“Cada hombre, cada mujer, carga con su propia maldición. Hay quienes dedican toda su vida a desbaratarla, a vencerla; son los que se creen capaces de burlarse de ella, poderosos, y así pelean del primer día al último en una batalla absurda, desigual, inútil”.
Leer a Claudia Piñeiro resulta ser siempre un acierto, ya que sus libros entrañan verdades incómodas.
En “La maldiciones” conoceremos a Román Sabaté quien trabaja con Fernando Rovira, líder de un partido político en ascenso llamado Pragma y candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Tras cinco años de trabajo, Sabaté decide abandonar a su jefe, pero no lo hace solo, se lleva con él a Joaquín, el hijo de tres años de Rovira… para saber el por qué de su acción… deberán leer la novela.
La autora con su narrativa magistral va entremezclando hechos pasados y futuros de la vida de Sabaté y cómo llega casi por casualidad a trabajar en Pragma, y cómo se convierte prácticamente, en la mano derecha de su líder.
Está narrada con muy pocos diálogos, como es costumbre de la autora, pero de una manera muy dinámica que te hace pasar las páginas casi sin que te des cuenta.
“Las maldiciones” representa una crítica a la corrupción y a la falsedad política, en donde una vez más queda representado que los votantes únicamente importan para conseguir un puesto de poder. Una vez logrado el objetivo da igual que pase con ellos. A pesar de desarrollarse en Argentina, es un tema más universal.
El diario El país cita “es una novela política y moral sobre lo inmoral de personajes que viajan al abismo jugando perversamente con lo sagrado”, y no puedo estar más de acuerdo. La ambición de poder ciega cuando se quiere lograr los objetivos a costa de lo que sea necesario. La narración nos muestra cómo el poder de la inducción a través de la manipulación de la palabra hace su máxima representación en esta historia. Y a pesar de la nota que encontramos antes de empezar a leer, donde se aclara que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, resulta inevitable asociar personajes con algunos de los dirigentes que se han visto en Argentina, y su forma de encarar la política por el mero hecho de ganar votantes.
“Alguien puede llegar a la política por muchos motivos. Unos más legítimos, otros menos. También por error, por desidia, por no saber decir que no. Por estar en el lugar preciso, en el momento preciso. O en el lugar equivocado, en el momento equivocado”.