El desconcierto cuenta el largo recorrido físico, anímico e intelectual de la propia autora desde que se le diagnostican el cáncer hasta que, tras la terapia, decide escribir la novela.
Cuando a la autora le diagnosticaron cáncer de colón, sintió una pérdida repentina de la estabilidad, como si un manotazo derribara todas las piezas de un tablero de ajedrez. El cáncer la había dejado sin guion, debía luchar contra ese cuerpo al que estaba atada y poner orden donde no lo había. Escrito en primera persona y a caballo entre el ensayo, la crónica y el diario personal, escribió un texto que alude a la confusión, al desequilibrio y al desorden emocional y físico que supone de pronto en una mujer joven encarar una enfermedad grave. El libro parte de una rigurosa investigación sobre los testimonios sobre el cáncer en la literatura, citando autores consagrados que en algún momento han escrito acerca de los conflictos y vaivenes emocionales de la enfermedad.
El desconcierto es levantarse un día y que te digan que tienes cáncer. Sentir tu cuerpo como un enemigo, como un adversario, como algo ajeno a la persona que eras hasta ahora. “La enfermedad te transforma el yo, y de repente eres un yo que no conoces. Ahí está el desconcierto. Este libro trata de poner orden en ese caos", en las propias palabras de la autora.
Pero que nadie se equivoque, no estamos ante un libro de autoayuda. Begoña Huertas rehúye lo panfletario y no ofrece un texto amable, redentor, de superación. No es eso. Este es un libro sobre la enfermedad, sobre lo jodido que es estar enfermo, sentirse enfermo, saberse enfermo.
¿Es “El desconcierto”, entonces, un testimonio? Tampoco, o no sólo es eso. Este libro —novela, me atrevería a llamarla— ejerce de diario, sí, pero también de brillante monólogo interior, de expurgo de demonios, de metaliteratura.
Porque es sobrecogedor ver cómo Begoña Huertas, escritora, intenta encontrar refugio en las palabras. Y no lo halla. Y se lamenta de que tantos escritores enfermos (Proust, Baudelaire, Dostoievski,...) apenas pasaron por encima de su enfermedad, como si esta les avergonzara o les empequeñeciera, como si consideraran algo indigno escribir sobre ella.
Hasta que un buen día llega a sus manos “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, y ahí, agazapadas, están las palabras que la autora demandaba de la literatura universal. En sus páginas encuentra Begoña Huertas el asidero literario al que aferrarse, ¡al fin!, y la reivindica como la gran novela universal sobre la enfermedad (para el que esto escribe, “La muerte de Iván Ilich” también es la gran novela universal... sobre la muerte, sobre el hecho de morirse; ojo al matiz). La apología que desde “El desconcierto” se hace de esa obra de Tolstoi es vehemente, elevadora, necesaria.
Como también lo es cuando Begoña Huertas nos invita a detenernos en las obras póstumas de David Bowie y Leonard Cohen, y ver el distinto tratamiento que ambos músicos tuvieron ante el adiós. ¡Uauh!, los pelos como escarpias. Un ejercicio melómano apasionante para quien quiera reflexionar un rato sobre la muerte (o no pueda dejar de hacerlo) y desee ponerle banda sonora a esa reflexión. Aviso para navegantes: duele.
Y todo este testimonio-diario-musical-metaliterario (“El desconcierto” es en verdad inclasificable) lo hace sin una concesión a la pazguatería: Begoña Huertas no quiere que la consideremos una heroína, ni reparte lecciones sobre ser fuerte, ni gazmoños consejos bucaycoelhianos. Lo que cuenta es tan efectivo que no necesita ser efectista. Es más, da la sensación de estar ante un texto tan sincero, tan directo, que la autora lo escribiera para ella y para nadie más. Escribir para volver a reconocerse, para volver a ser Yo.
Por todo, libro que no puedo dejar de recomendar. Hacen falta agallas para adentrarse en él, pero la considero de lejos la mejor lectura en lo que llevo de 2018. ¡Y aplaudo sobre todo el ataque que hace al mal llamado “pensamiento positivo”! La ensayista Barbara Ehrenreich lo tenía claro: "El pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental), y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno".
Combatamos esta gran mentira postmoderna del positivismo por el positivismo. Y aprendamos a leer/escribir sobre temas incómodos como la enfermedad, la decrepitud, la muerte.
Begoña Huertas lo ha hecho. Y ahí reside la Literatura.
Leo El desconcierto, de Begoña Huertas, de camino a Madrid, metida en un coche en el que van más personas a las que a la literatura les dice más bien poco. Llevo este libro acompañada de un montón de post its y de un boli rosa para subrayar porque no quiero dejarlos escapar. Soy poco consciente de lo que pasa a través de las ventanas, pues yo solamente leo a Begoña y a sus reflexiones tan hondas, y que tanto me han marcado. Leo sin parar, y únicamente levanto la cabeza para admirarme de lo que un libro puede simbolizar y cambiar en la vida de una persona. Baste decir que todos los de Rata te dejan con esta misma sensación, como de llevar demasiado tiempo queriendo leer esa historia.
Un día te dicen que tienes cáncer y entonces comprendes, en toda su plenitud, la palabra desconcierto. Y luego el desconocimiento de tu propio cuerpo, ese "yo" que sientes como enemigo, ese mismo yo que había en ti y que no sabes cómo destruir, aunque sí sabes una cosa: que esto no es una batalla ni la victoria depende de tu actitud, como tampoco tu derrota. Porque el cáncer no depende de nuestros ángeles ni demonios.
Qué valentía y honestidad hay que tener para escribir un libro así de necesario ♥️
No es fácil ser honeste, sobretodo con une misme, y es muy fácil caer en la comodidad de lo que rapidamente se convierte en pasado. Begoña Huertas mira sus heridas a la cara y las delata sin piedad, aunque le duela y con dolor. Como una cirujana minuciosa desparasitando una cebolla, nervio a nervio; en lugar de pinzas literatura.
Mi libro (de no ficción, dentro de las llamadas novedades) favorito de 2018. Una memoria contra las memorias, testimonio sin sensacionalismo y en general, diario del cáncer que problematiza tal cuestión desde la lectura y la dificultad de escribir. Es un libro importante, profundo y realmente emocionante.
Llevaba tiempo pendiente de leerlo (y no me atrevería). Con este libro volví a leer con un lápiz en la mano. Me gustó mucho y encontré muchísimas referencias y lugares comunes. No se por qué (o tal vez sí) volver a él.
Desconcierto ante la enfermedad, el cuerpo, la apisonadora médica y el extrañamiento de todo ello. De las experiencias de otros y su ausencia en la literatura. Excepto, como muy bien señala, Tolstoi en la acertadísima muerte de Ivan Illich.