Hay lecturas que fluyen suavemente, como el curso de un río junto al que te sientas a meditar. Lento, cadencioso, agradable, y te arrulla y te transporta apenas sin darte cuenta. Eso me ha pasado con esta historia.
Leer a Claudia siempre es un acierto, una apuesta segura. Su narrativa, la ambientación de todas y cada una de sus novelas, las tramas intimistas y las relaciones de sus personajes consiguen enamorarme y trasladarme a esa Inglaterra clasista y llena de etiquetas, pero también a la Inglaterra rural, apacible y llena de chismorreos, a esas maniones de la campiña donde el aire es más puro y las vivencias cotidianas de los personajes suponen la mayor de las aventuras; y esa es la que más me gusta.
Adoré la historia de Mary y Alexander. Se la merecían. Dos almas tan afines debían encontrarse tarde o temprano y descubrir el amor de la mano. En su caso era inevitable: desde niños estaban predestinados.
Dos malos muy malos, una tercera señorita en discordia a la que me hubiera gustado dar algún sopapo en determinadas ocasiones, un pretendiente cargante y tan dado a los halagos como cierto primo Collins (aunque por fortuna más atractivo que este) y un reencuentro con la pareja formada por John y Emily, que me encantó.
La única tara que me atrevería a ponerle (y eso como opinión muy personal) es la de que me faltaron páginas y seguramente un epílogo más largo. Me gustaría haber sabido más de ciertos secundarios, especialmente de aquellos que a mis ojos se merecían un castigo ejemplar, como Wilmot y Harding. También me hubiera gustado saber de lady Amelia y de hacia qué lugar traspasaría después sus afectos. Daisy despertó también mi curiosidad y mi deseo de saber qué fue de ella después.
Pero ha sido una lectura de 10 y seguiré confiando en la pluma de Cardozo para evadirme y viajar al pasado. Siempre.