Con la luna de marzo llegó / la foto y todos / estábamos vivos...» Desde la perspectiva sonámbula que se intuye en estos versos cabe leer el singularísimo libro de Olvido García Valdés: un espacio en el que se funden la aguda realidad del mundo y la conciencia de irrealidad de la vida. El paisaje y sus animales, las imágenes de la memoria, los ciclos de la naturaleza, las condiciones de existencia de las mujeres, las evocaciones oníricas, el trasunto pictórico de las escenas, los objetos domésticos... todo parece estar bañado por una luz extraña y abisal. Hasta que el lector comprende que quien habla ha conocido la confidencia de la muerte, que sus ojos han sentido esa penumbra bullente próxima a lo inorgánico. Y bajo una mirada así la vida no sólo resulta precaria, sino irreal; nuestra presencia, aleatoria; evanescentes, las relaciones con los otros; pero en la trama que tejen fragilidad y muerte, en el libro asoma otra línea de fuerza: la necesidad de recuperar paulatinamente la naturalidad de sentirse vivo y dar cuenta del mundo.
Con su diversidad de formatos, donde lo breve y fragmentario convive con lo extenso, el verso con la prosa, con su ascetismo verbal y sus insólitas transiciones, con su pretendido aire de piezas inacabadas —saturadas, en realidad, de significación—, las composiciones de Y todos estábamos vivos van fraguando uno de los recorridos emocionales más intensos y complejos de la poesía española contemporánea.
Nació en Santianes de Pravia (Asturias) en 1950. Se licenció en Filología Románica por la Universidad de Oviedo y en Filosofía por la de Valladolid. Profesora en Toledo desde hace años, ha sido igualmente directora del Instituto Cervantes en Toulouse. Además de ser autora de una de las obras poéticas más sólidas de la poesía española de las últimas décadas –Premio Nacional de Poesía en 2007–, ha traducido a Pier Paolo Pasolini y, junto a Monika Zgustova, una amplia selección de las poetas rusas Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, El canto y la ceniza; a su vez, sus poemas se han traducido al sueco, francés, inglés, alemán y portugués. Ha publicado también el ensayo biográfico, Teresa de Jesús, así como numerosos textos críticos sobre poesía o para catálogos de pintura y muestras de arte (Kiefer, Tàpies, Zush, Broto...). Es codirectora de la revista Los Infolios desde 1987, y perteneció al consejo editorial de El signo del gorrión (1992-2002).
«oye batir la sangre en el oído reloj de los rincones interiores topo que trabaja galerías, gorrión que corre ramas desbundas del tubo del ciprés no sabe cómo de cálido es el manto de la tierra, cómo bordea o mueve piedrecillas, si en lugar más espacioso la madre amamanta topillos de la nueva camada, ciegos olisqueando, cuál la temperatura del hocico, de la ubre ni cuanto tardan pétalos, hoja rizada del roble en ser materia del manto, cuánto hueso de carnero o cuervo o plumas en empastarse e ir bajando cubiertos de otro otoño, nuevo corte de gente, mantillo, manto, maternidad desde dónde, Perséfone, lo mira lo contempla en su corazón sintiendo cómo late la sangre en el oído»
No me siento capaz de escribir reseñas de libros de poesía porque en esto soy y siempre seré una absoluta lega. Esta obrita ganó en su día el Premio Nacional de Literatura y aparece en muchas listas como de lo mejorcito de nuestra literatura de lo que va de siglo XX. Creo que es una obra a la que merece la pena acercarse porque, aparte de lo ya mencionado, es muy probable que acerque al lector hacia un tipo de poesía muy distinta a la que está acostumbrado. No se trata de una poesía que busque crear mundos paralelos o lugares ideales propios de una ensoñación. Muy al contrario, los temas de esta poesía son temas cotidianos, propios de cualquier paisaje que nos rodee, en los que se prima el foco sobre el pequeño detalle y, sobre todo, se juega con el ritmo del verso, plagado de abruptos encabalgamientos.
«Es ahora marzo y el árbol es el códice enterrado, subterránea raíz de luz, savia de cobre para los verdes aéreos. Alma es el ojo concentrado, densa noche oleosa, cabo de aceite el corazón. (¿Y las chispas de lo ligero, de lo leve y el júbilo?) El tesoro está ahí (llamaradas de lluvia, ensancharle cabida a la reiteración), el consuelo del ojo, lienzo verónica de lo casi invisible, caricia de justeza o de piedad dulcifican de nocturnos humores. Bálsamo la tibieza, el frescor de las mañanas ahora que es marzo y blanco y florecido el principio del mundo» (167).
Le iba a dar un 6, pero la última parte me ha convencido mucho más que las anteriores. El estilo es bueno, aunque creo que no se adecúa al tipo de poesía que más me llega. Es pausada, tranquila y basada en lo cotidiano. Y quizá yo busco algo más abstracto, más intenso (que sí he encontrado en 5 o 6 de sus poemas). Curiosamente, este libro que cogí de la biblioteca tenía dos esquinas dobladas y en estas dos páginas estaban de los mejores poemas que he encontrado en esta lectura. Ha sido una buena experiencia lectora.
“madres araña, las mujeres vamos siendo reales desde los treinta, llegamos a serlo a los cincuenta; algunas, madres; otras, sólo reales; arañas, si tienen hijas, hijas de araña, sí”.
(un libro que sólo es posible con la poesía, desde la poesía)
La poesía sigue siendo un campo incomprensible para mí. Me afano por leer las líneas y alcanzar un resquicio de la imagen que forman, me ufano leyendo en voz alta los versos para lograr captar esa música de las palabras, y en ocasiones, en muy raras ocasiones queda algo al final, ese final que no siempre está marcado por un punto sino por el espacio en blanco... doy la vuelta a la página y sigo con el siguiente poema.
Olvido es una lectura agradable plagada de ancianas y pájaros, muchas aves, roquedales... y tantas evocaciones más como da la imaginación de una mujer en sus cabales.