Acompañada de Aristóteles, Goethe, Victor Hugo, Darwin, Jane Austen y tantos otros escritores, pintores o aventureros, la autora nos invita a realizar una travesía por la costa vasca. Un viaje sentimental a los lugares de la adolescencia se transforma en una exploración de los viejos caminos costeros, un recorrido por la historia humana y geológica, grabada de un modo particularmente revelador en los paisajes y las piedras de la costa, el primigenio umbral donde se encuentran dos mundos. Un texto inspirador que nos propone observar la naturaleza y deleitarnos en ella, contemplar los matices de la vida en estado puro y sentir su hondo latido.
Me parecía imposible que esta segunda entrega de María Belmonte pudiese gustarme incluso más que "Peregrinos de la belleza". La autora vasca escribe bonito y fluido. La acompañamos en su viaje a pie por la costa francesa y vasca, de Bayona a Cobarón. El relato del viaje lo combina con pinceladas sobre la historia de la humanidad, los fósiles, las ballenas y balleneros, la historia de los acantilados, los árboles y los oceános y un largo etcétera. Tras la lectura de este libro, dan unas ganas tremendas de pasar el resto de la vida caminando, comiendo y contemplando el paisaje. No se necesitaría más.
Leí este libro mientras caminaba por la orilla de la costa del golfo de México y las playas del oeste de la Florida. Quise igualar la emoción y el placer que sentí al leer otro libro de esta escritora caminado por la costa de California. Pero en realidad la lectura de este libro fue mucho mas gratificante que la anterior. Es un libro sencillamente precioso. Te dan ganas de encontrarte con la escritora en un pequeño cafe de Bilbao y caerle a besos. Te dan ganas de no hacer otra cosa en la vida mas que caminar, leer, respirar. El libro se lee rapido y es difícil de pausar. Es una lástima que ya me haya leido los dos libros de Maria Belmonte.
Un libro de viajes agradable donde María Belmonte nos cuenta su caminata por la costa del sur de Francia y el País Vasco, parajes que mis pies tienen muy recientes. Como en otros libros de este tipo que he leído, el relato de viaje es un punto de partida para contarnos historias sobre lugares, objetos, personas…, todo aderezado con anécdotas y vivencias personales de la autora.
Comparto con ella esa visión de que cuando caminamos vamos a un ritmo que nos permite observar y disfrutar mucho más con pequeños detalles. Y que eso no tiene precio. Comparto también con ella la opinión de que la costa del Norte es muy hermosa. Más allá de esto, hubiera deseado que el libro tuviera un poco más de vivencias personales (impagable la anécdota de la abuela durante el bombardeo de Gernika) y un poco menos de irse por la ramas; algunas digresiones, lo confieso, me han aburrido un poco.
Un libro que me ha devuelto el rumor del Cantábrico, el olor a sal y ese cielo que solo mi querido País Vasco sabe pintar.
Belmonte me ha llevado de la mano por los viejos caminos costeros, entre acantilados y memorias, entre lo humano y lo geológico, entre lo vivido y lo sentido. Ha sido más que una lectura: un reencuentro.
Y, madre mía, que trabajazo documental hay aquí detrás. ¡Qué capacidad de hilvanar reflexiones, explicar curiosidades y recordarnos la importancia de la sencillez! De verdad, que este paseo ha sido sentido, amado y vivido al máximo.
