Qué estimulante es siempre leer obras de arte que examinan al propio arte, como idea, en sí mismo. Aquí, Buero Vallejo escribe una gran pieza que plantea un drama/fantasía histórico: la pintura de Las Meninas por Diego Velázquez allá por el siglo XVII.
Las Meninas no es un cuadro sencillo, pues en él, el siervo (Velázquez es "pintor de la corte") se retrata a sí mismo y a otros vasallos o secundarios (las meninas, los enanos, el perro...) en la misma luz, a la misma altura, que la infanta Margarita Teresa, y por supuesto en mayor importancia que los mismos reyes, que se descubren al fondo, reflejados en un espejo. Este acto supone una doble estocada a un sinfín de preceptos políticos y morales de la época: primeramente supone la supresión del rango social; segundamente es un ejercicio de transparencia cotidiana, de desnudado de la realidad, que resulta intolerable en un ambiente de corte basado en el protocolo y la adulación.
Buero Vallejo es capaz de retratar a Velázquez cabalmente, con el suficiente respeto de no idealizarle o rendirle pleitesía (pese a ser héroe indiscutible de la historia), aunque al obra se entiende como un tributo a su figura, su figura en representación de la valentía del artista y el poder inextinguible del arte. Plantea también un juicio inquisitorial que resulta muy simbólico por su traslación a la época del propio escritor. No obstante, este segundo acto termina alargándose y resultando algo pesado. Es, de todos modos, una gran obra: emocionante, inteligente, humana y atemporal.
4.5*