Esta no es ni una biografía ni una semblanza acerca de un gran escritor o un maestro del cuento hispanoamericano. El libro que Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) dedicó a Quiroga, se parece más bien a los bocetos o apuntes de los pintores, a los aguafuertes de un expresionista. Le interesaba, ante todo, el enigma vital de un hombre, no tanto el de autor famoso que, sin embargo, redujo su vida, como lo hizo en sus cuentos, a lo esencial: se descivilizó para lograr una sustancia y ésta lo consiguió al final solitario y desesperado ante la naturaleza y sí mismo. Buena parte del ensayo se funda en la correspondencia que a Martínez Estrada enviara Quiroga entre 1934 y 1937 –hasta once días antes de su suicidio–. Esta edición reúne en un solo libro los apuntes de quien se coloca no ante un venerable artista sino ante un hermano y los textos completos de las cartas a las que se alude, resultando ambos dos trabajos de suprema intensidad.
Ezequiel Martínez Estrada, (n. San José de la Esquina, Santa Fe, Argentina, 14 de septiembre de 1895 - Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina, 4 de noviembre de 1964) fue un escritor, poeta, ensayista, crítico literario y biógrafo argentino. Recibió dos veces el Premio Nacional de Literatura, en 1933 por su obra poética y en 1937 por el ensayo "Radiografía de la Pampa". Fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de 1933 a 1934 y de 1942 a 1946.
No soporté el prólogo porque Martínez Estrada me parece un meloso, es como que flasha hacerse el poético y no me agrada. Otra cosa embole es que era muy culto aparentemente, y eso también lo vuelve aburrido. Ya me había pasado cuando intenté leer La cabeza de Goliath, y si bien tenía partes muy buenas, después la cagaba.
En cuanto a Quiroga. Tenemos en esta correspondencia un tipo más bien grande, ya habiendo escrito, con la obra terminada y definitivamente afincado en San Ignacio, es decir, viviendo en la selva, con bastantes dificultades, no solo económicas sino también sentimentales -a veces estas dos están más pegadas de lo que creemos-, y un Martínez Estrada (Querido Estrada, Hermano) que sirve de interlocutor para que el hombre se deje llevar a una escritura totalmente franca y digresiva. Así nos encontramos con un Quiroga íntimo, un tipo con una buena fe envidiable, una criatura hermosa. 'El asunto está en arder', dice en alguna misiva. E inclusive su hogar arde, en un momento tiene que dejar de escribir una carta para ir a apagar el fuego en el campo que 'amenazaba el bambuzal. No sé si usted conoce esta tarea contra el fuego, que naturalmente se enciende con sequía, calor y a la siesta. Es cosa muy dura. Ahora he vuelto, triunfante, pero con los ojos doloridos (...)'. Y después la soledad que refleja, cómo al tipo lo abandona la mujer, María, llevándose a la hija, y lo solo que se queda, lo solo que se siente. Da mucha ternura por momentos, y también hace muestras de su saber, pero está harto, no tiene ganas de explicar ni dárselas de nada, está queriendo vivir en la naturaleza y experimentar sus pasiones sin veleidades de otro orden. '¿Qué es eso de abandonar mi vida o mi ser interno porque no escribo, Estrada? Ya escribí mucho'. 'Se me ha dicho que yo me he abandonado. ¡Qué absurdo! Lo que hay es que no quiero hablar media palabra de arte con quien no me comprende.' Y las ganas del tipo es algo que genera mucho cariño: '¡Hacer!, amigo mío. Somos hombres, no hay que olvidarlo!', pero no se refiere a la escritura, lo entusiasma mucho más talar un árbol, desmontar un campo, hacer crecer sus plantas, cuidarlas de las hormigas. En definitiva este desesperado, este hombre apasionado, pareció toda su vida signado por la tragedia, y quizá fuera bastante lunático, pero me gusta mucho haberlo agarrado desde el vamos, verlo por fuera de la óptica de escritor oscuro medio Poe que se nos plantea inclusive en el colegio. Seguiré leyendo a Horacio Quiroga para encontrar sus otros costados. Anoche inclusive con un amigo tomando un vino y charlando de este libro me dijo que hay una biografía muy bonita del autor, veré de encontrarla en algún lado.
Todos sabemos de oídas que la vida de Quiroga fue trágica, rodeada por la muerte. Uno creería que alguien así no podría tener ningún momento de descanso ni consuelo, expectante de todo lo peor que pudiera pasar todavía.
Pero en estas breves páginas se muestra a un hombre soñador, esperanzado, valiente, sumamente ingenioso, excelentísimo amigo y apegado a la tierra. El pobre Estrada, a su lado, empalidece pues...
Interesante libro biográfico epistolar con el atractivo agregado de las cartas de Quiroga, toda vez que escribe a calzón quitado con una franqueza y sinceridad tales... como si estuviera hablando consigo mismo ante un espejo.
Lo recomiendo para interiorizarse más en su vida que se vio inextricablemente unida a la selva misionera, esa que se ve en su obra y a los que tantos nos deslumbra cuando la visitamos. Su lectura es una manera de revisitarla, al tiempo que leemos sus cuentos con tramas tensas que nos llevan hasta el final.
Me gustó mucho. En general leer correspondencia me encanta, soy chusma y es meterse de lleno en los pensamientos del autor. El ensayo que antecede de Martínez Estrada es lo justo y necesario. Quiroga: fua, que personaje, eh.
Es muy duro leer como a lo largo de dos años le narra a un amigo muy íntimo cómo va decayendo su salud, a la vez que cuenta sus esfuerzos por salir adelante y no abandonar su estilo de vida... Sobre todo la última carta, de 1937, que data de solo unos días antes de su inminente muerte.