España, sueño y verdad -publicado por primera vez en 1965- recopila una serie de ensayos escritos por María Zambrano sobre algunos de los temas y personajes más sobresalientes de la cultura española. Con su habitual agudeza, y desde la singular perspectiva del exilio, Zambrano repasa la obra de intelectuales y pintores, mitos literarios y hasta "el idiota" universal, buscando revelar el "sentido de España".
Ensayista y filósofa española. Discípula de J. Ortega y Gasset, Zubiri y Manuel García Morente, fue una de las figuras capitales del pensamiento español del siglo XX.
Profesora en la Universidad Complutense de Madrid, se exilió al término de la Guerra Civil y ejerció su magisterio en universidades de Cuba, México y Puerto Rico. Tras residir en Francia y Suiza, regresó a España en 1984. Fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1981), y el Cervantes (1988).
Su pensamiento, vinculado a las corrientes vitalistas del siglo XX, giró en torno a la búsqueda de principios morales y formas de conducta que fueran aplicables a los problemas cotidianos. Su preocupación mística, la forma de abordar los conflictos éticos, y el estudio de la interrelación entre realidad y verdad, reclamaban la necesidad de un profundo diálogo entre el ser y su entorno.
Para ella era preciso establecer tres modos de razonamiento: el cotidiano, el mediador y el poético. Desde este último se aproximó a lo sagrado, el lugar donde se encuentra la explicación de lo trascendente, la lógica del misterio.
En su amplísima producción destacan: Filosofía y poesía (1939), La confesión, género literario y método (1943), El pensamiento vivo de Séneca (1944), La agonía de Europa (1945), Hacia un saber sobre el alma (1950), El hombre y lo divino (1955), España, sueño y verdad (1965), El sueño creador (1965), La tumba de Antígona (1967), El nacimiento. Dos escritos autobiográficos (1981), De la Aurora (1986), Senderos (1986), Delirio y destino (1988), y Los sueños y el tiempo (1992), entre otros.
Primer libro que leo de la mano de María Zambrano. Una colección de ensayos tendentes a la digresión que exploran figuras centrales de la cultura española, como Don Quijote o Don Juan, escritores de su tiempo, como Ortega y Gasset o Unamuno, pintores, como Picasso o Gaya, e incluso la figura del idiota en España. Más allá de este hilo conductor, Zambrano aprovecha cada figura para explicar una faceta central de España, expandiendo las nociones de arte y filosofía desde lo español hacia la verdad personal, que se confunde con el sueño. Si lo tomamos así, creo que entenderemos mucho mejor este libro.
Los ensayos sobre Cervantes, don Quijote y Dulcinea son centrales, aunque también destaco los de Ortega y Gasset, Unamuno, El Cid y Don Juan, y el idiota. En la primera frase del libro, dice Zambrano que "no podríamos dudar los españoles de que la figura de Don Quijote de la Mancha sea nuestro más claro mito, lo más cercano a la imagen sagrada". En un claro ejemplo de su agudeza, nos compara los ensayos sobre el Quijote de Ortega y Unamuno, destacando que "el intento de Unamuno continúa a Don Quijote, al personaje; y el de Ortega a Cervantes, el autor". Profundiza en sus figuras en sendos ensayos como expresión de la naturaleza contradictoria de lo español, Ortega con su "razón vital" y Unamuno como "trágico cristiano". También compara El Cid y Don Juan, en tanto a que Don Juan "es ejemplarmente europeo y moderno", mientras que el Cid es "mitología española". Le dedica un curioso espacio al idiota, figura universal, pero que trata en su España, en la línea de la intrahistoria de Unamuno.
El resto de ensayos aportan ideas interesantes, aunque en menor medida. Nos habla de los personajes femeninos de Galdós como estandartes del feminismo. Nos habla de Emilio Prados, poeta de la Generación del 27 bastante olvidado. Nos habla de Segovia, donde el lugar es una prácticamente una persona. Nos habla de Picasso como gran pintor. Nos habla de la pintura de Ramón Gaya como "contemplada; esto es, vivida". Nos habla del pintor Luis Fernández, que "está en otro mundo; más aún, en el centro del suyo".
A lo largo de todos los ensayos, el amor por España de Zambrano se hace evidente y crucial para entender su obra, estés a favor, en contra o te sea indiferente. Es un amor visceral de alguien que nació en Vélez (Málaga), creció en Segovia, Madrid, volvió a Madrid y, muy importante, estuvo exiliada más de 40 años de España. Podríamos entrar a debatir qué es España y cuáles son sus fronteras, pero Zambrano lo afronta desde un punto de vista edificante y no exclusivo, por lo que tampoco merece la pena. Es decir, no comparto su fijación con su España porque, como gallego viviendo en Madrid, hay puntos que no me cierran.
Ahora, muy importante, es su España, y en tanto en cuanto hable de su España, creo que buscar el conflicto con Zambrano es de resentidos. Siento ponerme a defenderla, pero es que en la entrevista que José Miguel Ullán le hizo a una anciana Zambrano en el programa Tatuajes, me transmitió tanta ternura que no puedo evitarlo.
