El clima de irritación constante y masiva en las redes sociales ha generado un nuevo tipo de censura que aplica sus prohibiciones de manera orgánica, imprevisible y caótica. Los usuarios participamos de todas las polémicas empujados por la sed del reconocimiento, mareados por la sobreinformación y confundidos por el relativismo de la verdad, mientas que determinadas voces desaparecen por miedo a la humillación. Las redes sociales nos han llevado a un nuevo mundo en el que vivimos cercados por las opiniones ajenas. Lo que parecía la conquista total de la libertad de expresión ha hecho que una parte de la ciudadanía se revuelva, incómoda. Grupos de presión organizados en las redes -católicos, feministas, activistas de izquierdas y derechas- han empezado a perseguir lo que consideran «excesos» intolerables mediante el linchamiento digital, las peticiones de boicot y las recogidas de firmas. La justicia se ha democratizado y la silenciosa mayoría ha encontrado una voz despiadada que hace de la deshonra una nueva forma de control social, donde la libertad de expresión no necesita leyes, funcionarios ni estado represor. A través de casos reales de linchamiento como los de Justine Sacco, Guillermo Zapata o Jorge Cremades, este libro, a la vez honesto y perturbador , disecciona el clima censor de nuestro tiempo, mostrándonos la realidad en la que vivimos enfrascados y el terrorífico papel que desempeñamos todos. Reseñas: «Soto Ivars toma la palabra y lleva a cabo, a fuer de buen periodista, una investigación encaminada a desvelar los entresijos del sucio asunto de los linchamientos digitales». Fernando Aramburu «Si has escrito tuits y los has borrado antes de darle a twittear, Soto Ivars te explica el por qué». Jordi Évole
La postcensura: ese terrible mecanismo que permite que si alguien suelta algún comentario machista, racista o franquista en las redes, cien personas le respondan con un muy atinado "eres gilipollas". ¡Qué libertinaje! ¡Sálvanos, Sotonto Ivars!
Tenía muchas ganas de leer Arden las redes, a la vez que tenía bastantes expectativas, por tratar un problema tan complejo y actual que creo que debe tratarse y debatirse en profundidad.
Comparto varias ideas y conclusiones de los ejemplos que ofrece Juan Soto Ivars, tanto los lejanos como los cercanos a mi ideología y forma de pensar. El libro recoge críticas interesantes a las redes sociales (y quienes formamos parte de ellas) en general: la dualidad de identidades creadas entre nuestro entorno físico y el virtual, y cómo pueden interactuar; la definición de Twitter no como un ágora sino como “aldeas y capillas” y su consecuente creación de espacios de endogamia, tan extrapolable, debido a los algoritmos, a Facebook o incluso fuera de las redes sociales, como el mismísimo Google. De igual forma, la mención al maniqueísmo que muchas veces inunda lo que se denomina guerras culturales, o la situación de la prensa española y la degradación hacia el amarillismo y el clickbait son temas interesantes que se tratan en el libro.
Pese a todo esto, tengo reflexiones cruzadas y algunas de ellas no me han ayudado a dejarme llevar mientras leía el libro:
DOCUMENTACIÓN He disfrutado el trabajo de documentación que hay detrás de Arden las redes. Sin embargo, en ciertos momentos he echado en falta datos y estudios detrás de correlaciones y suposiciones, como que «la izquierda políticamente correcta, que ha pasado treinta años declarándose moralmente superior a la derecha paleta, racista e inculta, ha cabreado enormemente a grandes grupos de personas: más de cincuenta millones votaron a Trump». De la misma manera se relaciona más tarde la corrección política con el brexit, sin referencias que respalden tales afirmaciones.
En cuanto al caso de Migoya, Soto Ivars dice que 13 años y varias publicaciones después «el escándalo lo persigue allá adonde va» y sugiere que Migoya «se las ha visto y deseado» para publicar su última novela. Declara el autor de Arden las redes que «la sombra del linchamiento es muy alargada y pertinaz», sin mencionar cómo ese linchamiento sigue presente a día de hoy en el trabajo de Migoya (respuestas concretas de editores, mensajes recibidos, o al menos el sentir de Migoya).
En otro capítulo, el autor menciona que encontró artículos en los que Miguel Gila era considerado un «aliado del feminismo», para después dar ejemplos de un sketch que podía pasar por machista por las «feministas de Twitter», sin referenciar tales artículos, que se echan en falta para una consulta directa. Este ejemplo en concreto me lleva al siguiente punto.
FEMINISMO Durante todo el libro notaba un intento de criticar de manera inquina al movimiento feminista. El concepto «feministas de Twitter» es mencionado en varios puntos, homogeneizando el movimiento y negándole la diversidad y el debate interno que, pese a no ser visible siempre (como en cualquier otra corriente), están mucho más presentes de lo que se pretende insinuar.
