Estas páginas se ocupan de algunas de las huellas visibles, a un tiempo concretas y alegóricas, que una de las nociones centrales que han organizado nuestro imaginario colectivo a lo largo de los siglos, ha venido dejando en el cuerpo del cinematógrafo. Pensada por la antigüedad clásica como una patología causada por la presencia en el cuerpo humano de la bilis negra, asociada por algunos autores modernos a una tristeza vaga y permanente capaz de suspender cualquier interés del sujeto hacia el mundo exterior, hoy vemos a la "melancolía" como una "auténtica enfermedad cultural", como una "irremplazable metáfora heurística" (Yves Hersant) para comprender tanto el pasado como los agitados tiempos que vivimos. ¿Debe sorprendernos, por tanto, que la "melancolía" haya encontrado caldo de cultivo preferente en el que ha sido el arte del siglo XX? En este volumen se recogen, desde Europa hasta América sin desdeñar los confines de Bengala o Japón, algunas muestras señeras que adopta el pensamiento fílmico cuando se apropia del citado concepto. Con el fin de mostrar que "cine y melancolía" forman una pareja indisoluble.
Aunque su significado ha mutado, la idea de melancolía ha estado presente a lo largo de toda la historia cultural occidental. Inventada por los griegos (melas ‘negra’, y kholis, ‘bilis’: negra bilis) dentro de la teoría hipocrática de los cuatro humores, fue en el Renacimiento cuando se la empezó a usar para describir un temperamento. Gracias al spleen romántico se la asoció con cierta idea de belleza, y fue solo en el siglo XX, a partir de Freud, cuando apareció el sentido científico de depresión.
Parte de esta historia le sirve a Santos Zunzunegui para determinar que «la melancolía en los tiempos modernos habita de forma natural en el territorio del cinematógrafo». Relacionar el dispositivo cinematográfico, basado por definición en el movimiento y la acción (kiné), y la melancolía, caracterizada por el ensimismamiento, la abulia y la parquedad de acción, puede parecer paradójico. La literatura y su capacidad de introspección o la temporalidad detenida de la pintura, parecen refugios más naturales para la melancolía.
A través del análisis de determinados motivos melancólicos, presentados en un sentido descendente que acaba trazando dos polos (determinando así la dualidad del concepto en sí mismo: empezando por el temperamento y el genio artístico –positivo– pasando por la historia, el mal de amor, la postración, las ruinas, la descomposición, y terminando en la muerte –negativo–), Zunzunegui demuestra que el dispositivo cinematógrafo se encuentra «bajo el signo de Saturno». Pero no solo el artefacto: también nosotros, espectadores, estamos acechados por este sentimiento. Benjamin dijo que el melancólico, en su perseverante ensimismamiento, asume en su contemplación las cosas muertas a fin de salvarlas: ¿qué es el espectador cinematográfico sino un melancólico que contempla ensimismado aquello que pasó, aquello que no volverá, es decir: la muerte?