La hija del criptógrafo es una novela entretenida, con una premisa interesante: en los años previos a la dictadura en Argentina, se forma un “círculo de criptógrafos”, jóvenes interesados en los mensajes secretos y sus técnicas, en los jeroglíficos y todo tipo de lenguajes crípticos. El grupo cuenta con la bendición de Ezequiel Colina Ross, un profesor que saltó a la fama por haber sido compañero de Maldany, aquel maestro que descifró un enigma del lenguaje de alguna civilización extinta.
Tanto Colina Ross como sus discípulos son ese tipo de gente que pareciera no encajar en ningún lado, muy posiblemente todos portadores de secretos escandalosos. Uno de los estudiantes más destacados es, como no, el protagonista Miguel Dorey, quien ha rechazado el legado paterno del Derecho y se ha obstinado con la idea de los lenguajes arcanos destinados a unos pocos elegidos.
Pronto al grupo llega Eleonora, una mujer independiente y beligerante que se alimenta solo de té y galletas. Uno de los detalles harto inverosímiles de la novela. Mientras las intrigas se deslizan entre los personajes del grupo, llega la dictadura y algunos miembros del grupo serán reclutados para dedicarse a espulgar lo que se presume son las comunicaciones del “enemigo”.
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Si bien se trata de una historia entretenida, siento que abusa de la corrección política y termina siendo una novela de manual; las cosas que pasan son las que se espera que sucedan y todo va ocurriendo de manera unidireccional sin sorpresas ni digresiones. A ratos me sentí leyendo una novela destinada para adolescentes, pues creo que ese es el fuerte del autor. No voy a negar que me mantuvo entretenido, pero no hubo sorpresas, no hubo saltos en la silla, no hubo respiración contenida. Es una novela que mantiene el ritmo y que parece trazada con regla.
Una cosa que no me gustó fue la falta de profundidad de los personajes y que la manera de nombrarlos hacía que todos se me cruzaran: Barrés, Barnes, Lemos… todos eran al final, como un apéndice del personaje principal.
Sí, pero no.