Rocanrol de Lucas García se vale de las peripecias de Bruno Manrique, un famoso DJ de radio, para pintar un fresco típico de finales de los años noventa en nuestro país.
La novela tiene de todo: sexo, drogas, cinismo, política, corrupción, rumba, caña y la típica visión noventera de «me sabe a mierda todo». Los personajes van y vienen como si no les importara el mañana; se acerca el nuevo milenio y cualquier cosa puede suceder, así que es mejor aprovechar el día y dejar que sean los impulsos los que nos guíen.
Es una obra sumamente entretenida; de hecho, el escritor cuenta en el prólogo que eso era lo que quería hacer. Con un lenguaje fresco y coloquial, muchos diálogos, situaciones que llegan a parecer inverosímiles —pero que en el fondo están basados en acontecimientos reales— y un toque de picardía venezolana nos encontramos con una novela que vale la pena leer, cumpliendo su función a todos cabalidad: hacer que pases un buen rato.
Yo me divertí que jode.