En realidad no sabemos qué es «el pensamiento», en qué consiste «el pensar».
El pensamiento es ilimitado.
Podemos pensar en algo, acerca de algo. Lo que hay fuera o más allá del pensamiento es estrictamente impensable.
El pensamiento humano reflexiona sobre nuestra propia existencia. El pensar nos hace presentes a nosotros mismos. Pero pensar en nosotros mismos es el componente principal de la identidad personal: ningún otro ser humano puede pensar mis pensamientos por mí.
Los pensamientos son nuestra única posesión segura.
El pensamiento lleva dentro de sí un legado de culpa.
El pensamiento es estrictamente inseparable de una «profunda e indestructible melancolía». Un revelador vacío, una tristeza de la saciedad sigue a todos los deseos satisfechos. El eros humano es pariente cercano de una tristeza hasta la muerte.
El pensamiento supone el dominio del hombre sobre la naturaleza y, dentro de ciertas restricciones como la debilidad y las dolencias mentales, sobre su propio ser. Con gran diferencia, el mayor volumen de recuerdo y olvido se encuentra en los borrosos bordes del pensamiento deseado.
La infinitud del pensamiento es también una «infinitud incompleta». Está sometida a un a contradicción interna para la que no puede haber ninguna solución. Nunca sabremos hasta dónde llega el pensamiento en relación con el conjunto de la realidad. El pensamiento es inmediato sólo para sí mismo. No hace que suceda nada directamente, fuera de sí mismo.
Escuchad atentamente el tumulto del pensamiento y oiréis, en su centro inviolado, duda y frustración. Pensar es quedarse corto, llegar a un punto «que no tiene nada que ver».
El pensamiento no está bajo control. Aun durante el sueño y, verosímilmente, en los estados de inconsciencia la corriente fluye. Sólo muy raras veces lo controlamos.
Es, muy posiblemente, un fenómeno pre-lingüístico, un ímpetu de energías psíquicas anterior a toda expresión ejecutiva.
En todos los momentos y en cada uno de ellos, los actos de pensamiento se ven sometidos a intrusión. La corriente es incesantemente enturbiada, represada y desviada. Cuanto más feroz es la presión del pensamiento, más resistente es el lenguaje que lo recubre.
Estas purezas, estos impertérritos rayos de pensamiento son accesibles sólo a relativamente pocas personas, y su extensión normal es breve. Hay pruebas, aunque intermitentes, de que los poderes implícitos de suprema concentración pueden extinguirse a una edad bastante temprana.
Ninguna proximidad, ya sea biológica (los gemelos idénticos o siameses representan tal vez un caso límite), emocional, sexual, ideológica, ya sea la de toda una vida de coexistencia doméstica o profesional compartida, nos permitirá descifrar más allá de la incertidumbre los pensamientos de otro.
La capacidad de mentir, de concebir y representar ficciones es inherente a nuestra humanidad. Inventamos modos alternativos de ser, otros mundos, utópicos o infernales. Reinventamos el pasado y «soñamos hacia delante».
Aunque expresados, manifiesta o tácitamente, en diferentes formas léxicas, gramaticales y semánticas, nuestros pensamientos son, en una medida abrumadora, un universal humano, una propiedad común. Han sido pensados, están siendo pensados, serán pensados millones y millones de veces por otros. Son interminablemente banales y trillados. Artículos usados. La gran mayoría de las veces, sin embargo, el pensamiento ordinario es una empresa chapucera y de aficionados.
Las palabras, las frases que utilizamos para comunicar nuestro pensamiento, ya interior ya exteriormente, tienen una vigencia común. Hacen democrática la intimidad. Las posibilidades de construcción son múltiples, pero también repetitivas y limitadas. En consecuencia, la verdadera originalidad de pensamiento, el hecho de tener un pensamiento por primera vez (¿y cómo vamos a saberlo?) es extremadamente infrecuente.
Todos vivimos dentro de una incesante corriente y magma de actos de pensamiento, pero sólo una parte muy limitada de la especie da prueba de saber pensar. La capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara.
Pensar es algo casi increíblemente despilfarrador. Es un conspicuo consumo de la peor especie. La corriente de pensamiento en nuestro interior, son, en una proporción abrumadora, difusos, sin objeto, dispersos e inexplicados. La economía es la de un despilfarro y un déficit casi monstruosos. No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante.
En el corazón mismo de la tiranía existen esfuerzos por racionar el pensamiento, por constreñirlo a lo permitido; existen canales restringidos. El pensamiento anárquico, juguetón, despilfarrador es lo que más temen los regímenes totalitarios.