Uno de los ejemplos que se mencionan es el de Migoya, al cual Juan Soto Ivars entrevista. En su encuentro con Migoya, que vive actualmente en Perú, declara que la gente en Lima «sabe reírse despreocupadamente de cosas que aquí se han convertido en tabú, como la guerra de sexos, pese a que allá el machismo y la violencia contra la mujer son todavía más escalofriantes que en España». Quizás es precisamente una relación causal, y habría que cambiar ese ‘pese a que’ por ‘debido a que’, como menciona Soto Ivars justo después, a su manera, enunciando que «a medida que las condiciones de vida de un grupo social mejoran y se disuelve la discriminación que lo envolvía, la piel de sus integrantes se vuelve más fina». En mi opinión, aquí habría que tener en cuenta muchos otros elementos, como que ese colectivo tenga más o menos voz para denunciar las opresiones que sufre, no que aumente o disminuya su susceptibilidad. Tal afirmación queda expresada en una idea simplista que no vuelve a tratarse durante el libro.
Por otro lado, se muestra como ejemplo el linchamiento y poscensura a Cremades. Entre otras cosas, me sorprendió que cuando la periodista Lorena G. Maldonado, hablando de Cremades, declara sobre su machismo que no le cabe en cabeza «que un tío que tiene antecedentes con este tema no esté preparado para responder», Juan Soto Ivars contesta a esto: «Quiero subrayar la palabra que empleó Maldonado: “antecedentes”. (…) me llamó la atención el uso de un término policial, pero creo que era la palabra adecuada. Para Twitter, Cremades era un criminal reincidente». Según la RAE, en su segunda acepción del término antecedente, recoge ‘2. m. Acción, dicho o circunstancia que sirve para comprender o valorar hechos posteriores’. El «término policial», como dice Soto Ivars, no aparece hasta su sexta acepción. Entiendo lo que quiere decir el autor, pero me sorprende que se coja con pinzas unas declaraciones así, especialmente en este libro.
GRUPOS IDENTITARIOS La ironía con la que habla de su situación privilegiada (varón, blanco, heterosexual, etc.), reproduciendo la caricatura de que, según la corrección política y la guerra cultural, esto ya le convierte en «culpable de varios cargos», reduce de nuevo el debate sobre este tema a una simplificación que no se da ni siquiera dentro de la “guerra cultural” de manera extendida.
«La izquierda se divide en identidades excluyentes y ha perdido toda su fuerza unificadora. Cada grupo cree que su reivindicación debe prevalecer sobre la del grupo que tiene al lado», dice el autor. Como asistente a asambleas y eventos de diferentes grupos identitarios, he experimentado precisamente lo contrario: intentos de sinergias, unión y apoyo mutuo, a pesar de todos los fallos que pueda haber, como en cualquier movimiento.
Comparto la crítica a los límites del humor, pero entiendo lo fácil que es apuntar a ciertos colectivos ya vilipendiados y cómo esto ayuda a perpetuar las discriminaciones y su situación, y eso parece que en el libro no importa ni debe ser tenido en cuenta. De igual manera, comprendo que esos colectivos reaccionen, dentro de esa misma libertad de expresión que aquí se defiende.
LA LIBERTAD Y SUS LÍMITES Algunos de los casos de linchamiento y poscensura recogidos en el libro no comenzaron inicialmente con esas intenciones, sino más bien como denuncia o respuesta, igual de amparada por la libertad de expresión, degenerando y yéndose fuera de control posteriormente.
Es por ello que, siendo el linchamiento y silenciamiento de ideas, o cualquier reacción llevada a tales extremos, detestables ¿no es la respuesta, individual o colectiva, a cualquier exposición de ideas, parte de la libertad de expresión? La pregunta es, en mi opinión, ¿dónde está el límite entre la libertad de expresión de cualquier individuo o comunidad a criticar las declaraciones/obras de otra persona y el linchamiento? Se acusa a la “masa enfurecida” sin analizar dónde termina de ser un mero ejercicio de libertad y empieza ese linchamiento condenable, dónde acaba la individualidad para difuminarse y dejarse llevar por la masa irracional. Una parte mínima del libro, ya al final, plantea hasta qué punto las personas que forman parte de la “masa enfurecida” expresan su opinión o se dejan llevar por la presión de grupo, usando como ejemplo el experimento de Asch; pero esto no ayuda a identificar cuándo se ha cruzado esa línea entre la libertad de expresión (a título individual o masivo) y el linchamiento y la poscensura.
Gran libro para la reflexion sobre todo en los tiempos actuales. Creo que es una lectura muy recomendable para tomar conciencia de nuestros actitudes digitales y poner en duda nuestros pensamientos, opiniones y convicciones. Me preocupa empezar a pensar que ya hemos vivido los mejores tiempos de la libertad individual, de expresion, tolerancia e informacion periodistica y que todo lo que viene sólo es par ir a peor. ...sera que me estoy haciendo mayor:-)
He disfrutado bastante este libro porque cumple con creces su cometido principal, que es crear debate sobre los temas de la censura, la creciente polarización de la sociedad, y nuestra tendencia a linchar en las redes sociales a aquellos que o bien no piensan como nosotros, o bien tienen la mala suerte (o la mala idea) de dar a luz a una opinión que nos resulta ofensiva.
Arden las redes me ha hecho reflexionar bastante, y me ha demostrado lo angosto y complejo que es el camino que va entre los sentimientos que nos produce una declaración ofensiva, y las consecuencias que puede tener para una sociedad que las opiniones ofensivas se censuren. Mientras duraba mi lectura, me he propuesto hacer un ejercicio práctico y observar mi posicionamiento acerca de las diferentes cuestiones que tienen que ver con la ofensa o la censura, y que iban surgiendo a mi alrededor en tiempo real. Precisamente, esto ha coincidido con la entrada en prisión de Pablo Hasel, con cuya condena nunca he estado de acuerdo, y con una manifestación abiertamente antisemita en el centro de Madrid, dos acontecimientos coetáneos por espacio de un par de días.
Mi conclusión es que el tema de la libertad de expresión es extremadamente complejo, pero después de leer Arden las redes , no creo que censurar sea el camino para evitar los males que nos afectan como sociedad. Esta opinión se cimenta en un descubrimiento: cuanto más emocionalmente implicada estoy con un tema, menos gracia me hace que se bromee, banalice o ataque con él. Pero cuanto más distanciada estoy de dicho tema, menos me afecta que se linche a la persona o grupo que ha expresado una "mala" opinión, o que se censure el objeto o palabra de discordia. Es decir, a la hora de emitir un juicio sobre un caso, mi personalidad y opiniones se colocan en el camino del análisis de la situación, y eso, objetivamente, me convierte en alguien no apta para juzgar el tema en cuestión.
En Arden las redes , se habla de varias personas que fueron sujetas a la furia de las redes sociales cuando publicaron algo que a alguien no le pareció bien. He leído el libro con la humildad y la mente abierta de alguien que, como muchos, supongo, se siente perdida en una época en la cual la sociedad y la política están extremadamente polarizadas, en la cual ya no existe el consenso y la vida social prácticamente se reduce a enfrentarnos por absolutamente todo. Yo misma he sido parte de linchamientos a personas en redes sociales. También me alegré por el cierre de la cuenta de Twitter de Donald Trump (opinión que sigo manteniendo por diversas razones incluso después de haber leído este libro). Pero ha llegado un momento en el que me he dado cuenta de que muchas de mis posiciones no son defendibles, simplemente porque mi actitud se basa casi completamente en emociones, sentimientos viscerales y preferencias personales. Y en mi búsqueda incansable de la verdad, abro libros como Arden las redes esperando que el autor me explique claramente por qué no tengo razón.
Lo más interesante de Arden las redes es que ciertos casos que se exponen me han costado más de digerir y tolerar que otros. El caso de María Frisa, escritora de libros para niños de estilo irreverente y gamberro, no me supuso un desafío porque yo misma fui una niña de personalidad bastante nihilista, pesimista e irónica que habría adorado un libro como 75 consejos para sobrevivir en el colegio . El hecho de que incluya afirmaciones como "sal con alguien, con quien sea" o "solamente puedes salir con tu novio porque si no se pone celoso" no me parecen preocupantes. Me parecen los pensamientos simples y crudos propios de la niñez, que todavía no conoce los recovecos y complejidades de la psique humana. En el caso de Vicent Belenguer y su texto sobre el torero Victor Barrio, siempre pensé que su comentario era tan desafortunado como el de cualquier persona que considera arte al toreo, pero no me costó estar en contra de su linchamiento porque me considero completamente antitaurina.
Sin embargo, en el caso de Hernán Migoya y su libro Todas putas o Jorge Cremades y el sketch en el que bromea con ligar utilizando cloroformo, la cosa se me puso más complicada. Desde un primer momento, estuve dispuesta a considerar una actitud moderada y comprensiva hacia estos dos temas, pero las consideraciones que se me pasaban por la cabeza podían contarse por miles. El derecho a la libertad de expresión se mezclaba con mi inquietud sobre el rol de ambos hombres y obras a la hora de perpetuar ciertos pensamientos, actitudes o esquemas que dañan a las mujeres. Mi conclusión con estos dos casos es que, a pesar de que soy absolutamente contraria al problema de fondo que sin duda esconden, no creo que la censura sea la solución. En una sociedad donde se siguen editando (y espero que por mucho tiempo) libros como Mein Kampf , El Capital o Lolita , censurar no solo no es la solución, sino que parece estúpido y peligroso.
