El amor, la amistad y los sentimientos son el asunto central de esta novela que indaga en el mundo de los deseos insatisfechos, las oportunidades perdidas y el alma de las mujeres. Tan cautivadora como melancólica, es también un deliciosa recreación del verano, la naturaleza y los placeres sencillos de la vida.
Para agosto en la piscina, bien está: te entretiene y no te hace pensar. Por lo demás, testosterona pura: todos los hombres que salen son unos capullos, incluido el narrador aunque se disfrace de superioridad cultural y moral. Para colmo, cuando su ex marido la viola, el escritor hace decir a la mujer: me forzó. La violó, hombre, la violó. Y encima la mujer no se lo dice a su pareja actual porque se siente culpable, y para proteger al ex. Todo contado de lo más normal. Se ve demasiado por detrás la voz del escritor y de un pensamiento por fortuna ya no sostenible. En la novela se trata de conferir superioridad de ideas al narrador, y al final lo que se pone de manifiesto es el pensamiento antropocéntrico de toda una época. El narrador reprocha a su mujer que le ocultara el sexo forzado con su ex marido, pero a él mismo ni se le pasa por la cabeza contarle a ella que le ha sido infiel. Se acuesta con otra, y como en ese momento sentía amor por ella, y luego lo siente por su mujer, no solo no hay conflicto moral sino que se justifica plenamente. Y, mientras, la mujer sintiéndose culpable de que la violen.
Los días que pasan; el tiempo no vivido que vemos a través de la cortina de la melancolía y el verano en las manos, en la mirada, en la vida, desgranándose paso a paso hasta llegar a la felicidad que tanto queríamos.