En Devociones, Alan nos propone una poética sintética, de pocos y ajustados versos, donde la figura de Dios toma una relevancia fundamental ya desde el comienzo: arranca: "Y Dios estira la cuerda / y toca / la melodía oscura / de las cosas que nos duelen". Desde esos primeros cuatro versos a modo de introducción ingresamos a un libro dividido en cinco partes que tienen cierta independencia entre sí, sin perder de todos modos la tónica de una voz que parece hablarnos desde muy lejos, pero a la vez haciéndonos sospechar de cierta intimidad. La primera parte, titulada la condena de lo frágil, nos anticipa el estilo de todo el libro: sentencias cortas, palabras cargadas de conceptos densos, grandes. Es en esas palabras donde la lengua se apoya para dar lugar a una poesía firmemente conceptual, sin alardeo de imágenes, de metáforas sencillas y una evidente nostalgia por lo paradisíaco, lo divino, donde la existencia se transforma en una experiencia hostil en la que no hay más refugio que una especie de individualidad metafísica que el autor va trabajando con el paso de las páginas. Aparece la presencia de varios ecos bíblicos, y la resonancia de libros como el Eclesiastés, pero a su vez, Alan no se queda con eso, esa triste y final vanidad, hay una voluntad individual -al fin y al cabo una voz-, vital, que permite el éxtasis, el delirio, que en la parte siguiente: después de las imágenes da más lugar a la posibilidad de un Yo, un Yo vaciado, plenamente metafísico, donde el tiempo y la materia se equiparan en Dios, en la posibilidad, aunque remota, de la Claridad. La tercera parte márgenes de guerra, trae el vino, el fuerte vino que se bebe (¿vino de banquete o sangre de Dios?), vinos que hacen hervir la sangre. Aquí el cuerpo no es una representación: cuerpo en soledad, cuerpo que escribe, cuerpo de la guerra; donde la valentía, el coraje, obligan a escribir como si se tuviera una guerra en la mano, como si en la mano de uno se gestara una tormenta. Allí llegamos a la penúltima parte: la guerra santa, esta guerra no es una batalla, aquí no hay arena, en todo caso la guerra, la única posible, está en el lenguaje, y el objetivo es la sustancia: aquello que las palabras no pueden tocar. Polvo la huella de un olvido. El poemario finaliza con la comunidad que viene, que son apenas tres poemas, que vienen más bien a dar un cierre, un cierre que no es conclusivo, todo lo contrario, es un movimiento de apertura que se lee fácilmente en esa sentencia con vistas al futuro: toda la experiencia en busca, en pos, de una epifanía, de una revelación.