Diodora, uno de los personajes de En cualquier lado, busca la pócima justa, hecha de una combinación de venenos, que le dé el antídoto contra todos los venenos; y esa búsqueda alucinógena desencadena la novela. Tal vez no, tal vez tenga otros desencadenantes. “¿Qué te pasa?”, “¿Así vestido?”, “¿No te animás?”, “¿Qué era eso?”, “¿Por dónde voy?”, “¿Cómo cambiar de vida?” son algunas de las muchas preguntas que se hacen los personajes. Las respuestas que puede dar la literatura están vinculadas al oficio de novelar. Estar, hacer una cosa, tener un objetivo, saber, tener otras vidas, sugiere esta novela, es igual a imaginar cada cosa del mundo, a inventarlas con gracia y detalle.
En todas las páginas de En cualquier lado hay una invención, pero la trama es rigurosa y se atiene al dictado de una voz en la que todas las cosas –los venenos, las batallas, los ejércitos, las marchas, los partidos de fútbol, los amores– van en busca del sentido. Pero el sentido se escapa una y otra vez, sólo queda narrar, y en ese proceso nos deja el veneno contra todos los venenos: una perfecta novela.
Pablo Katchadjian nació en Buenos Aires en 1977. Publicó las novelas La libertad total (Bajo la luna, 2013), Gracias (Blatt & Ríos, 2011) y Qué hacer (Bajo la luna, 2010). También libros de género más dudoso como El caballo y el gaucho (Blatt & Ríos, 2016), La cadena del desánimo (Blatt & Ríos, 2012), Mucho trabajo (Spiral Jetty, 2011), El Aleph engordado (IAP, 2009) o El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (IAP, 2007), y cuatro libros de poesía: el cam del alch (IAP, 2005), dp canta el alma (Vox, 2004) y, en colaboración con Marcelo Galindo y Santiago Pintabona, La Gioconda (Iván Rosado, 2016) y los albañiles (IAP, 2005). Su obra fue traducida al inglés, francés y hebreo. En Blatt & Ríos dirige la colección La nariz.
Pablo Katchadjian es un escritor y poeta argentino nacido en Buenos Aires en 1977. Graduado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, Katchadjian ha dedicado su carrera a explorar formas innovadoras de escritura, desafiando las convenciones narrativas y expandiendo las posibilidades del lenguaje literario. Debido a eso, su obra es conocida por su creatividad y audacia, así como por su talante experimental y la capacidad para jugar con los límites de la literatura, abarcando poesía, narrativa breve y novelas.
Entre sus trabajos más comentados hallamos El Aleph engordado (2009), obra que reescribe y amplía el célebre cuento de Jorge Luis Borges, añadiéndole palabras y párrafos a la vez que mantiene el texto original. Esta obra tuvo como efecto colateral la apertura de encendidos debates acerca de los derechos de autor y los límites de la reinterpretación literaria, consolidando además a Katchadjian como una figura controvertida y audaz de la literatura latinoamericana, imprimiendo un estilo caracterizado la mezcla de humor, reflexión filosófica y experimentación con las estructuras narrativas.
Además de su faceta como escritor, Katchadjian ha sido editor y promotor de proyectos culturales. Sus libros incluyen títulos como Gracias (2011), una novela breve cargada de ironía y juegos de lenguaje, y Qué hacer (2010), una obra híbrida que combina poesía y narrativa.
Katchadjian tiene una manera... su manera de contar las cosas, es una maravilla. Siempre sus historias ocurren con la inconexión de un sueño, pero funcionan como historias. Siempre he pensando que el efecto onírico no me funciona, porque se puede ir para cualquier lado, pero hay algo en la forma en como lo usa el que es maravilloso, te lleva, y todo ocurre dentro de un mundo totalmente katchadjian, con su propia lógica y sus reglas. Muy recomendado.
