Pasen a leer esta casi-triste historia:
Saqué este libro de la parte de "novedades" de la biblioteca. Pese a que amo a Claudel, no estoy muy pendiente de sus nuevos libros así que cuando vi este en la estantería lo saqué muy ilusionada. Antes de comenzar a leerlo, como siempre, lo busqué inmediatamente en esta plataforma y acá mi primer error: se me ocurrió leer los comentarios. Muchos son de "no cumplió mis expectativas", "esperaba otra cosa", "no está mal, pero..." Y ahí me dije, "chuta, me equivoqué, debí traer otro libro en lugar de este". Como saqué otros seis libros más, me puse a leer esos primeros y dejé este para el final, dándome lo mismo si lo temrinaba a tiempo o no. Pero JA! Claudel nunca me falla. No señor, señora, señorita, caballero. Resultó que estos tres últimos días he estado pegada al libro hasta que lo solté porque llegué a la última hoja.
FIN.
Claudel nos habla de la muerte de un amigo muy cercano y cómo, mientras él está atravesando este proceso, muchas cosas a su alrededor también comienzan a vivir o renacer. Creo que es uno de sus libros más "alegres", y eso ya es mucho decir viniendo de él.
Dejo las citas que más me gustaron:
Hace mucho tiempo ya que comprendí que no “hacemos” las películas, sino que son ellas las que nacen de nosotros y toman forma cómo y cuando les parece.
Pero la literatura, lo que leemos, cala en nosotros con la profundidad de un cuchillo clavado en un órgano, aunque no comprometa realmente el “pronóstico vital”.
Una vez más, creo que fueron la literatura y el cine los que me señalaron lo que el mundo aún no me había permitido ver. Y debo tanto mi sed como la satisfacción de la misma a las novelas de Frison-Roche, a los libros de Samivel, de Gaston Rébuffat.
Siempre he tendido a escucharme un poco más de la cuenta. Tal vez debería tomar distancia respecto a mí mismo.
A veces, la ficción es más exigente que la vida.
Creo que durante mucho tiempo veía las películas como si fuera una especie de libros de imágenes animadas. Su autor era anónimo.
Además en la entrada del cementerio hay un letrero que especifica que dentro está prohibido comer y beber. “Por respeto”. No sé qué tiene que ver el respeto con todo esto. ¿Respeto por quién? ¿Por los muertos? ¿Por los vivos? ¿Por la comida? ¿Por la bebida?
Pero desde la perspectiva de la edad del universo, somos rigurosamente idénticos.
He leído en algún sitio que los cincuenta son la vejez de la juventud y los sesenta la juventud de la vejez. Cada uno se las arregla como puede con las palabras.
A veces el silencio parece el dialogo profundo de quienes se comprenden.
Eugene había muerto de no amar y no ser amado.
Los ojos de Eugene brillaban de alegría. Se posaban sobre las cosas, “las cosas de la vida”, la vida que sabía que estaba desapareciendo poco a poco bajo sus pies.
Eugene era mucho más lector que yo. A ese respecto, su piso engañaba, porque no había libros en ninguna habitación. No los guardaba en su casa. En cuanto los leía los regalaba o los dejaba en un banco, un tren, la mesa de un bar. “Que den vueltas, como el mundo”.
El modo en que los distintos idiomas del mundo toman el mando de nuestro cuerpo –expresiones del rostro y de las manos, modulación de la voz, relación entre bajos, medios y agudos, nasalización, sonidos guturales o aflautados, acentuación, ritmo respiratorio – puede provocar errores de bulto al interpretar las intenciones del hablante.
Leyéndolo, tenía la sensación de entrar de lleno en lo que la representación de la vida y la vida misma pueden tener de admirable y absurdo, de único y risible.
Sé que en realidad somos lo que somos gracias a nuestros padres, por supuesto, a nuestros maestros de escuela, acaso a nuestros profesores, pero estoy convencido de que debemos buena parte de nuestra construcción intima y afectiva a los artistas, estén muertos o vivos, y a las obras que crearon y que permanecen, pesa a la desaparición de sus autores, pesa al tiempo que borra las sonrisas, los rostros y los cuerpos.
En qué medida a veces la literatura puede pesar más que la vida, y también en qué medida puede hacerla más viva, reanimarla, alejar de ella, desgraciadamente por un tiempo limitado, lo que la corroe, la mina y la destruye.
Recuerdo que, cuando tenía por primera vez en las manos uno de sus libros, el último publicado, me sentía vibrar como antes de una cita de una importancia capital, y si me hubieran pedido que eligiera entre leer uno de sus libros o pasar una noche con una chica, no habría dudado ni un segundo.
Aunque haya escrito grandes libros, Kundera no puede curar casos desesperados.
Me digo que es mi madre y yo soy su hijo, aunque ahora pertenezcamos a dos mundos distintos, sin puntos de contacto. Ella habita en un universo del que lo ignoro todo, en el que no sé si existen el sufrimiento, el dolor, el placer, los sueños, los recuerdos, el tiempo, y que ella tampoco sabe nada del mío, no puede comprender de ninguna forma lo que experimento, lo que siento, ni cómo es mi vida.
Nuestra vida no se parece en nada a una figura lineal. Más bien se asemeja al único ejemplar de un libro compuesto, para algunos de nosotros, tan sólo de unas cuantas páginas, limpias y lisas, escrita con letra seria y esmerada; para otros, por un número mucho mayor de hojas, algunas desgarradas, otras con más o menos tachaduras, llenas de reinicios, y arrepentimientos.
Claudel, te amo.
PD: La parte de Claudel, Eugene y el encuentro con Kundera es sencillamente maravilloso.
Te amo Claudel, sí, lo repito por si no quedó claro.