Necesito un cuchillo para rebanar lo invisible.
Es una época que se siente cercana, aunque la gente ha aprendido una particular hazaña: desaparecer. Tal vez se siente cercana por eso mismo. Frente a lo abrumador de una sociedad líquida, hoy en día la gente ya pasa buscando maneras de evadirse por un momento; maneras de colocarse en una realidad distinta a la que habita el cuerpo. El problema es que somos seres físicos, dependemos de nuestra materialidad. Quizás sea el tacto, y no la inteligencia, lo único que nos mantiene humanos. Al final, lo que llamamos inteligencia ya la poseen incluso objetos en esta -y en nuestra- realidad.
Los problemas de la posmodernidad se encuentran al orden del día: parejas que terminan por desacuerdos en cuanto a una posible descendencia, trabajos basados en formar la opinión pública aprovechando la resonancia de las redes sociales, hogares convertidos en dormitorios donde lo único presente son las cosas. Hay una nostalgia pero no de lo que fue, sino de lo que se esperó y ahora, gracias a la tecnología, se sabe que nunca será. Los detalles son lo primero que se pierde, pero al final la memoria es la supervivencia de un único detalle. Lo demás desaparece.
La inserción de intergeneracionalidad (hay, al menos, cuatro generaciones presentes a lo largo del relato) sirve para mostrar el cambio en los ojos que observan la historia.
—Por favor, abuelo, deje de decirle internet, me da vergüenza.
—¿Y cómo se dice ahora?
—Yo qué sé. No se dice nada. Uno siempre está conectado.
Incluso frente a condiciones físicas distintas a las actuales, la trama gira alrededor de dos hermanos que crecieron juntos y cuyas vidas no se encuentran en ningún momento. Pareciera existir una asíntota entre ambos.
Los mantras modernos me pareció una novela ambiciosa, bien estructurada y disfrutable. Hay saltos entre los hilos de cada personaje y una voz en segunda persona que no deja de sorprender, puesto que cambia constantemente de receptor. A la hora de repetir estupideces es más fácil tolerar la propia voz. Y sí, cuando todo se ha vuelto absurdo solo queda intentar oír aquello que está sonando dentro de nuestra propia cabeza. Total, ya no hay tacto, solo nos quedan descargas a través de la sinapsis.