Un libro para redescubrir la costa vasca y todas sus curiosidades. Adoro estos libros que tratan sobre emprender un viaje, sobre todo en esta época de confinamiento. Ha sido como un soplo de aire fresco
<>. ▪️ Escribí a lápiz al lado de este párrafo del libro todos aquellos lugares que he tenido la inmensa suerte de visitar o conocer y me han hecho sentir algo parecido a lo que la autora cuenta. Luego me quedé pensando: Me hace feliz la forma en la que podemos volver a una sensación sin necesidad de vivir de nuevo el mismo acontecimiento o sin necesidad de volver a ver el mismo paisaje. Este libro ha sido lo que se conoce como "la magdalena de Proust": a través de él he viajado y rememorado recuerdos, olores, sabores. Es curioso, porque la misma autora menciona este fenómeno en el libro y es que es algo que le va ocurriendo constantemente durante su viaje a pié por la Costa Vasca. Lo compré porque el mar me fascina y aunque tenía grandes expectativas no sabía que se iban a superar. Me ha gustado muchísimo la mirada de María Belmonte, viajar con ella ha sido viajar con Goethe, Jane Austen, Aristóteles, Víctor Hugo, los pintores románticos y mil personajes más que menciona y hace partícipes de su experiencia. Ha sido también conocer la historia de la humanidad, los fósiles, las ballenas y balleneros, los antiguos piratas y corsarios del Norte de España, los pescadores olvidados, las bañistas pudorosas, la creación y a su vez destrucción paulatina de lo conocido como playa o más bien, "playeo". En definitiva, cualquier amante del mar y de la naturaleza va a disfrutar este libro. Y si por desgracia, como yo y muchos, no habéis podido viajar este verano, os aseguro que este libro es un billete de avión asegurado. 🌹.
Hay actividades que el tiempo se encarga de recolocar. Así, el peregrinar, las largas y agotadoras jornadas eran una fuente de sinsabores y dolores. Caminaba quien no podía permitirse cabalgar a lomos de mula vieja, quien se veía enfrentado a la necesidad de moverse, normalmente a su pesar.
Nadie en su sano juicio habría evitado un suave galopar a caballo o el traqueteo de un carro, de haber tenido la oportunidad. El andar era cosa de pobres y campesinos. Ni tan siquiera los caballeros andantes hacían honor a este adjetivo y todo lo fiaban a ser caballeros, esto es, a caminar erguidos sobre sus equinas monturas.
Y qué contradictorio es nuestro tiempo en el que todo lo que antaño resultaba laborioso y bajo, se convierte en objeto de veneración. Proliferan los cursos de alfarería o telar, los talleres que muestran los secretos del arte de la encuadernación o del cuajado del queso.
Y lo mismo ocurre con el aburrido y pesaroso caminar que, lejos de ser odioso por obligar a soportar las inclemencias del tiempo sin tener próximo cobijo o hacer nacer llagas y ampollas con facilidad pasmosa, se ha convertido en práctica terapéutica, cura para la ansiedad y la depresión, ejercicio de reconexión con nuestro interior o con la Naturaleza con mayúsculas, germen de la creatividad e inspiración, motor de eficiencias, palanca para pensar mejor, ejercitar nuestras sedentarias posaderas y admirarnos del paisaje, incluso sentir en primera persona los avatares del clima, y todo ello, por encima de todo, para poder contarlo, porque pocos se expondrían a tantos inconvenientes si no es para contarlo, fotografiarlo, exponerlo o compartirlo con una impudicia que desmiente todos esos supuestos beneficios.
Pero, tras esta diatriba contra el arte del paseo, ¿qué se me ha perdido en un libro publicado por Acantilado, a cargo de la escritora María Belmonte, y que lleva por título Los senderos del mar: Un viaje a pie? Digamos tan solo que al libro llegué como se llega a los sitios a pie, es decir, atisbándolo desde lejos y sabiendo que antes o después terminaría por tomarlo entre las manos y leerlo, pero demorando el momento, confiando en que el libro esperaría paciente.
Estamos ante un libro que no es otra cosa que lo que se anuncia desde su título, una ruta a pie desde Bayona, al sur de Las Landas, la larga línea de arena formada por una mezcla de erosión de los Pirineos y la acción del Océano, bajando por toda la costa vasca hasta Ciérvana, casi haciendo frontera con Cantabria. Una ruta a pie, llevada a cabo en diversas etapas, aprovechando los tiempos disponibles de la autora, sola o acompañada por amigos. Un recorrido que, a la par que experiencia vital, es una rememoración de su pasado sentimental puesto que María Belmonte nació en Bilbao, de cuya provincia es originaria su familia, teniendo lazos con la milenaria Guernica gracias a su abuela materna que vivió el terrible bombardeo, a la playa de Plencia y a los veranos pasados en un colegio de Bayona.
