Google, procedes de un imperio, tu poder no es sólo tuyo. Procuras predecir, y aunque no careces de datos, algunos sí te faltan. Enredas en los viejos problemas de la historia, en relatos y filosofas de otros siglos, vas buscando comprender qué mueve a las criaturas, cómo se llega al día en que, dentro de su cabeza, empiezan a ejecutar una simulación de la acción que llevarán a cabo y de sus efectos antes de ejecutar la acción, evaluando sus propósitos, planes y objetivos. Así, tal vez, comparece la conciencia y, lo sabes, para ejecutar esa simulación necesitan un modelo de mundo y dentro de ese modelo un modelo de sí mismos. ¿Cuáles son los pasos, qué parte del yo se marcha en cada transformación? ¿En qué consiste imaginarse e imaginar al yo que te relevaría si te atuvieras a unos u otros valores?
Habla del fútbol, esa narración incesante cuyo principal objetivo consiste, piensa, en dar carta de naturaleza a la palabra “merecer”.
Según ese texto, quienes buscamos las causas sociales de nuestros problemas sólo estamos poniendo excusas, pero yo pregunto -dice Mateo- por la supuesta raya que hay entre nosotros y el mundo. No la veo. Estamos mezclados con el mundo, y no lo digo para quitarme responsabilidad. Al revés: si el mundo no es una casa separada que está ahí, entoces cómo seamos también repercutirá en cómo sea el mundo. Igual ni siquiera se debería usar la palabra “repercutir” sino que, directamente, el mundo será como seamos. Pero también las personas creamos el mundo. ¿Cómo puede pensar quien ha escrito este post, y quienes compartan sus razones, que no hay ninguna relación?
Qué importa, sugieres. Aún no han pasado del estado de juguete mecánico -aspiradores avanzados capaces de aprender cuando chocan con las paredes o cuando el anciano al que deben acompañar a hacer la compra pierde ligeramente el equilibrio- y ya os habéis encargado de que sepan matar sin saber que están matando. Sería tan sencillo como haberse detenido kilómetros antes de llegar a ese punto. Pero no lo hacéis. No te detienes, Google, porque te da miedo que parar sea retroceder. Te pareces algo, aunque no querrás creerlo, a los padres de Mateo.