Hace unos años vi en una revista francesa (no me acuerdo cual) un artículo donde Enrique Vila-Matas y Jean Echenoz aparecían juntos, creo que era como un encuentro organizado por la propia revista. Desde entonces ambos autores se me aparecieron como semejantes, como si Vila-Matas fuese la versión española de Echenoz y Echenoz la versión francesa de Vila-Matas. Algunas complicidades y puntos de encuentro existen entre ambos autores, pero con los años, tras una lectura más atenta, me doy cuenta que Echenoz tiene antes más que ver con otro autor diferente: César Aira, también con sus visibles diferencias; ambos combinan la idea de la literatura como juego, un aparato que toma nociones de la realidad y las digiere mediante formas imaginativas, mientras son engarzadas en narraciones fibrosas, que avancen hacia adelante y con fluidez, con paso seguro antes que presuroso.
En esta novela particular, Echenoz alude a calles muy específicas de París, pequeñas calles nada turísticas cerca del parque Monceau o del Trócadero, lugares tan desconocidos para los extranjeros como la rue Pali-Kao, sólo los verdaderos expertos en el callejero parisino podrán localizarlas. Estos elementos sirven para conformar una imagen precisa y mediante una trama, que incluye varios puntos de vista, se despliega un artificio repleto de sorpresas, incluso de gestos estridentes, como un suicidio o asesinatos crudos y secos, que impactan de forma repentina. En manos de otros autores se podría crear con esos mimbres una novela dostoyevskiana, pero Echenoz no es de esos autores, lo suyo es desplazarse por esas historias con gran soltura e ironía, llegando incluso a articular las propias reservas del autor o fingiendo que la voz narradora también es un espía bien informado, que tiene acceso a información reservada.
Porque, a un nivel muy superficial, se trata de una novela de espías, observada con aire lúdico, que no se toma del todo en serio y parte de unos personajes improbables, como ahora Tausk, un productor discográfico de mediana edad, que vive de los réditos que generan un antiguo mega éxito, y su matrimonio nada feliz con Constance, más joven que él, ambos carecen de verdadero rumbo, sólo "gozan" de la comodidad mientras viven instalados en un estado de abulia. Ciertos vínculos con el pasado y los planes de un general desvían la narración de esa historia de un matrimonio infeliz, provoca la aparición de elementos muy diferentes, como ahora granujas de medio pelo, un ex-convicto o la mano derecha del general, que se demuestra muy capaz de mezclarse en asuntos turbios y cuanto más turbios más cómodo está el tal Paul Objat. Hay un secuestro inusual, que también se desentiende de los códigos habituales del thriller, también se aborda con desenfado porque todo el engranaje narrativo está diseñado para burlar los códigos de la narrativa convencional.
Esa fricción entre lo real y lo ficticio pone rumbo a un escenario narrativo poco convencional: Corea del norte, un lugar 100% real, del cual Echenoz incluso plasma algunos de sus detalles más conocidos, pero que de tan hermético, inaccesible y sometido a leyes tan marciales que lo convierten en un escenario distópico, como una ficción vivida dentro de la realidad. A pesar de la distancia respecto a su zona de confort (léase: París), Echenoz sigue manejando la narración con el mismo humor y el mismo tono burbujeante, incluso cuando se nos cuentan consecuencias funestas.
El último libro que leí de Echenoz fue Un año, que sentí menos ambicioso pero a la vez más económico en sus medios narrativos, quizás por eso más preciso, compacto y certero. Enviada especial está narrada con oficio e inventiva, sin embargo muchas veces parece que estás leyendo algunas páginas de más, alguna sub-trama que a día de hoy no estoy convencido de su necesidad, de forma que la narración no se siente tan homogénea y sólida. Echenoz puede realizar juegos de manos y convencerte que los secundarios de la trama de Tausk tienen cierta gracia, pero en el fondo te das cuenta que en verdad son una distracción, creaciones más próximas al relleno que no a la savia narrativa. A pesar de ello sería un error y un desafuero no reconocerle que, en general, por más que a veces se nos cuenten hechos violentos, el conjunto ofrece muchos momentos divertidos, algunos sorprendentes y otros cuasi surrealistas, no es el título que recomendaría a cualquiera que desee iniciarse en la literatura de Echenoz, pero tampoco una novela del montón, una obra convencional que olvidar pocas horas después de su lectura.