La conciencia colectiva de nuestras sociedades y su universo simbólico van siempre acompañados de unas determinadas categorías de la sensibilidad que varían de una época a otra y de las que derivan otras tantas maneras de entender el mundo. Si he aceptado el reto de una reedición de este libro después de veinte años es porque sigue pareciéndome importante que podamos percatarnos de estas variaciones -que son, por otra parte, indisociables de las fluctuaciones sociales- y de cómo estas van surgiendo al par que los valores que adoptamos. Una educación de la sensibilidad es, ahora más que nunca indispensable. La política no la hacen los partidos ni las agrupaciones, sino los individuos. Y si quienes gobiernan -formen éstos parte del demos o de aquellos que detentan el poder económico o el poder a secas- no han aprendido a conocerse, mal podrán gobernar. Para gobernar es preciso saber qué somos o qué estamos siendo más allá de nuestro personaje. Toda moral bien construida requiere de un fundamento extra-moral y este tiene que ver con el conocimiento de uno mismo, algo que tan sólo puede iniciarse con la observación de la propia mente. La razón estética es sin duda una propuesta para tiempos difíciles. Que sea viable o no dependerá del interés que pongamos en que esta educación se lleve a cabo.
Poeta y filósofa española de origen belga (Bruselas, 1951). Doctora en Filosofía y Profesora Titular de Estética y Teoría de las Artes, vivió largas temporadas en Benarés, India, en cuya Universidad se especializó en Filosofía y Religión India. Hasta el año 2000 impartió docencia en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Málaga, donde impulsó los estudios de Filosofía y Estética comparadas. Desde 1998, ha colaborado con críticas de filosofía, estética y pensamiento oriental en los Suplementos Culturales de los principales Diarios de la prensa española y sigue haciéndolo en El País. Es autora de numerosos ensayos, cuadernos y poemarios. Ha traducido y editado a Henri Michaux y colaborado con otras ediciones en la difusión del pensamiento de la India. Ha colaborado con diversos artistas en obras plásticas y escénicas. Con Matar a Platón le fue concedido el Premio Nacional de Poesía (España) 2004, y con «Hilos» recibió el Premio Andalucía de la Crítica y el Premio de la Crítica de poesía castellana 2007.
10 estrellas de 5. Esto no es un libro es una joya, no sé qué hacéis que no lo estáis leyendo. Bueno, ya en serio, inmensa suerte de que este libro exista y poder leerlo en lengua materna. Una serie de textos hiperlúcidos sobre lo que supone la modernidad y la postmodernidad a nivel filosófico ontológico (cosmo-lógico que diría) y estético artístico. Libro para digerir de a poco, y para volver a él.
En líneas generales puedo decir que me ha gustado, pero no es lo mejor de Chantal. Me quedo con La compasión difícil e Hilos. Aún así, lo recomiendo. Siempre se aprende con ella, es una imprescindible y consigue que cada vez me guste más la filosofía ❤️
Pese a que llego tarde a este libro (sus temas me son ya conocidos y la terminología me suena algo anticuada), no puedo sino recomendarlo a todo aquel que desee entender la propuesta estética y ética que fomentaba la postmodernidad. Y de la que todavía hay que aprender, dado que unos la transformaron en pura superficialidad y otros siguen sin entender su porqué y su urgencia.
La propia autora señala en el prólogo a la reedición del 2017 que algo de este ensayo había quedado anticuado. Sin duda, a finales de los años 90 su brillantez opacaba la de autores consagrados como Lyotard, Jameson o Vattimo. Maillard expone los limites de la razón y la ciencia con sutileza, poetiza sobre lo lúdico y la inutilidad, auna budismo con fenomenología, taoísmo con hermenéutica, el valor del humor con la finitud humana...y sus conclusiones siguen siendo sugerentes y válidas. Y muy hermosas.
Este discurso era magistral hace 25 años. Ahora tiene algo de epocal, por el manoseo y distorsión que ha sufrido por niñatos new age y por rancios científistas. También ocurre que, para ciertos lectores (es mi caso), estos temas ya se pueden haber asimilado con creces.A través del lacanianismo, de los estudios orientales, del heideggerianismo, del hegelianismo...o de tantos autores que se hayan hecho eco del valor genuinamente dialéctico de la modernidad.
Para un acercamiento a la evolución de Chantal Maillard, léase "La compasión difícil".
Maillard reeditó en 2017 uno de sus textos fundamentales, en parte renegando de él, en parte reformulándolo. El fundamento estético de la vida se basa precisamente en la percepción de la incertidumbre, el caos, el acontecimiento, y para su desentrañamiento sólo sirve la filosofía oriental de lo mutable.
Cada vez que leo un libro sobre ontología no puedo dejar de pensar en la futilidad de la existencia del sujeto filósofo -no la de los demás, sino la del filósofo, e incluso de manera concreta la futilidad del filósofo contemporáneo. Me pregunto -convencida de la respuesta- si vamos a estar cuestionando la naturaleza de la realidad hasta el holocausto nuclear, hasta que nos asemos vivas. ¿Qué sentido tiene un proyecto de ontología a estas alturas? Ya en el prefacio Chantal dice que duda de la obra, de su sentido e incluso del valor de la humanidad. Me gustaría añadir que la filosofía académica está muerta y podrida, y que cada libro de filosofía no es más que un desfile de los cadáveres míticos de Occidente -Platón, Aristóteles, Hegel, Heidegger. Lo más prodigioso, para mí, es que alguien sea capaz de escribir un libro así -o de leerlo hasta el final- sin caer en lo inútil que resulta a todos los niveles, y no hace más que provocarme una enorme rabia ante esta filosofía de raíces griegas, esta filosofía tan europea, que no ha hecho más que preguntar una y otra vez si podíamos conocer las flores y sus olores mientras el capitalismo las arrancaba todas y Oriente disfrutaba de ellas.
Maravilloso, todas las estrellas a este maravilloso libro, es un pedazo de genialidad sensible, una defensa del cuerpo en devenir… mucha alegría haberlo encontrado. ❤️🔥❤️🔥❤️🔥
«Luego alguien le prendería fuego al telón y los espectadores empezarían a confundir el movimiento de sus cuerpos con el de los actores pues los límites del escenario se habrían borrado».