Las novelas son productos extraños que surgen luego de larguísimos procesos de maceración que se suceden unos a otros antes, durante y después de la escritura del manuscrito. Se suele afirmar que la novela no es un género que se cultiva en la juventud; que, para escribir novelas, se tiene que haber cribado la propia experiencia y haberla convertido en una suerte de combustible que, de manera invisible y silenciosa, mueve la rueca de la imaginación urdidora de historias. El trabajo literario que Raquel Abend van Dalen presenta en Andor desmonta esa seguridad; nos muestra que la madurez y el calendario no tienen una relación tan exacta como se nos quiere hacer creer. Para mí la madurez en la literatura consiste en aceptar que entre una emoción y otra existe una infinita gradación de matices, cuyos nombres debemos conocer (si no con exactitud, al menos con sinceridad) y atrevernos a ponerlos frente a los lectores en medio de las historias de unos personajes que nos conmuevan y nos hagan meditar sobre nuestras propias vidas. Esa cualidad difícil de definir y fácil de reconocer en los libros, se encuentra presente a lo largo y ancho de Andor, una novela escrita en un estilo sereno, elegante, parco, risueño que retrata un universo tan frágil como intenso.
Un libro muy bien escrito, aunque no dejara de resultarme contradictorio el uso de lenguaje muy poético, - "Parecía que al cielo le hubieran clavado un puñal y que poco a poco se hubiera desbordado el universo hacia nosotros" - , con lenguaje cotidiano, que en venezolano/caraqueño, significa vulgar, - "el carajo tenía complejo de cura o qué?".
Andor se presenta como el sitio, el hotel de lujo, donde las personas en coma van mientras deciden si seguirán viviendo o mueren. Lo que comienza como bacanales sin sentido, se convierte en una exploración del sentido de la vida de Edgar (el protagonista) y que lo llevó a intentar un suicidio, pero al mejor estilo de Alicia en el País de Las Maravillas.
Por momentos me parecía un poco trillado el tema, pero, hacia el final, ocurre un giro interesante, aunque no extraordinario.
Tras un frustrado intento de suicidio un hombre despierta en un espacio entre dos mundos llamado Andor, una especie de limbo en el que encuentra otros como él y en el que debe pasar el tiempo mientras decida si desea continuar o no con su vida. A pesar de la premisa de corte fantástico, esta novela parece girar en torno a la reflexión del personaje sobre su propia vida y, sobre todo, su obsesión con una mujer a la que conoce en este espacio ultraterreno. A decir verdad, esto último parece ser el punto central de la novela y aquello a lo que dedica más páginas, lo que quizá la haya vuelto un tanto reiterativa ante mis ojos más allá del alocado final y de unos intentos un tanto fallidos de humor en torno al aspecto burocrático del mundo en cuestión. También me choca un poco la inconsistencia que se nota entre un lenguaje en ocasiones sumamente poético (sobre todo al principio) y otros pasajes, la mayoría, en los que se usa un lenguaje muy prosaico con claros modismos y referencias venezolanas que me sacaban por momentos de la trama.
Me encanta la presentación de un lenguaje propio que tiene esta novela. Ese cruce de géneros literarios entre lo poético y una prosa adictiva que te lleva a querer leerte el libro de una sentada. Es un libro que te sorprende permanentemente. No necesitas esperar un desenlace porque cada página tiene un giro inesperado que te desubica y te lleva a lugares nuevos. Más que tener un tema específico, es un libro existencial, está generado desde una atmósfera psicoanalítica, como si pudieras analizar la vida desde la mente del protagonista. La novela está llena de símbolos ocultos en el coloquialismo, que te intrigan y te hacen conectar crear tu propio mapa de ANDOR.