3,5
«Es una lástima que solo nos demos cuenta del encanto de la infancia cuando nos hacemos adultos. Durante la infancia todo es diferente. Miramos el mundo con ojos radiantes y puros, y todo nos parece mucho más luminoso».
Ya es coincidencia, pero ya van dos Trotalibros que leo en momentos muy difíciles de vida, con grandes pérdidas de por medio. El primero fui incapaz de acabarlo —y, a día de hoy, aún no he sido capaz– y este siento que me ha ayudado mucho y me ha llegado en un momento en que creo que me ha venido muy bien un libro como este.
Estoy muy de acuerdo con Paustovski cuando nos habla en estas memorias de la infancia y la adolescencia como etapas vitales que forjan nuestro carácter y que lo significan todo en nuestra vida de adultos, al echar la vista atrás. La mirada nostálgica y tierna de su propia vida se funde con la sensibilidad con la que habla de la Ucrania y la Rusia en la que creció, los lugares y los acontecimientos sociopolíticos del siglo XIX que vivió y las esperanzas y miedos que le acompañaron durante el camino.
Por eso creo que el punto de vista, en primera persona, es tan importante en este libro. Porque es capaz de narrar la realidad externa y cómo le influyó —algo que puede gustaros a quienes amáis la cultura rusa— y, al mismo tiempo, sus propios fantasmas, logros y decepciones familiares.
Tengo marcados y releídos muchos de los pasajes en los que habla de su familia y de los amores que le marcaron y le hicieron la persona —y el escritor— que fue, y sé que voy a volver a ellos. Aunque creo que, en muchos otros —como los de su estancia en el colegio—, se extiende relatando anécdotas que, a mí, al menos, no me parecieron interesantes o a la altura del resto.
En resumen, «Los años lejanos» es uno de esos libros que nos llevan de vuelta a nuestra infancia. A esos días en los que mirábamos la vida con la belleza que realmente merece, a pesar de las tragedias cotidianas —y no tan cotidianas— que nos desgastan. Pese a las pérdidas, las decepciones y los miedos que nos hacen sentir pequeños. A esos días en los que querríamos detener el tiempo para encapsular una risa, un amanecer, una mirada o un gesto de alguien a quien quisimos. Porque esa nostalgia también forma parte de quienes somos.
«Recuerda mi consejo: no juzgues a nadie, ni siquiera a mí, hasta que conozcas todas las circunstancias y hasta que hayas adquirido la experiencia suficiente para entender muchas cosas que ahora, por supuesto, no entiendes».