La autora hace un buen trabajo de investigación: aborda asuntos interesantes como el discurso del deseo o la doble naturaleza de la posesión, que más adelante ayudan a comprender del personaje de la nínfula, y ofrece numerosos nombres de autores y obras que tocan este delicado asunto, estas niñas de edad limítrofe que poseen algo, que no siempre son sexuales pero siempre están sexualizadas.
Si bien es cierto que con los análisis que hace de otros libros y películas consigue romper con el esquema sexualizado y maniqueo de Lolita (y, en consecuencia, todas las lolitas, vaya), no termina de ofrecer ninguna característica fundamental de ésta. Se centra _demasiado_ en en analizar otros iconos estereotipados en lugar de revertir el efecto y abordar aquello realmente importante: qué es una nínfula y por qué se es una nínfula, en el caso de que exista tal cosa; ¿puede ser la nínfula deseante?, ¿sabe una nínfula que es una nínfula? Me parece algo muy complicado de definir, dado que se trata de un arquetipo que se ha convertido en estereotipo. ¿Será, acaso, porque ya tenemos tantas representaciones de Lolita desde la visión masculina que nos es imposible imaginar a una niña o una adolescente moviéndose en el mundo sin relacionarlo, automáticamente, con el deseo erótico? En fin.
En general, he disfrutado mucho del libro, he aprendido cosas nuevas y, lo mejor, he comprendido de dónde viene esa idealización y sexualización de la inocencia (qué es, exactamente, la inocencia, dónde comienza y dónde termina, dónde está el límite de lo permisible). Se trata, en realidad, de un breve instante, transitorio, no se es nínfula para siempre, pero sí se es durante unos años y se es de una forma silente, hace falta vivirlo para entenderlo; como dice Cecilia Lisbon en Las vírgenes suicidas, "está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años".
No es extraño que una niña se enamore de un hombre adulto, tampoco creo que sea extraño que se desee un cuerpo joven. Si, según Julia Mercader, la violación comienza con la mirada, todos somos responsables. Hace falta tomar distancia para tratar estos temas y a veces resulta doloroso darse cuenta de que eres un objeto pasivo cuando hay alguien que te mira, y siempre hay alguien que te mira. Pero, como dice Duras al comienzo de su novela El amante, "pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino."