En la década de los ochenta del siglo pasado, compré una casita modesta en Playa Chiquita de Puerto Viejo de Limón, Costa Rica. Entonces no había electricidad ni agua potable, lo que me obligaba a llevar un estilo de vida elemental y austero, compensado por la grandiosidad del mar Caribe frente a mis ojos. En ese lugar de infinita paz y maravilloso silencio escribí esta novela. Tengo con las tertulias de mis vecinos -como la familia Downer que todavía vive ahí- y con el comisariato de Manuel León una muy merecida e impagable deuda de gratitud.
Es una historia bien escrita. Logró transmitir la perversidad de uno de los personajes tan bien, que llegué a odiarlo. Me llamó la atención que los capítulos llevan los nombres de tres mujeres, pero en realidad su historia es contada a partir de su interacción con el personaje principal, ese hombre es como el hilo conductor de sus historias. Eso me estorbaba un poco.
Calypso ficcionaliza la historia de una pequeña comunidad en la costa caribe costarricense, desde su fundación en la primera mitad del siglo XX hasta el devastador terremoto de 1991. Al narrar la historia de tres mujeres afrocostarricenses (Amanda, Eudora y Matilda Scarlet; abuela, madre, hija) cuenta también la historia de ese pequeño pueblo, de la provincia de Limón y de Costa Rica hasta el momento histórico en que el narcotráfico de cocaína de Sur a Norteamérica penetraba la región caribeña y comenzaba a dejar su rastro de violencia.
Por esa aspiración histórica y cronista, por momentos la narración pierde el enfoque en las tres mujeres y se convierte en un anecdotario del pueblito de "Parima Bay". Entonces me comenzaba a aburrir. Pero de alguna manera la narración siempre vuelve a atrapar y el desenlace, en la sección final dedicada a Matilda, es dramático, poético, desgarrador y esperanzador al mismo tiempo.