Libro difícil de calificar, por su interés narrativo lleno de altibajos, y por el dudoso pacto de lectura (en los primeros capítulos, el autor reitera que se trata de una “autobiografía ficticia”, sea lo que sea eso…)
Estilísticamente, D’Ors es una delicia. El libro es a ratos sesudo pero nunca por ello denso. De alguna manera, es la biografía de su fe católica y más concretamente, de su vocación al saderdocio. Es curiosa su aproximación casi new age a la fe, y su motivaciones para ser sacerdote; ante todo, él quiere ser como Gandhi… D’Ors critica el ambiente ultra politizado de la iglesia de los años 70 y 80, pero parece ser él mismo (y hasta qué punto lo sabe el propio autor no queda claro) un aturdido producto de estos años de confusión eclesiástica.
Otro problema no menor es que el autor cae gordo. Parece que él es el solitario poseedor del equilibrio y la verdad, y llega a hablar de la gente que le rodea con auténtica displicencia; pobres “feos y que dan grima”, “minusválidos que le producen auténtica lástima”… todas estas expresiones que a la postre pretende maquillar con algún tipo de apelación a la caridad cristiana, pero (a mi juicio) quedando siempre en un burdo intento de encuadrar todo en una cosmovisión arrebatadora y sublime (entiéndase por “sublime” que el autor se emperifolla con reflexiones más cursis y narcisistas que de auténtica enjundia filosófica).
Inquieta, cuanto menos, que el protagonista (un sacerdote) emplee decenas de páginas a sus enamoramientos con catequistas, a los ofrecimientos sexuales por parte de menores, y a los ardores eróticos hacia una campesina hondureña. Yo me quedé con la sensación de que quizá la ficción de esta biografía sea que resistió a todas y cada una de estas tentaciones, porque el empeño y el detalle con el que las describe choca frontalmente con la elegancia y el pudor que cabría esperar de un siervo de Dios.