El Palacio cuenta la historia de Villa Grimaldi, que pasó de ser la casa de José Arrieta, y un valuarte cultural de Peñalolén, a una disco de medio pelo, y más tarde a convertirse en Villa Grimaldi, nombre puesto por el último de sus dueños legímitos en un intento por darle más ínfulas. Después sería uno de los centros de tortura más brutales de la dictadura de Pinochet.
El narrador conoce a una mujer, tiene un amorío con ella (a espaldas de su esposa), y tras el golpe se ve obligado a partir al exilio. Le ofrece a la chica irse con él, pero esta prefiere quedarse, diciendo que no teme, que no está metida en política y no corre ningún peligro. Muchos años más tarde, el narrador vuelve del exilio y desea encontrarla, pero las versiones sobre su paradero son contradictorias: algunos dicen que la hicieron desaparecer en el centro de tortura, otros, los menos, la señalan como uno de los torturadores. No dar con ella significaría asumir su muerte bajo horribles tormentos; encontrarla, dar con la pista de un monstruo.
Me parece significativo que gran parte de la novela se centre en el recuerdo de lo que alguna vez fue El Palacio. El protagonista entiende su desarraigo, el Chile al que volvió parece sacado de una dimensión paralela, y le es tan ajeno como los países en los que vivió su exilio. Qué lugar es este país de jaguares desmemoriados y pobretones envueltos en el tufo de la derrota? Las únicas respuestas salen de los escombros de lo que fue Villa Grimaldi, derrumbada por los agentes de la dictadura para borrar todo vestigio de las atrocidades. El pasado señorial yace perdido en la memoria de unos pocos, y lo que es peor, a nadie parece importarle, pues Santiago y Chile son lugares que constantemente reescriben su historia, dibujan un trauma nuevo sobre la costra de la herida que aun no cierra.
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