Como cualquier viaje pausado, la reflexión parece venir de serie, pero en este caso la autora no se deja llevar por una sensiblería fácil ni por la añoranza de un tiempo pasado que nunca existió. Antes bien, rememora sus propias vivencias reales o reflexiona sobre el paisaje, pero desde un punto de vista realista. Así, dedica un largo capítulo a la Geología, aprovechando su paso por la placa geológica entre Zumaya y Mutriku, acompañada por un experto geólogo que le explica cuanto es preciso para entender la génesis de estas impresionantes formaciones geológicas que solo recientemente han merecido la atención e interés del público.
Pero, si de piedras hablamos, también nos lleva a visitar el museo organizado en torno a la figura de Perurena, el famoso campeón vasco de levantamiento de piedras, un deporte popular en la zona. El propio levantador acompaña a las visitas para contarles las historias detrás de cada piedra, su vinculación íntima con esas moles que todos menos él, creemos naturaleza muerta.
También tiene otro amplio apartado sobre los árboles a cuenta de su visita al legendario roble de Guernica, símbolo de los fueros vascos. Pero que le permite elucubrar sobre la importancia de estas robustas plantas que, de tan complejas y delicadas que resultan, apenas podemos creer lo que Belmonte nos cuenta.
El detalle con el que mira cada planta e insecto está libre de afectación. No nos encontraremos la noticia de haber divisado la última rapaz de los cielos vascos o la remota florecilla apenas admirada desde hace siglos. Antes bien, la propia autora reconoce que muchas partes del camino resultan algo anodinas, incluso llega a saltarse algún tramo tomando un autobús. Porque caminar no siempre es placentero. Desde la lluvia con la que comienza su primer tramo de recorrido en la costa vasco francesa, hasta las penurias para encontrar habitación en un Lequeitio en fiestas.
En ocasiones, la ruta de la autora corre en paralelo al Camino de Santiago, su variante costera, y aquí se encuentra con una multitud de caminantes jacobeos, pero en cuanto su ruta se separa, la soledad reclama la posesión de los senderos. Tan solo encuentra ocasionales paseantes, normalmente lugareños, perros que la acompañan varios centenares de metros o un profesor de matemáticas jubilado anticipadamente por una afección cardíaca al que se le ha prescrito el paseo diario.
Como es habitual en estas latitudes, la lluvia no es un extraño compañero de viaje, pero su llegada no causa perjuicio en el andar, antes bien, es bienvenida puesto que gracias a ella se logra ese hermoso verdor que los vascos consideran casi una enseña nacional.
Pero el libro no solo habla de esos senderos. Como el título señala, estamos ante una ruta costera y el mar también tiene su propio espacio de honor. Así, María Belmonte nos habla de los primeros surferos de Bayona y Mundaca, venidos de los Estados Unidos en busca de esa gran ola perfecta. Nos cuenta las leyendas de los balleneros de Ondárroa o Bermeo, su gesta inconmensurable y su valor heroico o las historias de los corsarios que surcaron estas aguas. Y, más dulcemente, nos hace de guía del Acuario de San Sebastián y de cómo esta ciudad se convirtió en retiro estival para la aristocracia de la época, en franca rivalidad con Santander.
El libro no renuncia al arrebato ecologista, en especial en lo relativo a la limpieza de los océanos, plagados de plásticos, vertidos y demás porquerías que pueden terminar con gran parte de la forma de vida que cobijan. Y esto no es incompatible con las grandes infraestructuras como el puerto de Bilbao, esa inmensa mole al final de la ría del Nervión o la triste despedida desde las lomas de Ciérvana y su petroquímica espeluznante.