En mi opinión, tanto la obra de Migoya, como la de Cremades, como los libros anteriormente citados, tienen una parte buena y una parte mala. La buena reside en absorber lo que tienen que contar, y realizar un ejercicio de reflexión para discernir lo útil de lo dañino. La mala es que, volcados en mentes menos dadas al conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, pueden ayudar a perpetuar ciertas actitudes que sin duda acaban saliendo con forma de daño a la sociedad, de una manera u otra. Incluso con todo esto, censurar no me parece la solución. Censurar o prohibir siempre me ha parecido sinónimo de proscribir, mitificar e incluso legitimar. La única solución a estas lacras es combatirlas desde la educación, la cultura y el debate sano y constructivo.
Si nos limitamos a censurar, la conclusión evidente es que llegará un momento en el que la línea de la censura se difumine o se lleve al extremo, para acabar en una realidad parecida a la de los estados totalitarios. "O estás dentro de la doctrina, o estás fuera de todo". Al llegar a este punto, como hemos podido comprobar a través de sociedades que o quemaban libros o aplicaban la censura con mano de hierro, lo único que conseguiríamos sería una población descontenta, desmotivada y deprimida. Palabras que no constituyen una buena base para conseguir lo que se supone que se quiere, que es una sociedad más justa, respetuosa, inclusiva y amable.
Mi reflexión final sobre esto es: por qué está bien que una película como Irreversible exista, pero Todas putas no? Según tengo entendido, Irreversible contiene una escena bastante larga en la cual se reproduce una violación con todo lujo de detalles. Eso es precisamente lo que cimenta mi miedo a sentarme a verla. Por qué Todas putas hace apología de la violación pero Irreversible no?
Y aquí viene la gran pregunta que me hace dudar sobre lo conveniente de la existencia de ciertas cosas. Hasta qué punto la cultura da forma a la sociedad? Hasta qué punto la existencia de chistes machistas ayuda a perpetuar la sociedad machista en la que vivimos? Es posible erradicar el mal si erradicamos sus presuntas fuentes? O estamos empezando la casa por el tejado?
De nuevo, respondo a esta pregunta basándome en mi caso personal, o en las cosas que conozco de primera mano. A pesar de mi extensa experiencia con juegos de disparos, compartida con otras millones de personas en España, nunca he sentido la necesidad de comprar un arma o disparar a alguien. A pesar de mi presencia en conciertos en los que se insultaba a la policía, la monarquía o la gente poderosa, siempre he mantenido la opinión de que si hay que combatir algo, se puede combatir desde el debate, la cultura y la total falta de "dios y religión" a quien defender de manera acérrima. Como mujer lesbiana, antitaurina, tendente al socialismo, feminista y muchas más otras cosas, no tengo problema en discutir con quien sea sobre cualquier tema que me toque de cerca, y lo único que defenderé con ahínco es (lo que yo creo que es) la verdad. Incluso si me afecta.
Dicho todo esto, invito a todo el mundo a que lea Arden las redes y lo utilice como un ejercicio de apertura de mente y autocrítica. A pesar de ciertas dificultades encontradas por el camino, sin ninguna duda me ha servido como un toque de atención a la hora de defender la libertad de expresión - no llegaré al punto del activista judío que ayudó a que un grupo de neonazis pudiera manifestarse, pero haré lo posible por combatir lo que no me gusta desde la inteligencia, y no desde la censura.
En diciembre de 2006 la revista Time escogió como persona del año a los usuarios de Internet. Youtube, los blogs y el nacimiento de las primeras redes sociales masivas convirtieron al usuario en protagonista, en lo que después se denominó "generador de contenido", o sea, en creador. Once años más tarde, Ese "You" de la portada de Time es una masa enfurecida en Twitter y Facebook que intenta censurar cualquier cosa que no le guste, si es posible arruinándole la vida al que se le ponga por delante. Las redes sociales no han hecho más que amplificar movimientos que ya existían fuera de Internet: lo políticamente correcto, los Social Justice Warriors y sus equivalentes sin nombre conocido en la derecha.