No tengo una gran reflexión sobre este libro, sólo voy a decir un par de cosas sueltas. Primero que no me parece que sea onírico, como muchas veces se dice de PK, casi que ni me parece que sea surrealista. De hecho, es más bien despojado, abstracto, esquemático, analítico. Que no haya más desarrollo de los personajes o de las escenas me parece un valor de la novela, por más que podría haber seguido por infinitas páginas porque es muy linda de leer. Como siempre en sus libros, el tema es cómo narrar. La escena de la batalla por ejemplo me pareció hermosa en este sentido (pasa por los personajes, después por los gigantes traslúcidos que los manejan, después por los ratones que corren por abajo y por cómo está quedando el pasto). Lo mismo los diálogos ("¿Por qué me traicionaste?" "Por dinero" "¿Y eso te parece bien?" "No") y sobre todo las preguntas, por ahí una de las principales en este libro sea "cómo cambiar de vida". Puntos extra por los nombres: los personajes son Diodora, Carmina, Petrano, Luganor, Alhorre y de repente aparecen unas ninfas y se llaman Vanina, Florencia, Meli. Buenísimo.
En cualquier lado: buen título para este disparate (y no lo digo a modo de eufemismo, como se suele utilizar esta palabra, sino todo lo contrario). Deliberadamente Katchadjian comienza esta narración con el específico propósito de correr ciertos límites que la narrativa moderna dispone como clásicos pero que sin embargo ya hemos visto romperse tantas veces. De todas maneras si bien el procedimiento ya ha sido realizado en tantas oportunidades, la propuesta de Katchadjian termina por hacerse entender en el final. Quizá solo en las últimas páginas de estas meras, escuetas cien, este singular autor nos rebela las razones de su alocado locus que se corre inmediatamente a sí para develar todo el tiempo un no lugar. En ese atopos transcurre precisamente un descentramiento que permite al autor el ejercicio puro del narrar: una historia que se hilvana sola, a puro arbitrio, entre recursos medidos y personajes que se borran entre sí o casi ni importan, o que repentinamente pasan a llamarse el Gato, ofrecidos entre ecos de viejas culturas (aunque evidentemente con marcado corte surrealista, también hay algo del trazo de los escribas de los Reyes en ciertos fragmentos, créaseme o no, de mitología mesopotámica quizá) y una imaginación librada al punto de volverse por momentos decididamente rupturista. La clave del texto para mí ocurre en una metáfora, cito: El techo del lugar, tras una nube de humo, parecía un coryo de silasio. Son precisamente estas tensiones, por cierto intraducibles, las que parecen interesarle al autor, y en esa caprichosa, casi incómoda temporalidad que la novela nos demanda a perseguir nos encontramos una cosa, o una serie de cosas, y como bien dice el autor, o le hace decir a una carta en ese incómodo final: «las cosas suelen proponer sus propios términos para ser algo, pero fuera de esos términos las cosas no existen, porque solo son cosas según sus propios términos». Es así que un libro que comienza tan confuso, que nos extraña y casi impide la lectura en sus primeras páginas, después se vuelve un aparato autónomo del mundo, pasamos a creer más en él que en ese exterior apático que nos rodea y casi sin darnos cuenta nos libera de él. Al menos por cien páginas.
Fiel a su estilo, con esta nouvelle Katchadjian plantea un universo disparatado, onírico, fantástico y delirante, en el que las ferias, los príncipes, los venenos y muchas cosas serán algunos de los artífices del argumento.
En las historias de Katchadjian, tengan o no tengan forma de novela, siempre se proponen mundos nuevos. Desde mi punto de vista, es claro que cada uno de ellos proviene de una grandísima imaginación. En ese sentido, los libros de este autor representan una suerte de desafío, que tiene que ver con que, más allá de que algunos ya podrán conocerlo a él, siempre hay que enfrentar un período de “adaptación”, para decirlo de alguna manera, ante la aparición de un universo nuevo. Esto sin importar si quien está leyendo sea un lector asiduo de Katchadjian, o por el contrario sea su primera experiencia con el autor. Esta cuestión de la construcción de mundos nuevos tiene que ver con uno de los puntos fuertes de este escritor: su originalidad. Es interesante porque, por un lado, uno puede reconocer determinados recursos que en su obra se ven bastante, pero por el otro, también es posible identificar que dichos elementos son utilizados de distintas formas, logrando así que cada historia sea única.
