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264 pages, Kindle Edition
First published November 29, 2017
“Sibila no es la niña, no es la madre, no es la amante, no es la anciana. Sibila es entusiasta y trabajadora. Su nombre es Cristina, María, Ana, Inés, Silvia, Laura…, incluso cuando es Jordi o Manuel, siempre está feminizada. En todos los casos, pongamos que su nombre es Sibila. Sibila tiene aspiraciones creativas y pocos recursos. Sibila no carga con épicas ni grandes relatos, si acaso con la expectativa que le permita romper un linaje de pobres - estupendo guiño al Efecto Clase Media-. Sibila aún cree que el sistema la ayudará y dedica sus horas a trabajar a buscar otros trabajos. Y los busca para en el futuro disponer de tiempo que le permita vivir y crear, y por fin dejar de buscar trabajo. La vocación es algo por lo que merece la pena luchar, piensa" -de nuevo, genial referencia al Efecto Clase Media-". Vamos, que Sibila somos tú, yo, y todas las personas que nos dedicamos a intentar trabajar en un contexto tremendamente hostil y competitivo en el que no hay recursos y somos literalmente dos ratas peleándose por un churro con música de Linkin Park de fondo. El libro gusta por lo obvio: nos identificamos con lo escrito porque lo vivimos cada día.
Como cambia de trabajo con frecuencia, muchos se refieren a Sibila como joven que empieza, pero ella ya no se siente ni joven ni siente ese impulso primero del que empieza. No hay sueldo (*o cuando lo hay es precario), pero sí entusiasmo, a veces agradecimiento y aplauso, otros símbolos que importan, satisfacción solidaria que punza, pero no alimenta".
Algunas veces en sueños o en nostálgicos espejismos proyectados sobre una plaza o un parque, Sibila recuerda a esos niños corriendo y planeando aventuras, y a esos jóvenes que reían con cervezas o pancartas en las manos. Entonces nadie les dijo que sólo había trabajo para unos pocos. Las condiciones de ahora eran un misterio entonces. De haberlo sabido es probable que se hubieran aliado para no crecer o para cortocircuitar las cosas. Intentarlo, al menos. De niños nadie hacía sospechar que Sibila se vería en la misma lista que sus amigos deseando que ellos no lo logren, que lo logre ella. Ellos deseando que Sibila fracase. Tiemblan las teclas y tiemblan los dedos de Sibila al sentir la rivalidad mezquina de esta sentencia cotidiana que difícilmente reconocerán a la cara..
Rotos los lazos, cínico el sistema, obligados a competir, las redes de apoyo, solidaridad y denuncia de los trabajadores enferman y se desarman, caen de las manos. Rotos los lazos, vestidos de cortesía, fiesta o sexo rápido, una enésima forma de individualismo se hace fuerte. No solo los pactos de confianza con quienes mandan sino también los lazos entre iguales se fracturan.
En el entusiasmo que define las prácticas culturales y académicas contemporáneas (en sus niveles más precarios) es fácil caer en la competencia brutal, en la entrega a una causa intelectual o creativa que movilice lo más profundo, donde trabajar gratis sea defendido (por quien contrata) y aceptado (por quien trabaja) como la mejor vía par alimentar una práctica más valiosa que el dinero, algo que (perversamente parecen decir) “no puede ser pagado porque tiene otro carácter, pertenece a otra dimensión”. Ambas prácticas han sido y están siendo objeto de máxima vulnerabilidad para quienes las ejercen. Entretanto, se asienta una dura defensa ideológica de la responsabilidad individual exigiendo a cada cual que maximice su valor de mercado como propósito vital.
No es lo mismo pagar con reconocimiento a un rico que a un pobre.. Porque son fuerzas increíblemente conservadoreas las que alimentan este pago inmaterial como algo suficiente. Pago inmaterial que en el rico se convierte en prestigio, y en el pobre en frustración y abandono por necesidad de dedicar sus tiempos a ese otro trabajo que le permita vivir.
Sibila puso demasiado rojo en sus labios, demasiado perfume en su ropa, demasiada cafeína en su bebida, demasiadas palabras de frustración acumulada dirigidas a sus jefes y estalló públicamente. Creyó que esta vuelta de tuerca la ayudaría a agotar su entusiasmo por puro exceso, produciendo un cortocircuito que la hiciera parar e interrumpir el sistema. Pero el cambio sólo fue interno, nada relevante pasó afuera. Sibila vivió ese cambio primero como una náusea y después como un pliegue, como si el cuerpo se le diera la vuelta a la manera de esas prendas reversibles que, en su caso, dejaron ver una Sibila llena de cicatrices y aristas, un ser irregular y comprimido alejado de su sonriente imagen anterior. Su imagen ahora proyectaba la fuerza de unos ojos asimétricos y rojizos, de un cuerpo minúsculo, más pequeño, como esas frutas que liberadas de pieles ven llamativamente reducido su tamaño, una Sibila semilla, desnuda, exiliada. Desde su nuevo tamaño Sibila ha tomado partido por no empequeñecer más, por valerse de lo que en estos momentos sabe para vivir por otros caminos y buscar otros oficios terrestres.