Cualquiera que pierda el tiempo con frecuencia en las redes se habrá topado con los casos que analiza Soto Ivars en este libro, y si es español, probablemente ha participado de alguna manera en más de uno, ya sea como parte de la masa enfurecida o como defensor de causas perdidas. Desde el caso Zapata al de Jorge Cremades, pasando por los de María Frisa o Vigalondo, el ensayo de Soto Ivars habla de acontecimientos que hemos vivido en primera persona, y trata de explicarlos basándose en, entre otras cosas, la debilidad extrema de los medios de comunicación, que, en una búsqueda desesperada del tráfico, elevan a la categoría de noticia cualquier soplapollez de Tuíter. El ciclo del linchamiento tuitero (digo tuitero porque es el más ruidoso) suele ser similar: sacar de contexto una frase o una afirmación, reducción del perpetrador de la frase a la categoría de basura racista/machista/antisemita/whatever y, una vez deshumanizado el adversario, proceder a trasladar esa ira al mundo real, intentando que le despidan, que sus amigos dejen de hablarle o lo que se tercie.
COmo casi todo, el fenómeno del justiciero cibernético y el de la masa enfurecida digital viene de Estados Unidos, y los casos extremos que se han dado allí no tardarán en llegar aquí. Hasta ahora lo más preocupante que hemos visto en España ha sido una manifa de feministas enfurecidas intentando impedir el acceso a los asistentes a un show de Jorge Cremades, pero pronto veremos casos más graves. James Damore, el ingeniero de Google despedido por elaborar un texto en el que se preguntaba si las políticas de diversidad que se estaban aplicando eran las correctas, ha sido el último caso. Todos los titulares, aquí y en EEUU, hablaban sin complejos de "manifiesto machista", cuando no era ninguna de las dos cosas, pero, como queda claro a lo largo de Arden las redes, la verdad es, de muy lejos, lo menos importante cuando de linchar a alguien se trata.
Una pregunta que revolotea el libro mientras uno lo lee es ¿He estado en el bando correcto? ¿He participado en linchamientos sin preocuparme de las consecuencias para el linchado? La respuesta es no a lo primero, y sí a lo segundo. Este libro habla de nosotros, los tuiteros, los usuarios de Internet, personas del año de 2006 según Time, y nuestra costumbre de masacrar sin demasiada piedad a quien dice cualquier gilipollez. Lo hacemos, claro, porque es comodísimo equiparar una opción política que nos desagrada a una boutade dicha por el más tonto de sus integrantes, pero también por el refrescante sabor de la superioridad moral.
Si considero valioso el concepto de Poscensura, y por extensión Arden Las Redes, es porque me parece que ilustra elocuentemente una de las manifestaciones de la dinámica de polarización ideológica actual, donde nadie quiere saber nada de las ideas de sus adversarios ideológicos y donde la consecuencia de este estado de cosas es que el debate de ideas resulta prácticamente inexistente. El corolario de todo esto es que estamos más lejos de la Sociedad del Conocimiento que hace veinte años. Paradójicamente, porque desde un punto de vista tecnológico estamos más cerca de ella que nunca antes en la Historia. Mientras tanto, personas que se arroban la potestad de erigirse en representantes de ciertos grupos conformados en virtud de tales o cuales rasgos diferenciales, y que se apropian de la voz de los individuos que integran esos colectivos para sus propios intereses, han encontrado en el altavoz que proporcionan las redes sociales un ecosistema en el que crecer y extenderse. Supongo que es el precio de la libertad, aunque no oculto mi sospecha de que hay algo más. Como decía Kurt Vonnegut, en boca de su personaje Winston Niles Rumfoord de Las Sirenas de Titán, "no hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es cuestión de organización. Si existen lo que se llama ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la mafia". Pues bien, algo de eso hay hoy en día en las redes sociales, y el libro de Soto Ivars lo demuestra para quien quiera verlo.
Y lo es porque aborda el debate (creo que muy necesario) de como nos comportamos en las redes sociales, especialmente cuando nos convertimos en parte de esa masa enfurecida que juzga a una persona por un comentario en twitter o Facebook y que amparándose en la ofensa se pone la capa de justiciero y se dedica a hundir la vida a un perfecto desconocido al que puede resumir sin sonrojo en 140 caracteres. Este movimiento de masas basado en la humillación, capaz de hacer sentir justicia al que lo aplica y consigue que alguien pierda su trabajo a cambio de la recompensa de un like.
Las consecuencias son entre otras el miedo y la autocensura que nos imponemos nosotros mismos, perdiendo libertad de expresión (por muy cuestionables que sean los que se opine) ante cualquiera que pueda sentirse ofendido (No, estar ofendido no implica tener razón). Alguien tiene que cuestionar la moralidad de todo este proceso en el que estamos envueltos, de habernos convertido en censores de la opinión, e Ivars hace un trabajo encomiable, muy interesante y que desde luego, no puede dejar indiferente a nadie.
(Por cierto, que también he terminado otro sobre el mismo tema que también se habla en este libro: Humillación en las Redes de Jon Ronson, también muy recomendable).