En fin, el amor es, para Zambrano, lo único que "puede adentrarse en la muerte; las demás pasiones son ciegas o ven de través". Más allá de la mera pasión, "la sola continuidad asequible del éxtasis es la ternura. El amor desprendido de la pasión, liberado de su tiranía". En la línea mística del amor, La fidelidad viene siendo "la irradiación constante de un foco religioso". El asunto está en que lo español es pasional, encontrando "el sello profundamente español [de la pintura de Picasso]: la autofagia, mal sagrado de España".
Sí que hay un cierto ánimo reformador, pero desde la humildad poética y el amor. Inevitablemente influenciada por sus maestros (Ortega y Gasset, Unamuno, Machado...), trata "el problema de España", pero transformado en "la cuestión de España". No tiene la actitud, en ocasiones arrogante y altiva de la Generación del 98, de que España va mal y la tenemos que arreglar.
En este sentido, siguiendo el hilo de Ernesto Castro en su vídeo-reconciliación con Zambrano, ella profundiza en la realidad sin ninguna intención moral, sino con verdadera intención de vivirla verdaderamente a través de la poesía. Por eso es tan difícil categorizar qué tipo de libro escribe Zambrano, y por eso es tan irrelevante. Zambrano "es como agua allí donde la realidad es como piedra".
Además, en la entrevista en Tatuajes, se ve nítidamente que lo que Zambrano escribe es tremendamente sincero. Su estilo poético, a veces demasiado intensito, he de reconocerlo, se justifica por su epistemología poética tan peculiar, capital para demostrar su razón poética. La propia Zambrano reconoce que "el ser que, como todo ser, es remoto y que al ser mirado como tal aparece inaccesible. Mas, si hay un lugar en que el ser se haga accesible, se abra, es la palabra". Este estilo, que abraza a la palabra, le permite transmitir ideas abstractas de una manera tangible y cercana, invitando a los lectores a interactuar con el texto en múltiples niveles no cerrados, aunque tampoco abiertos. Su uso de imágenes, como las descripciones de paisajes y entornos sociales, crean un telón de fondo vívido sobre el cual se despliegan sus reflexiones filosóficas. A veces se hace un poco pesado, he de reconocer. Aun así, Creo que ha influenciado a autoras actuales como por ejemplo Irene Vallejo, al menos en El infinito en un junco, con un estilo lírico muy cercano a Zambrano, aunque con sus peculiaridades. Otros lo han intentado como una cuestión meramente estética, obviando la dimensión metodológica de su estilo.
Otro punto relevante, íntimamente ligado al amor, es la nostalgia. El carácter de la nostalgia experimentada por figuras como Don Quijote es paralelo a la condición moderna de desilusión tras las aspiraciones de la Ilustración y la República. Al articular la nostalgia como una respuesta a las liberaciones y las subsiguientes decepciones de la modernidad, critica la soberbia de una razón que busca dominar la realidad mientras descuida la riqueza de la experiencia vivida y la otredad que permanece inabarcable para el pensamiento puramente racional. Zambrano plantea que la nostalgia no es meramente un sentimiento personal, sino una cadena metaemocional que interactúa con diversas prácticas estéticas, sociales y afectivas más allá de la experiencia individual. Aunque defienda que la metodología poética de Zambrano está justificada, creo que a veces peca de demasiada nostalgia por el futuro perdido tras el exilio, y especialmente de la utilización del arte como huida de la situación de exilio.
El arte, por tanto, se presenta como expresión fundamental de la realidad para Zambrano. Importante, arte no equivale a realidad. "La pureza de la pintura, como de todo arte, como del pensamiento, consiste en servir de intermediaria, no en eregirse en absoluto". Como estará 50 años más tarde de acuerdo Byung-Chul Han, "contemplar es lo adecuado a lo que está vivo". "Como si ver fuera cosa que se logra sin más, lo cual priva al arte de su virtud catárquica y moral; de esta ética que se desprende de toda creación humana, si en verdad lo es". El arte nace históricamente, "en el principio era el mito, el cuento prodigioso donde todo era posible". Cuando todo se reconoce, el hombre se queda solo y el mundo se queda "vacío", nacen la filosofía y la tragedia. "La interrogación, aduana de la conciencia". Con el Quijote, "la novela es el género de la ambigüedad porque recoge la ambigüedad del hombre cuando se da a sí mismo su ser". La poesía, el arte de la palabra, es transversal a todos ellos.
Aunque las constantes digresiones a veces me pierdan, me quede muy colgada la ontología de España y su estilo a veces se pasa de rosca, este libro es muy recomendable para quien quiera ver una versión personal sobre el sentir español, sea lo que sea eso.
Filosofía antropológica. Me cuesta seguir su tipo de escritura, a caballo entre la poesía y el análisis de figuras importantes del acervo cultural español (Por ejemplo, la mujer en las novelas de Galdós o en el Quijote). Siento su discurso como una divagación constante, como si no acabara de apuntar a ningún sitio concreto. Esto no es bueno ni malo, por supuesto.