Reflexión sobre una política integral de tierras más allá de la restitución a los desplazados y el acceso a ella a través del mercado.
Por más de 25 años el problema de la tierra en Colombia estuvo archivado en bibliotecas o en los círculos de especialistas, pero en el marco de los acuerdos de paz alcanzados en La Habana y el advenimiento del posconflicto, el desarrollo rural colombiano está de vuelta en la agenda pública.
Este libro examina las políticas que han orientado el desarrollo de la estructura agraria colombiana desde el siglo xix y la asignación de baldíos de la Nación. Muestra de qué manera esta estructura agraria, formada en dos siglos de historia republicana, ha sido un obstáculo para el desarrollo económico, social y político, por sus vínculos con el poder y la violencia.
En su análisis, Machado revisa las reformas impulsadas durante el gobierno de Juan Manuel Santos y se pregunta por las posibilidades de la institucionalidad
Es un libro muy bien documentado y directo sobre las deudas acumuladas en el sector rural en Colombia. Machado hace un recorrido histórico rico que, aunque no se detalla con excesiva profundidad, resalta las variables más influyentes para entender la evolución (o involución) del problema rural. Quienes deseen entender el mundillo desgraciado e infeliz que pueblan personajes ficticios, aunque cargados de realismo en lo fundamental, como Siervo Joya en Siervo sin tierra o la familia de Rudecindo Cristancho en La Rebelión de las Ratas, NO PUEDEN pasar por alto las problemáticas nacionales aquí abordadas.La reforma agraria, aquel gran y fantasmagórico pendiente, tan inconcluso, y al mismo tiempo ansiado que jamás llegó.
El libro comienza abordando el período posterior a la independencia colombiana, al cual califica como uno en el que, llevados por la desesperación por pagar las deudas contraídas durante la guerra y lograr la descorporatización de la tierra de rezagos feudales como el mayorazgo, el Estado sucumbió al facilismo con una miope estrategia que consistía en entregar grandes extensiones de tierra como garantía de pago de préstamos, y en ocasiones, incluso como método directo de pago. Además, estas tierras fueron entregadas a grandes empresas para la creación de infraestructura, y conforme surgían guerras civiles, se usaron también como recompensas para los generales del bando victorioso.
Por supuesto, también hubo espacio para los "no tan poderosos/apalancados". Un ejemplo de ello fueron las entregas de predios a las familias colonizadoras, como en la colonización de Antioquia. Sin embargo, esencialmente, los campesinos y explebeyos de la corona estaban virtualmente excluidos de los grandes repartos y las pomposas subastas, en las cuales coincidían quienes poseían tierras o bonos para canjear, utilizando la tierra como bien rentístico. Esto evidenciaba que, desde ese momento, el abordaje de la tierra, en contraposición a la lógica del capitalismo industrial en auge, no se veía como un bien de inversión o un factor productivo, sino como un instrumento de especulación. Posteriormente, durante los siglos XX y XXI, a esta tendencia se agregó el fatídico uso de la tierra no por sus atributos económicos (y mucho menos productivos), sino por el control del territorio como estrategia de guerra.
Con todos los ingredientes puestos y las épocas transcurriendo, la tierra se volvió un asunto lleno de capas y hasta tabú. De repente surgían pactos entre políticos y elites para no tocar demasiado el tema. De repente había zonas del país tomadas por delirantes revolucionarios que ejercían su control sobre el perímetro de un territorio específico para recrear sus fantasías totalitarias, convirtiendo la realidad de sus infortunados pobladores en una Corea del Norte tropical. Zonas de interés económico, donde las simbiosis empresariales/criminales podrían ser tremendamente violentas. Tocar demasiado el tema y sus consecuencias, podría volverse letal como lo ilustrael caso de Alfredo Correa de Andreis. Los incentivos horribles de la prohibición de las drogas y la ilegalización de sus mercados, no han hecho, sino, alimentar aún más el círculo vicioso. La mezcla aún sigue costando vidas contabilizadas en masacres hasta el día de hoy.
Contrario a lo que puede concluirse hasta este punto de la reseña, el libro no pretende convertirse en un mero relato pesimista de los intentos fallidos por revertir la acumulación, o tan siquiera tener una idea de cuáles predios existentes, en cuáles manos, como evoluciona el mercado de tierras, tener una formalidad plena y la calidad de estas etc. Machado evidenciaba optimismo en las consecuencias derivadas del postconflicto como resultado de los procesos de La Habana, los cuales en ese entonces (2017) eran bastante recientes. Puede volverse algo "denso" debido a las múltiples referencias hechas tanto a Conpes, como informes de la ONU sobre Desarrollo humano y soberanía alimentaria, contenido de leyes y Planes de Desarrollo sobre la ruralidad, acuerdos internacionales, etc. Todo ello en pos de brindarle al libro una mayor rigurosidad y aterrizaje en sus propuestas de abordaje futuras.
Un bien libro introductorio al problema de la tierra y su desigualdad en el país. Buen barrido histórico que muestra las diferentes formas ineficientes en que se ha buscado solucionar este problema, pero siempre enfocadas desde el beneficio político y no desde el campesinado.
Me gustó entender lo multidimensional que es el conflicto, y por ende lo amplio que debe ser una reforma rural adecuada. No es solo entregar la tierra, porque la tierra por sí sola no desarrolla el campo ni permite a los campesinos y víctimas de violencia mejorar su condición de vida.