Obra maestra, me atrevería a decir. Saer hace algo con la literatura que transporta a la razón y al lenguaje a otro estadio, a la vez que primordial, vasto. Esa vastedad de lo primordial, de lo primigenio que las posibilidades del lenguaje y la razón permiten explorar. Y eso lo transforma en literatura. Saer es uno de los más grandes de las letras hispanas del siglo XX, un creador de universos literarios comparable con el mismo Borges.
Lo que en un principio es una especie de Crónica de Indias desde la voz de un muchacho que parte de España junto con una expedición hacia el Río de la Plata en las Indias del siglo XVI, se transforma en un relato sobre la construcción de la realidad, del otro, la ficción, la memoria, el lenguaje y la simulación.
Detrás de la tribu caníbal que retiene diez años al protagonista del relato, está toda la concepción de una cosmovisión de lo desconocido, el ejercicio de imaginar la alteridad desde lo más recóndito y críptico del concepto de realidad. Saer, siempre desde el lado del intérprete de ese nuevo mundo en la voz del protagonista, pone realidad en la ficción del descubrimiento del Otro (el descubrimiento y la conquista de América no es más que eso, pero tampoco menos). Arranca los vestidos de la simulación y la puesta en escena de la realidad, desde la observación de la mirada de una tribu aborigen que pretende ser lo único real dentro de un mundo de no-existencia. Así, el testigo intérprete, el único sobreviviente de la masacre de su expedición en manos de esta tribu, podrá con su testimonio, salvar a la tribu de la aniquilación, a través justamente de convertirse en el narrador de su experiencia. Narración convertida en un relato que es el que pervivirá, porque solo es posible el simulacro de lo acontecido, ya que dentro de esa realidad-ficción en la que nada existe si no es dotado de concreción a través de la mirada de esa tribu, toda repetición de los hechos no es más que un simulacro de una realidad esquiva, de una verdad oscura, indescifrable más que impalpable. Así, después de años, ya anciano, recordará ese hombre que fue puesto en libertad para dejar testimonio de los “hombres verdaderos”, quienes sobreactuaban su papel en una constante simulación para que el extranjero no los olvidara y transmitiera así con fidelidad su personaje, y escribirá sus notas en las que finalmente se aclarará la verdad dentro de esa oscuridad que amenaza con aniquilar toda realidad. Esto, en una trama que abre ficción sobre ficción, simulación sobre simulación: el protagonista es liberado después de diez años y al salir hace lo que se espera de él, cuenta su relato, pero nunca se acerca siquiera a la verdad, por el contrario, se aleja cada vez más al terminar escribiendo y actuando en una obra de teatro sobre su experiencia con los indios, convirtiéndose en un personaje de sí mismo, y reduciendo su experiencia a una obra bufa, encerrando así en una ficción sin riesgo y en un relato toda su experiencia y la verdad de aquello que pretende ser verdad. Más tarde se retirará de ello y se dedicará a imprimir libros, con lo que la ficción del simulacro se materializa y cierra un ciclo. A partir de allí, dentro de la narración de la novela, desentrañará la verdad de aquella tribu en la que solo pudo llegar al entendimiento a través no solo de la observación profunda de sus rituales y del uso del lenguaje, sino desde la propia mimesis. Se trata de una novela filosófico-existencial-antropológica que indaga desde la ficción, el propio mecanismo simulatorio en que consiste la ficción y la creación del Otro. Pero esto, dentro de muchas capas de significado que he apuntado a continuación a breves rasgos:
-La construcción del relato que desafía a la realidad y que es más verosímil que ésta. El relato es más potente que el hecho. Es una reflexión sobre la ficción. Y sobre la ficción dentro de la ficción (una obra de teatro sobre la experiencia del protagonista, quien a su vez es quien escribe y protagoniza la obra de teatro). La primera ficción sobre un hecho es la de Saer, la segunda, la del protagonista. La tercera, la conversión en pantomima: un esqueleto fantasmagórico. La gente creía ver un orden ahí que al protagonista se le escapaba (¿el orden de la ficción?). El protagonista nunca relató la verdad de lo que sucedió con los indios. ¿Por qué? ¿Porque la verdad es siempre inaccesible y solo queda el relato que es siempre una farsa, una pantomima? En esa mimesis fallida de la realidad, la ficción se construye a sí misma. Luego, una capa más de ficción: el hombre abandona la compañía de teatro y deja a otro actor como su reemplazo: asume su identidad y él mismo se compromete a cambiarse de identidad. La dilución del yo.
