¿Alguna vez has sentido que un libro te pega una hostia sin previo aviso?
No un empujón literario o una sacudida emocional, no. Una hostia. Directa. Seca. Sin mirarte a los ojos. De esas que no sabes si agradecer o denunciar. Pues eso es Última salida para Brooklyn, la novela con la que Hubert Selby Jr. se saltó cualquier regla no escrita —y muchas de las escritas— sobre lo que se podía narrar, cómo, y sobre todo, por qué.
Porque Selby no escribe, vomita. Y no es una queja, ojo; es un halago. Porque su prosa no pretende seducirte ni convencerte: pretende que no salgas indemne. Cada frase suya parece escrita con las uñas, en una noche larga, con el alma en carne viva. Sin comas, sin puntos a veces, sin gramática porque no hay gramática para la desesperación. Hay escritores que te acarician con palabras, otros que te hieren con elegancia. Selby te arranca la piel y luego te pregunta si querías café. No hay anestesia en este libro, ni promesa de consuelo. Y eso, aunque suene a eslogan o a cliché, es literal.
Y la manera en que Selby estructura su novela lo deja aún más claro: no estamos aquí ante una estructura tradicional. No es una historia, es un barrio. Brooklyn, años cincuenta. Un vertedero de almas rotas, donde la brutalidad no es la excepción, es la norma. Son varios relatos que se entrelazan como las vidas de quienes nunca tendrán un relato propio en los libros bonitos. Una joven que busca amor donde solo hay deseo. Un sindicalista atrapado en su odio y en su represión. Un grupo de yonquis que solo entienden el presente inmediato. Una mujer trans que se aferra a un espejismo de ternura. Un linchamiento. Una violación en grupo. El amor, si aparece, aparece de forma tan distorsionada que uno duda si llamarlo así. Y no hay juicio en Selby. Solo un espejo sucio. Pero cuidado: no es realismo sucio, es desesperación lírica. En el fondo, esto es una elegía. Una elegía por los que no serán elegidos por nadie.
Y esa tristeza, esa rabia, esa ternura escondida, están en la manera misma de escribirlo. Hay que hablar de la prosa porque es imposible no hablar de la prosa. Esa sintaxis sin frenos, ese flujo de conciencia que no fluye, que se atasca, que se retuerce como los personajes. Las mayúsculas y las cursivas usadas como si gritara desde un cuarto al que nadie presta atención. El lenguaje no está roto porque Selby no supiera escribir, está roto porque el mundo que retrata está roto. Y ahí hay algo profundamente auténtico. Le importaba más la música del dolor que la corrección. Y la música, aunque disonante, es brutalmente coherente. Casi diría que es un libro escrito como se canta un blues: entre dientes, con el alma llena de barro.
Pero no solo la prosa respira ese barro: también el narrador, que parece salido de esas calles que describe, como un dios que ha perdido toda fe en la creación. Un narrador que no juzga, pero tampoco perdona. Y eso hace que cada escena —especialmente las más terribles— tenga una frialdad que corta más que si hubiera dramatismo. El horror cotidiano narrado con indiferencia es más insoportable que el horror narrado con lamentos. Y eso Selby lo sabe bien.
Los personajes… bueno, no son personajes, son heridas abiertas. No tienen arcos, tienen espirales. No evolucionan, se hunden. Hay algo profundamente shakesperiano en algunos de ellos, pero sin la nobleza ni la tragedia clásica: aquí todo es sucio, todo es bajo, todo es visceral. Pero incluso en lo más bajo, hay un atisbo de humanidad. Uno mínimo. El que hace que todo esto duela más. Porque si fueran monstruos, podríamos odiarlos. Pero son humanos. Jodidos, perdidos, distorsionados, pero humanos.
No sé si hay que compararlo con algo, porque Última salida para Brooklyn parece escrito desde una cueva aparte. Pero si insistes: hay algo de Céline aquí, pero sin la ironía intelectual. Algo de Bukowski, pero sin su cinismo. Algo de Genet, pero sin su teatralidad. Incluso algo de Goya, si cambiamos los pinceles por máquinas de escribir. En literatura norteamericana, esto es el reverso oscuro de Kerouac. Donde Jack veía carreteras abiertas y redención por el camino, Selby solo ve calles sin salida. Y lo escribió en una época en la que eso no solo dolía: escandalizaba.
Publicado en 1964, fue censurado, perseguido, acusado de obscenidad. Pero lo que molestaba no eran las escenas sexuales ni la violencia —que las hay, y muchas—, sino que pusiera eso en el centro de su relato, sin condenarlo, sin envolverlo en moralina. Selby no da lecciones. Solo muestra. Y a veces mostrar es el mayor acto subversivo.
¿Y qué muestra? Pues todo lo que quema: el cuerpo, el deseo, la rabia, el abandono… la ternura que no llega a ser ternura. Selby muestra lo que nadie quería ver y lo pone en primer plano. ¡Si es que casi sería más fácil decir qué es lo que no muestra! Porque aquí hay sexo, clase, violencia, raza, represión, desesperanza, identidad, adicción, pobreza, odio, amor… pero todo con la crudeza de quien no tiene tiempo para metáforas bonitas. Lo que muestra, en realidad, es la caída. No una caída espectacular, de tragedia griega. No. La caída lenta, sucia, cotidiana. El derrumbe sin épica. Esa violencia sorda que no sale en los periódicos. Aquí nadie se redime. Nadie aprende. Nadie “crece como persona”. Si buscas eso, vete a otro libro. Este es un descenso, no una peregrinación. Pero un descenso necesario. Porque mirar al abismo —y no apartar la vista— a veces es la única forma de recordarnos que seguimos sintiendo.
Y al terminar el libro, uno no piensa “qué bien escrito está”, ni “qué interesante el desarrollo de los personajes”. Uno piensa: “Dios, qué mundo tan jodido. Y qué necesario era leerlo”. Porque Última salida para Brooklyn no es para disfrutar. Es para aguantar. Para soportar. Para sobrevivirlo. Y si eso no es literatura, entonces es algo más feroz todavía. Algo que no se escribe: se escupe. Como esa hostia sin previo aviso.
Mira, este libro no se recomienda, se advierte. Pero si te atreves a entrar, ya no saldrás igual. Y aunque duela —porque todas las hostias duelen, no te engañes—, hay que agradecerle a Selby que se atreviera a escribir lo que nadie quería leer. Porque incluso el infierno merece su novela.