solo amplía la historia, sino que reconfigura la propia narración. Mac, perdido entre los laberintos de su mente, reimagina desde ángulos imposibles el texto de Sánchez, ese Walter y su contratiempo, jugando con los reflejos de lo que es real y lo que es pura reescritura. Y en ese vaivén, el lector también cae en la trampa: ¿qué es real, qué es reescritura, qué es solo un eco dentro del mundo que Vila-Matas despliega como un prestidigitador literario?
Porque cuando parece que todo es juego literario, Vila-Matas mete el acelerador en el tramo final y nos recuerda que la literatura no solo se escribe, sino que se padece. Mac, atrapado en su propio delirio literario, acaba experimentando en carne propia lo que significa que un libro pueda devorarte, cambiarte, tal vez incluso destruirte. Y aquí Vila-Matas nos deja con la sospecha de que la literatura no es solo un pasatiempo inofensivo: es una máquina que transforma, y a veces, quien se sienta a escribir no sale siendo la misma persona.
Y aquí viene la gran pregunta que queda en el subconsciente del lector: ¿se puede reír mientras se reflexiona sobre el sentido de la literatura? Vila-Matas no solo cree que sí, sino que lo convierte en un arte. Mac y su contratiempo es la prueba de que la metaliteratura no tiene por qué ser un ejercicio solemne y plomizo, sino que puede ser tan divertida como un vodevil intelectual. La novela se construye sobre un mecanismo de repeticiones y variaciones que haría sonreír a Kierkegaard: recordar y reescribir, dice el filósofo danés, son un mismo movimiento. Y Vila-Matas lo lleva al extremo: Mac no solo reescribe, sino que se enreda en su propio bucle narrativo con una ingenuidad tan deliciosa como absurda. Lo fascinante es que esa espiral de versiones y revisiones, lejos de volverse tediosa, tiene el efecto contrario: nos atrapa, nos desconcierta y nos hace reír.
Porque Mac y su contratiempo no es solo una gran novela sobre la literatura: es también una gran novela sobre el equívoco, el delirio y el gozo de perderse en una historia sin final fijo. Como un jazzista que retoma un viejo tema para improvisar sobre él, Vila-Matas nos recuerda que la literatura es un arte de variaciones infinitas. Y que, al final, la única manera de sobrevivir a esta madeja de recuerdos y repeticiones es reírse.
Así que ahí tienes: una novela que te deja dándole vueltas a la idea de si alguna vez has tenido un pensamiento realmente original o si, en el fondo, solo eres el eco de las lecturas que te han formado. Pero, bueno, ¿acaso importa? Quizá la clave no esté en la originalidad, sino en la manera en que repetimos, transformamos y nos apropiamos de lo que amamos. Al final, quizá escribir —y vivir— sea eso: un intento infinito de corregir lo que ya está escrito, de buscar sentido en el desorden, de reescribirnos a nosotros mismos. Un eterno y necesario contratiempo.