Un ensayo imprescindible en el que se describe el fenómeno de la poscensura: la forma en la que se producen linchamientos públicos en redes sociales a individuos por parte de una turba de justicieros de la moral.
Además de casos de sobra conocidos, como los de Cremades, Vigalondo, Zapata o Frisa, el autor nos lleva de la mano en el análisis de este fenómeno tan propio de nuestro tiempo, proponiendo preguntas que quizás no nos hemos hecho.
Es posible que, al leer Arden las redes, sintamos que quizás hemos formado parte en algún momento de una de estas turbas. Resulta terrible pensar que un pequeño grupo de presión, desde el anonimato y el sofá de sus casas, pueda acabar con la reputación, el trabajo y la vida de personas que tuvieron la temeridad de expresarse libremente.
Los datos, las citas y las referencias que aparecen en el libro son accesibles y comprobables desde cualquier navegador. Me quedo con una reflexión que aparece repetidamente en el libro: ¿Funcionamos como seres individuales cuando linchamos en redes o nos unimos a un enjambre de pensamiento único por miedo a que nos linchen a nosotros?
Si algo hay que reconocer de Soto Ivars es su perspicacia para escribir un libro sobre algo que todo el mundo es capaz de percibir. En ese aspecto, explota al máximo su faceta periodística y nos trae a colación varias historias cuyo hilo conductor es lo que él llama «poscensura», dedicando la mayor parte de la obra a un ejercicio cronístico. Ahora bien, a la hora de salirse de su molde, en lo tocante a definir su acuñación, encontramos diversas ideas desperdigadas por el texto, deslavazadas, que no galvanizan el concepto, sino que lo hacen más oscuro y confuso. Las historietas —Migoya, Cremades, Frisa— están muy bien, ¿pero qué es lo que pretende Soto Ivars? ¿Que seamos más prudentes la próxima vez para no participar en estos linchamientos? La respuesta parece obvia, pero se queda en el aire.
Gracias, Juan Soto Ivar, por explicar claramente lo que, en mi humilde opinión, es el mayor reto al que la sociedad moderna se enfrenta. Mis 3 neuronas muchas veces pensaron con crítica muchas cosas que tu explicas como si recitaras la tabla del 1. Y lo mejor de todo es que, aunque hay cosas en las que puedo no estar de cuerdo o momentos del libro en los que me quedo con ganas de que extiendas el debate (especialmente en el capítulo en el que hablas de feminismo y mencionas a Barbijaputa), la sensación final al acabar de leer es: jo, ojalá me pudiese tomar una birra con este tío, y hablar del tema (y los temas relacionados), hasta que se acaben los barriles. Altamente recomendable lectura, si pensar no te dá miedo.
Soto Ivars, partiendo de casos concretos de linchamientos online y que muchos de los internautas recordarmos, nos hace ver que las redes sociales, en manos de la masa enfurecida, son uno de los peores lugares del mundo en el que descubrirnos a nosotros mismos como intolerantes, aunque a veces lo hagamos en forma de chiste. No hay capítulo en que no nos haga reflexionar sobre la libertad de expresión o los límites del humor, por poner algunos ejemplos, con textos en los que sus ejemplos sirven muy bien para hacernos ver que a veces, para sentirnos parte de esa masa, somos capaces de sacar lo peor de nosotros mismos. Una obra reflexiva muy buena que nos hará ver las redes sociales desde otro punto de vista.
Soto Ivars nos lleva a recordar algunos de los episodios más sonados de las poscensura, la mayor parte española pero también extranjera. Las pone en contexto, las describe y analiza con mayor o menor profundidad. Es un libro ameno que todo el mundo debería leer para darse cuenta de hasta dónde nos llevan las redes sociales. Personas que, sin saber con cierta profundidad qué ha pasado, son juez y parte, linchando a otros sin importar el daño que puedan causar.
Este es un excelente libro documental sobre los casos de histeria colectiva y linchamientos en redes sociales en años recientes, principalmente en España, país de origen de su autor. El autor defiende firmemente en todo momento su postura en contra de la censura y la autocensura en redes sociales, pero no deja de ser equilibrado y objetivo. Excelentemente escrito, y recomendado a quienes les interese los temas de libertad de expresión, censura, prensa libre y corrección política.
En El Día del Watusi, Casavella escribió algo así como: "Primero siembras el caos. Luego te presentas como el salvador de ese caos" y es algo que ha hecho, muy bien Juan: crear polémica y luego recopilar todas esas polémicas en un libro que va, oh señores, por la segunda edición. Razón no le falta, creo, otra cosa son los medios. Había que leerlo.
El libro analiza los cambios producidos en la sociedad debido al impacto de las redes sociales. Habla sobre la libertad de expresión, la corrección política y de la despersonalización del individuo frente al grupo. Análisis interesante y bien escrito, contiene ejemplos y propone ideas. Imprescindible para el que quiera saber por qué pasan ciertas cosas en las redes sociales.
