Grabinski resulta ser uno de los maestros ocultos del relato de terror. Su obra no es una simple curiosidad, una nota exótica a pie de página; no: es intensamente personal y nada tiene que envidiar a autores tan reconocidos como Hodgson, Machen o Blackwood. Las referencias no son casuales, imagino una ucronía de la historia de la literatura: ¿qué habría pasado si Lovecraft hubiera conocido los cuentos de Grabinski? Sin duda habría recibido un puesto de honor en su canon de horror cósmico y le habría provocado algunas influyentes reflexiones.
Esta edición de Valdemar se divide en dos partes. La primera es un libro completo, 'El demonio del movimiento', en el que Grabinski reunió varios relatos sobre un tema que, en principio, no parece ofrecer demasiadas variables: el ferrocarril. Pero su gran imaginación y el nivel de su prosa dan una obra casi perfecta, un viaje a un universo mítico compuesto por las muy personales obsesiones de un escritor privilegiado, quien ejerce con éxito de guía para hacer entender por qué le obsesionan y, más aún, por qué sus obsesiones son importantes. Sus descripciones son brillantes: retrata los paisajes y climas con expresividad notable, parece siempre encontrar la metáfora justa y no pesa que dedique el tiempo que dedica a recrearse en esos retratos naturales. A veces casi da pena abandonar sus ambientes embriagadores y que la trama arranque.
Las tramas poseen, sorprendentemente en un tema tan terrenal, un profundo hálito cósmico. El tren como una proeza tecnológica que no acerca al hombre a los dioses, sino que trae los misterios del universo a la Tierra. Hay una intensa conexión entre lo que sucede en los vagones y el "allá afuera", relatada con gran eficacia y poder de fascinación por un narrador que no se pone ni un límite en el alcance de sus propuestas. Es difícil mencionar un solo relato, ya que todos conforman un conjunto muy completo y se compensan y complementan; si acaso, destacar el primero, 'El demonio del movimiento', porque ya enseña todo lo que está en juego; 'El pasajero perpetuo', un estudio de personaje que muestra que Grabinski tenía talento también fuera de la literatura fantástica; o la increíble potencia mítica de 'El embadurnado'. No todos los argumentos tienen el mismo nivel, pero incluso los menos originales se benefician del tono común y se sienten casi más como capítulos de una novela que como relatos individuales.
La segunda parte del libro de Valdemar recoge otros relatos del autor. La falta de unidad temática o estilística (por cierto, maravillosa traducción), en este caso, perjudica un poco la lectura, sobre todo en comparación con la previa colección cerrada. También pesan más las tendencias repetitivas del autor, que dice lo mismo de distinta manera varias veces en un solo cuento, lo que venía bien con lo obsesivo de 'El demonio del movimiento' pero aquí es más un defecto de insuficiente revisión. Algunos de los cuentos de esta breve antología son un poco ideológicos o exploratorios de más (destaca la fijación por Bergson, que a veces es contraproducente y se impone al relato; aunque la verdad es que echo de menos una influencia más directa de la filosofía o de parafilosofías en la literatura actual), otros se beneficiarían de un análisis freudiano porque parecen fruto de calenturas de Grabinski y, por último, en ciertos momentos hay un espíritu más premoderno que en los ambientados en el mundo del ferrocarril, si bien todos mantienen una calidad media bastante alta que pocos autores del género podrían alcanzar.
La obra maestra de todo el libro es probablemente 'El amo de la zona', un relato en el que Grabinski concentra todo su ser y sus habilidades como prosista para servir una original reflexión sobre la creatividad que, además, es por completo terrorífica y de ecos casi bradburyanos. Un cuento que merecería aparecer en cualquier antología universal del género y que acepta (exige) cien lecturas y estudios. Inolvidable.