Comencé esta novela en el aeropuerto de Singapur con una cierta inquietud tras leer la dedicatoria que su autor me escribió durante la firma de libros: “Esperando que este viaje te resulte tan incómodo como emocionante”. Incomodidad y emoción me parecían dos sustantivos incompatibles para un mismo texto. Al principio sentí esa incomodidad, pero no por la historia en sí, sino por su estructura. Esa doble (y yo diría casi triple) vertebración de capítulos me hizo estar un poco perdido al comienzo. No entendía muy bien quién era quién y por qué contaba lo que estaba leyendo. Menos aún comprendí las notas a pie de página finales de algunos capítulos. Sin embargo esa incomodidad inicial dio paso a la emoción, la intriga, la incredulidad, diría, por momentos. Una sensación de que cada uno no parecía ser quien era según lo que relataba, de que el autor estaba jugando conmigo para confundirme, intentando hacerme creer que quien parecía una cosa representaba en realidad la propia del otro personaje. Y además, dejando por sentada su deseada asepsia en la presentación de los mismos. Además, el lenguaje inicial, la descripción de la cotidianidad castellonense, tan cercana, tan reconocible, me hacía avanzar cómodo, en un entorno próximo. En la página 107 el autor dice “sigo sin conseguir que me caiga mal” y es eso justamente lo que me ocurría a mí mientras avanzaba en la lectura. A la vez que conseguía que “cada vez me cayese peor el otro personaje”. La realidad que narra es rotunda, actual y perversa y siempre nos remueve un poco más las entrañas que cada día nuestro noticiero televisivo se encarga de acostumbrar. El libro lo empecé como he dicho en el aeropuerto de Singapur y lo terminé al llegar a Yakarta, de una sentada, de un tirón. No me dejó abandonar su lectura. Esa trenza de historias me obligó a continuar hasta el final, redondo y yo diría que plausible a la vez que real.
Yo he decidido que quiero que sea real y a la propuesta que Raúl nos hizo en el Corb sobre qué opinaríamos cuando lo terminamos, mi respuesta es que dos.
Interesante historia que cobra más sentido y fuerza cuando llegas al final, y cuyo trabajo a modo casi de ensayo, con cierto suspense y muy bien trazado, nos trae dos personajes en paralelo, uno en 2011 y otro en 2014, y la construcción de una novela a modo de borrador. Lo mejor, la fotografía que consigue el autor de Jorge, el arquitecto inmerso en una depresión que decide escribir una novela de género periodístico, con sus múltiples debilidades y cobardías, y el escenario que él mismo, Jorge, consigue con la historia de Santiago.
La historia es buena, la lectura me pareció difícil de seguir al principio, tarde en entender quién(es) iba desarrollando la historia y efectivamente sientes una empatía y casi cariño por Santi. El corazón se te estruja con el deseo del pequeño de volver con su madre.