En estos tiempos trémulos la lucidez es como el fresco en el estío sevillano. Aquí tenéis un libro que deberíais leer, sobretodo esa masa recalcitrante y de uñas largas que todo lo soluciona a base de gritos y denuncias en pos de un mundo aséptico y de pensamiento unitario.
Muy bueno. Es una especie de versión española de “Humillación en las redes”, de Jon Ronson, pero con un complemento teórico y ensayístico que gira en torno al concepto clave, original, del libro: la poscensura. Es decir, la censura que se ejerce en las sociedades abiertas.
Se trata de un ensayo que analiza cómo y por qué las redes sociales, fundamentalmente Twitter, se han convertido en un mecanismo de censura.
El libro comienza examinando la idea canónica de censura, que suele ser la ejercida por un grupo relativamente pequeño que sustenta el poder sobre un conjunto más amplio de individuos. Este sería un tipo de censura institucional, por ejemplo la ejercida por un estado, sobre todo de tipo autoritario, o una religión. Se examinan ejemplos de censura en la Unión Soviética y la dictadura franquista.
Una vez restaurada la democracia en España, con el paso de los años la censura deja de ser institucional para pasar a ser más bien económica. La formación de conglomerados mediáticos deviene inevitablemente en un tipo de censura donde los principales accionistas deciden qué información se publica. Todo esto se acentúa por la crisis de los medios de información tras la llegada de Internet y las interacciones entre el poder político y el poder económico (dueños de los medios de información).
Finalmente, las redes sociales, sobre todo Twitter, irrumpen como último aparato censor. En este medio la censura no ocurre de arriba a abajo, es decir, no ocurre desde un grupo que sustenta algún tipo de poder, sea bien institucional o económico, sino que actores esporádicos de la red se alinean involuntariamente para subyugar a otro individuo. Este es el fenómeno de los linchamientos o juicios morales paralelos (al sistema judicial de un estado de derecho). La red social con incentivos como likes, retweets o nuevos followers, anima a sus usuarios a participar para atraer la atención de otros usuarios anónimos, que los recompensarán con likes. Los enjuiciamientos morales son espacios idóneos para maximizar estos incentivos, puesto que cuando se discuten cuestiones morales como la pedofilia o el nazismo nadie estará de acuerdo en defender tales posturas y todos se apresurarán a manifestarse en contra. Además la propia red anima la turba, promocionando a trending topic las discusiones más acaloradas. Los medios tradicionales también echan más gasolina al fuego dado que en internet tráfico equivale a dinero.
En esta parte del libro sobre los linchamientos en Internet, Soto Vars repasa varios casos sonados, sobre todo cercanos a la fecha de publicación. Además, para cada caso el autor entrevista a los principales actores implicados, acompañando también varias reflexiones y valoraciones personales. Las entrevistas aportan rigor periodístico. Las demás partes están también muy bien documentadas, con múltiples referencias a otras obras y escritores.
Si algo he echado en falta ha sido algún tipo de reflexión sobre posibles soluciones a la censura que ha generado internet. Parece como si este problema fuese inherente a las redes sociales cuando realmente un fenómeno como un linchamiento digital es fácilmente detectable mediante análisis automático de la información.
En definitiva, lectura recomendable para entender las redes sociales como instrumento político. Algo que nos atañe a todos.
Me interesaba este ensayo porque todos utilizamos las redes sociales, todos opinamos diariamente, y la libertad de expresión que se esgrime en internet es un arma de doble filo. Soto Ivars empieza recordando sucintamente la censura en regímenes totalitarios hasta llegar a lo que llama él poscensura, termino derivado de la palabra posverdad. El autor va dando ejemplos que han sucedido desde hace unos diez años hasta el 2016, consciente de que nadie sabe el camino por el que van a tirar las masas de las redes, capaces de hacer que se retiren libros, se cancelen shows... Lo curioso del tema es que los poscensores cuelgan etiquetas, sin conocer globalmente a su contrincante, se erigen como adalides de la libertad de expresión decidiendo qué se puede decir y qué no. El libro se devora en dos días porque su lenguaje es claro y porque todos andamos esperando ese comentario de nuestros amigos o conocidos sin pensar que un día una de nuestras frases o aseveraciones se puede hacer viral, por muy chorra que sea, hasta convertirse en trending topic y que hordas de defensores de la libertad de expresión cuestionen cualquier esfera de nuestra vida. En el fondo todos somos actores sociales, hasta los censores, y tenemos una máscara para cada ámbito social. Es curioso como si uno hace un chiste polémico o simplemente quiere avivar el debate, incluso diciendo cosas que no piensa para despertar comentarios o reacciones, es algo que se ha hecho toda la vida desde que el hombre es hombre y Sócrates filósofo, ahora tenemos el anonimato de la pantalla para denunciar bajo el "santo nombre de la corrección política" a aquellos que se atrevan. Dentro de poco hasta los humoristas serán correctos, serios, educados y nos reiremos siempre con media sonrisa por si acaso somos encubridores de sus maldades.
