A Marco Avilés lo empecé a seguir con “¿De Dónde Venimos los Cholos?”. Hoy, se puede decir que tiene el monopolio de la choledad en la literatura (en el derecho, gobierna otro: Wilfredo Ardito). Leí su trabajo por la buena crítica que recibió en la FIL 2016. Me llamó la atención el tema. Pero también la portada: una camada de perritos peruanos mamando de la madre. Como si fuera la loba Luperca dando de lactar a Rómulo y Remo. Pero en vez de Roma, el libro buscaba explicar el origen de los cholos. Recuerdo que la acogida fue tal que llegó a integrar la envidiable lista de los “10 libros que marcaron el 2016” del diario The New York Times en español.
Ahora Avilés sale de vuelta al ruedo con otro libro. También sobre la choledad y escribe a partir de su experiencia. Con una voz democrática y accesible. Una que lo ha vuelto vocero de quien se sabe cholo como si fuera una marca de nacimiento, un lunar con el que uno aprende a convivir. De a momentos, benigno. De a momentos, cancerígeno. Cholo no equivale a clase social. Pero no deja de estar relacionado con ello. Con la plata. Con el nombre. Con la manera de vestirse. Con la manera de hablar. Con el apellido. Con las facciones. Con la familia. Con nuestros orígenes. Con de dónde vivimos y socializamos. Con nuestro color de piel. Con lo indígena. Con lo marrón. O ese color camuflado en la paleta de un pintor: puerta, dicen. Es algo que muta. Que cambia en función del contexto, del momento o del receptor. Uno puede ser poco o muy cholo. Cholito, cholón, cholaso, cholo, cholo power. Hay grados, te dice el cholómetro. Pero también hay formas. Dónde y cómo lo digas. Si le acompaña el diminutivo puede tender más hacia la ternura (o al paternalismo) que al odio.
No basta mirar al espejo para saber si uno es cholo. Es necesario socializar. Solo en la calle se sabe. Por cómo te miran. Cómo te hablan. Cómo te tratan. Cómo te niegan de manera expresa o soterrada. Es algo que solo tiene sentido en Perú. País donde ser cholo es un insulto. “Una herramienta para segregar”, dice Avilés. Un arma para discriminar, una licencia para vejar y talar oportunidades. Porque de eso se trata principalmente. De discriminar. De dividir y reinar. De “cholear” porque se tiene poder. Porque solo unos pocos pueden hacerlo sin que le reprochen no tener “autoridad cromática para hacerlo”. Entre cholear y ser choleado hay poder. Un sentir de superioridad. Nefasto, condenable, obsoleto. Pero real.
Marco por eso, se pregunta qué hacer con esa palabra. ¿Ignorarla? ¿Enterrarla?¿Domesticarla? El libro no tiene respuestas. No es un estudio o análisis -aunque me hubiera gustado- minucioso del origen de este fenómeno. Son observaciones. Del qué y el cómo suceden las cosas. Son descripciones de episodios diarios. Muchos de los que seguro hemos visto personalmente o, ahora, a través de redes sociales. Ejemplos como el veto de discotecas elites que se atribuyen el “derecho de admitir” a quienes no cumplen con el perfil "A+" buscado. O muros que dividen distritos. O cercos que separan playas (públicas, cabe recalcar). O, el manejo de periodistas de RPP indignados con un alumno de San Marcos por protestar sobre una aparentemente nimia alza de boletas. Por ser sanmarquino. Y por cargar con estigmas ya asentados en el tiempo: pobres, misios, cholos, extremistas, marxistas, comunistas, terrucos, o hasta “aprendiz de terrorista”. Nombres que, en el fondo, llevan un matiz segregador, discriminador, prejuicioso, pero sobretodo, racista.
Al autor lo seguía desde hace un buen tiempo en Facebook. Eso explica por qué ya había leído buena parte de los textos publicados en el libro. Se lee en menos de dos horas. Son pequeños extractos que te harán pensar y jalar recuerdos de cuando hemos visto cholear, hemos choleado (consciente o inconscientemente) y permanecido inquietos. Como testigos pasivos. Como observadores. Porque, “¿para qué ganarnos un pleito si esas mentalidades no van a cambiar?”. El libro, por lo menos, pone el tema sobre la mesa. Para visibilizarlo. Pero sobretodo para empoderar. Para llamar a los cholos y reivindicar la choledad. Para aceptarse. Y reír. Y sentir orgullo. Y abrazar esta marca de nacimiento. Querer serlo aunque el "cholómetro" te diga que no encajas en todas sus “categorías”. “No pierdas ocultándote o recriminándote. Las palabras no te hieren si aprendes a ponerlas de tu lado. Usalas tú antes que los otros. Soy indio, quechua, serrano. Vengo de las montañas y voy de regreso a ellas. Decirlo me ha dado energía. Ahora tengo los puños en alto. No soy tu cholo”, sentencia. Recomendado.