«Yo creo que todos mis cuentos, empezando por Los jefes, son tentativas frustradas de novelas». Esto lo dice Vargas Llosa en una entrevista, reconociendo una primera impresión que se lleva un lector al leer por primera vez este libro de cuentos. Un lector que ya le haya leído anteriormente alguna novela, claro.
No se puede decir algo peor de un cuento que decir que parece una novela frustrada. Es casi lo mismo que decir que es malo. Pero hay que reconocer que la factura literaria de este conjunto es apenas atendible. Es más interesante valorarlo por sus características extraliterarias: ver en él la evolución de un escritor que, unos pocos años después, perpetrará la genialidad de libro que es La ciudad y los perros. Los temas, situaciones, y conflictos ya se manejaban en estos cuentos. Es decir, que será más agradable su lectura si se aborda rastreando las huellas que llevan al Vargas Llosa novelista. Por lo tanto, considero que sería una pésima recomendación empezar a leer a Vargas Llosa por aquí.
El libro está conformado por seis cuentos que empiezan justamente con el que le da el título al libro: Los jefes. Leyendo este primer relato es imposible no reconocer en él rasgos que posteriormente afinaría en La ciudad y los perros: entornos educativos opresivos, la resistencia o desafío a la autoridad, el sentido de pertenencia al grupo conformado necesariamente por hombres, etc. El inicio mismo del relato es casi idéntico al que utiliza en La ciudad: la misma técnica, el in media res tan memorable de la novela.
El siguiente cuento es El desafío, que tiene detrás una historia interesante, mucho más que el cuento mismo. Y es que este cuento gana en 1956 el premio convocado por La Nouvelle Revue française y le permite a Vargas Llosa pasar una quincena en Francia donde, entre otras cosas, conoce no a Sartre (ya sabemos la importancia capital que tenía para él) pero sí a Albert Camus a la salida de un teatro.
Por esta y otras cosas, Vargas Llosa reconoce que, si bien los cuentos de Los jefes valen apenas algo, les tiene cariño por las cosas que le trajo. Ya mencioné el premio de la NRF, pero también Los jefes, como conjunto de cuentos, recibió el premio Leopoldo Alas en España. Es decir, que la recepción no fue de ningún modo negativa; al contrario, fue más auspiciosa de lo que cabría esperar.
Sin duda, el cuento que me parece más destacable del conjunto es Día domingo. Una de las múltiples razones es que en este cuento hay más espacio para el desarrollo de los acontecimientos. Como indicaba al principio, pareciera esta ser una característica negativa en los cuentos: la falta de un desarrollo más amplio que la ambición abarcadora del escritor reclama. Este relato sigue la senda de los anteriores al tocar temas afines a los primeros; esta vez se decanta por: la camaradería adolescente, el enamoramiento juvenil, la búsqueda de la propia identidad, la competitividad masculina, el honor y la amistad, etc.
El resto de cuentos (El hermano menor, El visitante, El abuelo) restan unidad temática al libro, por lo que no quisiera prestarles tanta atención. Salvo el caso de El visitante, en el que aparece por primera vez ese personaje tan variable que es Lituma.
La edición de este libro que yo tengo incluye también Los cachorros, cuento largo o novela corta (más novela que cuento, pero eso es un tema amplio de discusión). Las ediciones actuales suelen juntar estos dos libros independientes para engordar el volumen, pero al juntarlas y leerlas a la par no hacen sino reforzar la diferencia abismal en la calidad literaria entre una y otra. Los cachorros se escribe posteriormente a la aparición de La ciudad y los perros y La casa verde. La distancia es insalvable. Por eso me hace ruido juntarlas, pero es un capricho editorial que ya es difícil que cambie.
Para cerrar, adhiero un pequeño apunte: a diferencia de García Márquez, que escribía cuentos entre novela y novela a manera de práctica y para calentar la mano en un proceso totalmente consciente, Vargas Llosa sí genera esa impresión con estos cuentos: ensayos previos a la ejecución de lo que vendría después. La diferencia con García Márquez está en que este sí escribió cuentos como tal y algunos de una soberbia factura de manera regular en su producción (solo para mencionar un ejemplo: En este pueblo no hay ladrones. Cuentos como este hacen difícil de creer que son solo meros ensayos, como aducía el propio García Márquez); en cambio, Vargas Llosa muy pronto abandonó el camino de la cuentística y pasó a emprender la empresa de la novela, en la que obtuvo, como se sabe, tan mentado éxito. Posteriormente, en tiempos más cercanos a mí, volvió a ejecutar algún que otro cuento (por ejemplo: El hombre de negro en 2019), pero como se sabe, ese nunca fue su campo de acción y difícilmente sea recordado por esto. La sombra de sus grandes novelas es muy grande.