A pesar de esto, también está el factor personal de cada uno. Una historia puede gustarle a uno más que a otra, y sin embargo no hay ningún problema en reconocer las cosas positivas de la misma. Así, si bien En cualquier lado me gustó y la disfruté como disfruto siempre de leer a Katchadjian, puedo decir que otras historias suyas me gustaron más. De las que leí, esta fue la que menos me llamó la atención, pero igualmente, como siempre me pasa que encaro un libro de este autor, pasé un momento de lectura muy entretenido, que sigue ratificando que para mí, Katchadjian posee una de las voces más peculiares de la narrativa argentina actual.
Una de las características más salientes de En cualquier lado es la multiplicidad de personajes y contextos que la van estructurando. Por momentos parece ser una novela coral, en la que muchas voces se intercalan para desarrollar el argumento. Así, la novela empieza con un protagonista, podríamos decir, y luego el foco de la atención se mueve hacia otro personaje distinto, aunque siempre manteniendo una especie de coherencia que tiene que ver con los hechos de la historia. Es decir, cada suceso va originando otro, y así es que como se va presentando el gran abanico de personajes que componen esta historia. Si en un principio tenemos como contexto inicial una feria, luego será un campo de batalla entre ejércitos reales, y después una cancha de fútbol o la propia barrabrava. Así, el autor nos va presentando muchas otras ambientaciones y, más allá de que en algún momento pueden llegar a repetirse (como el caso de la feria), es interesante ver cómo en apenas cien páginas Katchadjian tiene la capacidad de constituir muchas contextualizaciones distintas, cada una con su atractivo.
Ahí podemos encontrar una correspondencia entre estas ideas mencionadas en el párrafo anterior y el propio título. Habiendo terminado la novela podemos decir que efectivamente la misma transcurre en cualquier lado. Son mucho los ambientes que crea el autor, pero esto no le impide contar con cierta coherencia. Es la coherencia de los locos, como le dicen. De este autor leí prácticamente todo lo que publicó, y con esas lecturas me di cuenta de que su obra se sostiene en una suerte de lógica que es bien propia, que se fundamenta solamente sobre sí misma. Es como si las historias de este autor solo pudieran funcionar pasando por su pluma, por su estilo. No tengo dudas de que esta misma novela, y todas sus otros libros, no serían los mismos, no tendrían la misma esencia si no estuvieran escritos por Katchadjian. No sé si serían mejores o peores, simplemente serían distintos.
Aunque parece ser completamente disparatado (y en cierto punto seguro que lo es), el hilo conductor que caracteriza al argumento de En cualquier lado se ve más concretamente cuando el libro se termina. Quizás en el proceso de lectura, y más si a uno le gusta o le interesa lo que está leyendo, el lector está inmerso en la trama y no se pone a pensar seriamente si aquello que lee tiene cierto sentido o no. Es al llegar al final cuando uno, o por lo menos es lo que me ocurrió a mí, se da cuenta de que la historia puede entenderse mejor en conjunto. O tal vez lo fundamental de leer a Katchadjian no sea “entenderlo”, porque lo cierto es que a veces es muy fácil perderse. Quizás sea mejor esperar un poco, hasta por lo menos finalizar el texto, y ahí tratar de repasar lo que leímos. Ese es el momento en que uno comprende mejor, si se quiere, lo que acaba de terminar de leer. Ahí se ve cómo la novela cierra de alguna manera, y el desenlace tiene algún tipo de anclaje con el inicio.
Más allá de esta cuestión, pienso que la novela habría funcionado mejor si hubiera tenido más páginas para ocupar con más desarrollo. Sin embargo, también entiendo que la experimentación en la literatura de este autor es un punto clave e indispensable. Experimentar con muchos personajes y diferentes ambientes es parte de su idiosincrasia, y es por eso que entiendo la presencia de esa característica en este texto. Es decir; no pienso que habría que haber sacado este aspecto de la novela. La misma funciona así, de manera que tenga muchas posibilidades narrativas distintas. Lo que me ocurrió con este texto en particular es una cuestión personal, como diría Kenzaburo Oé; particularmente, no tengo dudas de que habría disfrutado más de la misma si esta hubiera constado de más páginas para desarrollar más los ambientes que estructuran la historia.
