“Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir”
Decía Julio Cortázar que “Paradiso” era un mar. Si la novela de José Lezama Lima es un mar, su poesía es un océano. Cada poema, por sí solo, es un archipiélago de islas barrocas flotando a la deriva en un océano pastoso, inabarcable, repleto de monstruos marinos y simas abisales. En la poesía de Lezama convive –sobrevive– lo cubano y lo caribeño y el simbolismo de Mallarmé, la infame turba de nocturnas aves de Góngora y la máquina de coser y el paraguas de Lautréamont. Lezama es el más barroco de los barrocos y el más surrealista de los surrealistas, el más particular, el más rousseliano. El que habita la columna más alta en el desierto más remoto. Y, por supuesto, el más excesivo, el más complejo.
Casi dos meses de parque (mi perra le está muy agradecida) me ha costado emerger de estos dos volúmenes –letra minúscula, tamaño bolsillo DE VERDAD– que incluyen “Muerte de Narciso”, “Enemigo rumor”, ”Aventuras sigilosas”, “La fijeza”, “Dador”, “Fragmentos a su imán” y otros poemas no publicados en libros.
Y es que lo que pretendía ser un simple paseo se convierte pronto en una ruta de senderismo radical no apta para todos los públicos. Y sin mapas ni cantimplora. “El caballo Ritra o Dicoglioneonorester huele mis manos tan lentamente” y otras crípticas lindezas impronunciables van alineándose con planetas y conjuros, hormigas y miel, cangrejos y espejos, pulpas y carbunclos, enanos y gnomos, Tarot y mazapán apareciendo y desapareciendo en sus páginas densas, compactas, impenetrables. No queda otra que abrirse camino a machetazos, y ni así. De vez en cuando se hace necesario salir a respirar, secar la ropa y arrancarse las sanguijuelas, dar un rodeo, cerrar el libro, subir a lo más alto de su lomo y observar alrededor, intentando orientarse en vano.
Al final a uno no le queda más que el presentimiento –poco más que eso– de haber salido vivo de milagro, haciendo un poco de trampas, eso sí (pueril hazaña), pero con la satisfacción de haber andado lo suficiente para dar con un par de versos ignotos, con una palabra brillando en el cieno o entre las flores, con un pájaro raro y una fuente oculta y necesaria. Paladeo la ambigua dicha de regresar de Marte con algunas buenas fotografías mientras pienso que más adelante, tal vez, volveré a realizar la travesía en solitario sin la sensación de no haber entendido nada, de haberme convertido en un pobre turista con sombrero mexicano.