Da en qué pensar y propone temáticas y puntos de vista que permiten una visión del tema más en mayor profundidad, en la mayoría de los ratos.
A partir de aquí... uno tiene que razonar y aceptar que la formación intelectual es un proceso infinito, tener una opinión evolutiva, para terminar actuando como a uno le permitan sus convicciones, y en caso de duda, el consejo sería actuar con buena fe. Podrás acertar o equivocarte ... pero al menos deja menos remordimientos.
Con el material escrito y audivisual del autor creo que es alguien que se gana la atención por su capacidad interesarse en temas desubicados en el debate de de la calle, y nos regala su análisis y comparte sus ideas sembrando dudas, trazando líneas ocultas entre los temas y para el que lo quiera ver, incluso iluminando puntos de encuentro en los aparentes opuestos. Para a menudo terminar en el "Nunca digas nunca" o "piénsatelo dos veces antes de condenar algo". Y ante la incomodidad de la incerteza, siempre sobrevuela un optimismo y una ventana a la mejora. Ante otros muchos matices, veo o quiero ver, una actitud de compasión (no confundir con estar de acuerdo con ciertos actos).
En cualquier caso, bienvenido sea el debate y la posibilidad que dan libros como este para contraponer escenarios para entender mejor las cosas (en este caso las redes) y a uno mismo.
Está claro que el libro no gusta a los que suelen ser cómplices de esa turba que se dedican a hacer quema de brujas en redes sociales a los que tienen una opinión diferente a la suya. Cómo se juntan en manadas para señalar a quien atacar, en la mayoría de casos sacando de contexto cualquier opinión por respetuosa y argumentada que sea o simplemente porque no te cae bien.
Me alegra ver que se ha sacado un libro que habla con total franqueza sobre la "Postcensura", algo que por mucho que los cómplices de esas turbas dicen que no existe, existe.
De porqué borré mi cuenta de Facebook hace muchos años y porqué da literalmente miedo opinar sea de lo que sea, por si va provocar que una turba te haga ciber-bullying.
La libertad de expresión debe existir siempre que no insulte a alguien. Guste o no lo que se opine, se puede dialogar, discrepar, estar de acuerdo o en desacuerdo, pero movilizar gente para atacar a una persona por expresar su opinión es peor que la censura en tiempos de dictadura, porque en este caso no recae en 1 censor, sino que recae en la propia población y no se limita a censurar sino que se ensañan insultando, humillando y haciendo ciber-bullying a esos que simplemente tienen una opinión distinta.
El libro en cuestión presenta una crítica constructiva hacia el uso de las redes sociales, mientras mantiene un tono entretenido que lo hace accesible para una amplia audiencia. Su objetivo principal es promover la cautela y la reflexión crítica sobre nuestras acciones en línea, al mismo tiempo que nos invita a considerar los peligros de la censura moderna y sus posibles repercusiones.
A través de sus páginas, el autor nos desafía a cuestionar nuestras percepciones sobre la libertad de expresión y el papel de las redes sociales en la sociedad actual. Al mismo tiempo, nos presenta una serie de ejemplos que ilustran los efectos tanto positivos pero sobre todo negativos del uso de las redes sociales en la vida diaria.
En general, este libro es una lectura valiosa para cualquier persona que busque una comprensión más profunda de las implicaciones sociales, políticas y culturales de las redes sociales. Su enfoque crítico y reflexivo nos invita a tomar decisiones informadas sobre cómo utilizamos estas plataformas, y nos recuerda la importancia de mantener un equilibrio entre la libertad de expresión y la responsabilidad individual.
Interesante, aunque, a veces, algo superficial, reflexión sobre esa nueva forma de censura ejercida de forma anónima a través de las redes sociales por colectivos de fronteras indeterminadas y sádico ánimo.
Me parece un gran principio de esta "trilogía" de Juan Soto Ivars, en el que, con una mirada clínica y audaz, nos muestra una parte importante de cómo estamos evolucionando como sociedad desde el nacimiento de las redes sociales. Sigo con el "2⁰ capítulo", La Casa Del Ahorcado
Las estrellas no quieren decir que estoy de acuerdo con lo leído, sino que la lectura ha sido entretenida, amena, sobre un tema que me gusta mucho, y que me ha hecho pensar.
Estaré unos días dándole vueltas al tema, pues en más de una ocasión me ha incomodado.