Siempre me gusta leer a Katchadjian. Me interesa mucho su imaginación, su capacidad para desarrollar tramas absurdas pero que en cierto sentido tienen una lógica. Aclarado esto, también puedo decir que esta no fue la mejor historia que leí de él. Hubo otras que me gustaron más, pero de igual forma puedo destacar todas sus cualidades como narrador, que hacen de su voz una muy personal, y diferente a todas.
Aira dice a propósito de los experimentos de Katchadjian "El pensamiento descubre en la literatura el tercer término superador de las oposiciones infranqueables del adentro y el afuera, el antes y el después (haciendo referencia al pensamiento binario) (...) En su papel de promesa, la literatura es ese horizonte sinuoso, espiralado, en el que el pensamiento se redime de sus limitaciones" y me ayudar a pensar, mejor dicho, a acercarme a un pensamiento sobre los textos de este autor. Siempre que agarro uno de sus libros no sé si estoy ante un tratado filosófico, un experimento dadaísta, un juego de palabras o una opción novedosa al QUÉ ES ESTO. Ni bueno, ni malo cabe en estas situaciones, ni siquiera un más o menos. Tal vez sea porque no entiendo una mierda o porque mis capacidades estén limitadas. Sin embargo siento que no me pierdo de mucho, algo hay ahí, algo de lo dionisíaco que me hace ir una y otra vez sin reparo hacia estos experimentos. Siempre recuerdo aquellas preguntas de su libro Qué hacer: ¿cómo mostrar un cambio? ¿cómo mostrar que se cambió de idea?. Eric Schierloh daría vuelta los ojos y se iría ante la pregunta de PK, pero yo, como lector me quedo con las manos vacías así que la retomo con esta ¿novela? extrañísima. Hay un procedimiento que por burdo pasa a ser interesante: empezamos con un narrador en primera, luego pasamos a un narrador en tercera pero que a su vez ES el narrador en primera y después finalizamos con un narrador en tercera completamente escindido de los personajes, casi omnisciente. La historia gira y vuelve por otro lado como si se tratara del Uróboros, personaje que cabría perfectamente en el mundo Katchadjianezco. Además de los procedimientos formales que alcancé a ver en esta primera lectura (espacios en blanco que permiten decir que va a cambiar la historia, nombres que remiten a la mitología, situaciones que parecen estar dentro de un sueño encadenado, etc) me cuesta pensar el qué, o por qué o para qué, así que, otra vez me sirvo de Aira para posicionarme en la tercera posición y decir: No sé, o, las categorías difusas del texto lo hacen no desaparecer y vivir en otros lugares.
«Estaba perdido, hasta que finalment conoció a alguien que pudo ayudarlo. Esta es la historia de un amigo. La ayuda consistió en algo que era casi exactamente lo que él necesitaba, y eso, que en principio no es muy llamativo, termina resultando un poco más extraño dada la siguiente situación: que este amigo mío no sabía realmente qué era lo que necesitaba. Claro que esto también es de lo más usual, pero sin embargo no está de más preguntarse: ¿cómo lo que le dio esta persona que lo ayudó pudo resultar casi exactamente lo que necesitaba si ni él —ni nadie— sabía qué era lo que necesitaba? La respuesta es tan sencilla que no vale la pena formularla. ¿Quién no vivió situaciones similares? Así, uno recibe una ayuda que lo encamina en cierta dirección, pero esa dirección no es otra cosa que el deseo del que lo ayudó a resolver el problema. Por eso se prodría decir que tener un problema, estar perdido, es una invitación a que otro nos encamine en cierta dirección. ¿Cómo elegir, entonces, quién lo hace? No se puede elegir, porque la situación de estar perdido consiste, en gran parte, en una incapacidad para elegir. Así que uno no elige, recibe lo primero que aparece siempre y cuando esto que aparece tenga la forma de algo más o menos necesitado. Cuál es es forma, es decir, en qué consiste esa forma, es una pregunta imposible de responder, pero lo que sí puede decirse es que tener el poder de ayudar es tener el poder de encaminar a otros en direcciones que nos parecen valiosas. Una vez que uno recibe ayuda, si uno maneja bien la situación posterior puede convertirse en alguien con poder de ayudar. La pregunta, ahora, sería si cuando ayudamos lo hacemos con una orientación propia o con la orientación de la ayuda que antes nos dieron. Y otra pregunta sería si el que nos ayudó lo hizo con una orientación propia o con la orientación de la ayuda que antes le dieron. Y otra más sería si hubo alguien, en algún momento, que pudo ayudar sin antes haber estado perdido. Sólo esta última se podría responder sin dudar. Pero esta respuesta generaría una nueva pregunta: ¿cuál es el origen? Afortunadamente, de esta última pregunta podemos decir que no hay que responderla. Lo que nos deja, al momento de ser ayudados, en una posición muy similar a la del que nos ayuda. La única diferencia es una cuestión de momentos. Si el tiempo no existiera, todos seríamos iguales o, al menos, estaríamos en la misma situación: perdidos o ayudando, lo que, finalmente, en una perspectiva más amplia, termina siendo casi lo mismo.»
