"Todo el mundo es físico". Ese es el mantra que Javier Santaolalla repite hasta la saciedad. Lo hace evidentemente para que la gente active su sentido de pertenencia y le compre el próximo libro pensando que lo que cuento le afecta, le toca, le llama y lo pilota. Al revés. El ser humano ha vivido miles de años sin saber nada de las cuestiones científicas de hoy. Y por el camino escribían la Divina Comedia, componían el Himno a la alegría y levantaban la ciudad de Persépolis.
La fórmula está clara, hay que vender la moto a todos, diciendo que perteneces a algo, aunque tú sepas que no. Pero ojo, esto es como la masonería. Perteneces, pero en el grupo de los tontos. Ya estoy yo para darte la información que necesitas y pasar el siguiente nivel. Del grupo de los tontos no vas a salir, porque no eres Doctor en Física como yo, que es lo más, pero al menos podrás ser un cuñado feliz en alguna reunión familiar.
El libro en realidad es un horror, no sabe en ningún momento a dónde quiere ir ni qué busca. Toca temas de forma y manera superficial sin conexión real. Parece un libro de encargo, escrito con prisas para aprovechar el éxito anterior o su fama como youtuber actual. Había que sacarlo, aunque fuera muy mejorable, porque algo vendería. Eso no es física, sino caradura, que eso lo somos todos, ya lo decía Quevedo y la novela picaresca. Vendamos. Lo que sea. Y si no hay un público objetivo real suficiente, se crea. En peores ruedos ha toreado el marketing, por favor.
Mientras Santaolalla te tratará de convencer que porque un niño explore a su alrededor es un físico. La única disciplina debe ser la suya. Vamos aligerar carreras, que la Física hace una OPA. Y mientras, azotamos a Aristóteles un rato. Mira que no experimentar. Seguro que Santaolalla está todo el día con cacharros en casa haciendo soluciones alquímicas. Pobre, como tiene el hogar de cables. Perdónale, Aristóteles, porque no sabe lo que dice.