El estilo de Belmonte es como su pasear, tratando de no desentonar, de pasar algo desapercibido dejando que cobre protagonismo el paisaje o las historias que cuenta, aunque tome su propia experiencia como pretexto. Rehúye en todo momento ese protagonismo tan afín a este tipo de literatura en la que muchos autores se esfuerzan por escribir sobre sí mismos no tanto sobre lo que visitan.
Y tal cual comenzó, María Belmonte se despide de este peregrinar, sin aspavientos ni impostadas reflexiones, con gusto de continuar leyendo, con agradecimiento por lo leído, como ocurre siempre con todos los libros bellos.
En esta ocasión, María Belmonte nos invita a caminar. Los senderos del mar es un viaje por la costa vasca, un recorrido por las tierras que muchos otros han pisado antes. Desde Bayona hasta Cobarón, y a través de cuatro extensos capítulos, Belmonte escribe sobre la historia de los acantilados, la geología, los árboles, el océano… Una reflexión que avanza desde tierra firme, aquella que pisamos y en la que confiamos, pasando a un terreno menos sólido, el océano, en el que uno se sumerge y olvida sus preocupaciones. Con una fascinante descripción del paisaje, el lector puede caminar en los acantilados de Jaizkibel, pasando por los recuerdos y los olores de la autora en Biarritz y recorrer el paisaje de San Juan de Gaztelugatxe. Este no es tan solo un diario de viaje, en él encontramos constantemente referencias a autores del ámbito de las humanidades y las ciencias, convirtiendo el ensayo en una reflexión sobre las ciudades construidas al margen de la naturaleza y las alteraciones provocadas en la costa vasca. Los senderos del mar es una fotografía de la costa vasca a través de un viaje personal, reflexionando acerca de la transformación del paisaje y de la relación del ser humano con la naturaleza.
3.5⭐️ Me ha gustado el libro, combinando divulgación histórica y científica con el relato del viaje como hilo conductor, como otros muchos libros del estilo. Me sobraba un poco la parte inicial en la que va recordando gente a través de sus iniciales sin aportar nada más. Una lástima que muchas cosas no me resultaran nuevas porque cita autores y libros que también he leído (Ander Izagirre, Bill Bryson…), parece que la autora y yo tenemos gustos lectores similares.
2,5 Este libro me ha dejado un poco confusa... No es un mal libro, está bien escrito es entretenido y dinámico en su mayor parte y habla de cosas de gran interés. Pero me dejó con la sensación de que la costa vasca y el recorrido a pie son la parte menos relevante de la novela. Quizás es porque esperaba otra cosa, pero disfruté mucho más de los breves pasajes que no se toman la narración como una clase de ciencias naturales, me hubiera gustado tener más de esos momentos.
Libro previo a "Peregrinos de la belleza" y "En tierra de Dionisio". Se notan las maneras que perfeccionará en "Peregrinos de la belleza" pero que aquí no terminan de funcionar, resultando extremadamente aburrido. He logrado terminarlo gracias a las pequeñas píldoras de conocimiento que intercala a lo largo de un relato carente de interés (píldoras que por otro lado son magníficas y precisamente lo que me gusta de sus libros).
No me s estrictamente un libro de viajes, aunque lo es. Admira la enorme cultura que tiene la autora que hace además muy entretenido el libro . No crean que sólo para vascos, está tan bien escrito que merece mucho la pena, y eso que yo me abstengo de andar y de esas palizas que se pega!!!
Un libro de viajes y una reflexión sobre la naturaleza y nuestra relación con ella. En muchos aspectos es un ensayo que te descubre escritores, pintores, fotógrafos,científicas......
Te cuenta su viaje por sitios preciosos y, mientras, te ilustra sobre todo tipo de cosas relacionadas (o no) con los mares. Lo único que no me ha gustado es que ahora estoy muy triste por no estar andando por los campos.
No hay que irse lejos para vivir algo extraordinario y la costa vasca es un tesoro. María Belmonte es de las nuestras: caminante, curiosa y traductora. Un libro con muchas curiosidades y anécdotas. Vivimos rodeados de una riqueza geológica.