Pablo Katchadjian, El Caballo y el Gaucho, pàgs. 147-148
acá PK combina ciertos procedimientos que ya trabajara en "¿qué hacer?" con la prosa fresca de novela de aventuras de "gracias". sería un error pensar q el resultado es "literatura fantástica" ("un invento puramente borgeano q le quita toda peligrosidad a la literatura", RZ). quizá la manera más cabal de leerla sea como un relato realista, sea lo q quiera decir eso. a veces se reduce a PK a un autor "de vanguardia", pero su riqueza está muy lejos de poder sintetizarse en esa tradición. los relatos de "el caballo y el gaucho", los poemas de "la gioconda", a seis manos con Galindo y Pintabona, entre otros textos, desnudan la debilidad de esa hipótesis.
se suele poner a PK en serie con Aira, pero esta novela me recordó particularmente a "imagineta", la última del gran Ricardo Colautti.
Ay, me terminó gustando mucho por algunas historias que cuenta en particular e imágenes. Parece un libro escrito en distintos momentos del autor, no busca cohesión si no algunas conexiones propias de quien conoce el relato; un poco puede dar la sensación de que quien lo lee puede seguir escribiendo esta novela también y llevarla a otro lado. Tiene cosas adorables, lo digo así porque me producen cariño por el libro. Es breve, muy recomendable. Creo incluso del tipo de libros también recomendables para no tener miedo a escribir.
“Las cosas, mientras no existen, existen de otra manera y tratan de proponer sus propios términos o de recibir términos que se proponen. Pero nunca encajan completamente los términos y las cosas: por eso los términos confusos son los mejores, aunque tienen el efecto de crear cosas confusas. Lo confuso es tenso, y lo tenso está vivo.”
Eso de “los términos confusos son los mejores, aunque tienen el efecto de crear cosas confusas.” es probablemente lo más brillante que Katchadjian dice en este librito, lo resume.
En Cualquier Lado es lo suficiente confuso o ambiguo como para permitir miles de interpretaciones y análisis, la pregunta es si los merece… probablemente no, pero por otro lado, y como evidencian estas palabras, por le menos merece uno de esos análisis.
… lo único que realmente me molesta es lo desparejo que es, no lo confuso, ni lo poco tradicional, esas cosas las aprecio, pero veo el potencial para algo mucho más interesante, desperdiciado tal vez por querer abarcar más, tal vez por la necesidad de terminarlo.
Estos son algunos de los problemas de no tener un editor en serio.
Hacemos cosas que no entendemos y después vemos qué pasa, y no tenemos otra alternativa que esa, porque si hiciéramos cosas que sabemos cómo funcionan nada de lo que ocurre nos revelaría algo sobre nuestra existencia. Y nuestra existencia es lo que más nos preocupa, porque no nos resulta claro en qué consiste y es lo único que tenemos.
Katchadjian juega a escribir una novelita de Aira. Digamos, como El mármol. Una deriva (apenas metonímica) de episodios entrelazados, absurdos, descentrados. Hay un goce de narrar por narrar, pero no me termina de convencer la gratuidad (que en Aira, quizás, es un valor).