-El simbolismo que se desvela de forma muy sutil: la obra (de teatro) pare tres niños (hijos de una actriz de la compañía) y él se los lleva. Los frutos de la farsa (de la ficción). Luego, el proceso se cierra al volver matérica a la ficción: decide volverse impresor de libros.
-Por otro lado, el ejercicio de alteridad, de crear al otro desde la ficción. Entender una cosmovisión ajena o inventarla, tal vez. No hace una apología del buen salvaje, pero a la vez, esos indios le parecen lo único humano entre tanta farsa.
-La vida como simulacro ¿Cuál es la verdad? Para la tribu en la que estuvo todo lo demás era simulación. Todo era risible.”La existencia de los indios era más real”. La relatividad de la realidad: existo porque algo más existe. Algo más existe porque existo ¿Solipsisimo?
-El cuestionamiento de la realidad. El ser, el estar. En la lengua de los indios no existían tales palabras, lo más cercano era “parecer”. Entonces, nuevamente, el yo es un simulacro. Nada es lo que es, simplemente parece que es. Nihilismo de los indios. Nada es, todo parece. Todo es inexistencia. La amenaza de la aniquilación: lo externo les quitaba realidad.
-Para la tribu, ellos son lo único real. Son el fundamento entre tanta incertidumbre. Lo demas es no-existencia. Obscuridad. Pero dependen de que el resto de cosas les den realidad. Ellos son lo único existente y son "los hombres verdaderos", por ello son caníbales. Para algunas tribu ser comido era un honor. A ellos les parecía aberrante, porque pasaban a ser objeto, por lo tanto a perder realidad y ser cosa aparente. Ellos comían carne humana para devorar el vacío de la no-existencia y seguir siendo los hombres verdaderos. Aunque aquello les pesase como una sombra oscura. Era la única forma para ellos de distinguirse del mundo y volverse más nítidos. “El peso de la nada”: se empezaron a sentir los hombres verdaderos cuando dejaron de comerse entre ellos. Sin embargo, les quedaba un regusto de lo antiguo, se comían a sí mismos en realidad, y realizaban un simulacro al comer otras tribus.
-El nombre que le dan al protagonista los indios, con el que llaman a muchas cosas, “def-ghi”: el simulador, el que representa a otro, a otra cosa, a ellos. Entonces, al salir, debe ser el espía y darles testimonio a ellos de lo visto. Querían que él fuese testigo de su pasaje por el espejismo material y que sea su narrador. Querían algo que les hiciera perdurar entre las cosas visibles cuando ellos ya no estuvieran. Que se supiese que eran los hombres verdaderos. Por eso atrapaban hombres del exterior y luego los soltaban para que fuesen sus testigos.
-La metáfora de ser el otro cuando se cree ser el verdadero. La constante amenaza de la aniquilación. La no-existencia. El choque de dos culturas en lo más profundo de la idea de la existencia.
-Pero los indios, al buscarlo como testigo, realizaban su propio simulacro de sí mismos para que él diese testimonio de algo de sí mismos que les interesaba, por ejemplo, su generosidad. Todos repetían gestos o palabras, algo fiel para fijar en su memoria algo de ellos para que no desaparecieran entre lo indistinto. Exageraban para aferrar el personaje de sí mismos que representaban.
-“Nuestras vidas se cumplen en un lugar terrible y neutro que desconoce la virtud o el crimen y que, sin dispensarnos ni el bien ni el mal, nos aniquila, indiferente”.
-Sueños y recuerdos son una misma cosa. La única verdad es la oscuridad como la negrura de un eclipse: “el color justo de nuestra patria”. Y, luego, la luz que deja ver todas las cosas ya transformadas por esa oscuridad de la verdad.