«Para mí la libertad es volver a África (...) Si la esclavitud se fue construyendo de África a Nueva Granada, la libertad se recuperará yendo de regreso»
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Esta novela parte de una de las premisas más fascinantes que yo haya leído en toda mi vida como lector: hacer protagonista y darle voz a la mujer esclava que sirvió como personaje menor en Maria, el gran paradigma del romanticismo literario latinoamericano. ¿Cómo no leer algo así? ¿Cómo no ceder a la tentación de releer esa novela pero esta vez desde otra voz, una antes invisibilizada y pordebajeada y a la postre mucho más rica e interesante y compleja como lo es la negra “Feliciana”?
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Pero ojo, lectores, esta no es la historia de Feliciana. Feliciana es la esclava manumisa de Maria. Esta, la que escribe Adelaida, es la historia de Nay de Gambia, una mujer negra que sabe que la libertad no es el papel que le ha dado un blanco que antes fue su amo, sino el volver a su tierra, el retornar a África, el regresar a Gambia. Es, en ese sentido, una historia de la épica del retorno, una que se va entremezclando con los recuerdos de sus pasados, así, en plural: su pasado como princesa en su pueblo natal, su pasado cuando fue secuestrada, encadenada y mandada a América, y su pasado en la hacienda de los Sahal.
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Pero también es una novela sobre la pérdida de la identidad, reflejada esta en Sundiata de Gambia, el hijo de Nay, nacido mientras ella era esclava; un niño que nunca conoció África ni su libertad, uno que cada vez responde más al nombre que le han dado sus amos (Juan Angel) y que parece sentirse miserablemente cómodo entre el miedo y la subordinación de srol como esclavo del “amo joven”.
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Su narrativa y su autora le exigen al lector toda su atención, mental y espiritual; es una novela retadora, por su linealidad y por su lenguaje (que nos recuerda el romanticismo en el cual se basó). Pero las lectoras que consiga sobreponerse a esto, hallará una historia épica como pocas, muy superior que la de su antítesis decimonónica.
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Adelaida Fernández Ochoa
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Es una académica que, al darse cuenta de que el libro que siempre quiso leer y estudiar no se había publicado, decidió escribirlo ella misma. Y eso sea quizás lo más sensato y valiente que he escuchado en mucho tiempo.
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Que sea una académica, una experta en la mujer en la literatura colombiana para ser exactos, explica que su narrativa sea cuidadosa y detallada, métrica si se quiere, sin dejar ninguna frase, expresión ni coma al azar. Es intrincada, que es sinónimo tanto de compleja como retadora, y la de ella, la de Adelaida Fernández Ochoa, es ambas, por lo que requiere ─exige─ toda la atención del lector. Es una escritura que no merece ni permite menos. Si uno es lo que come, también escribe lo que lee; me atrevería a apostar a que esta escritora es una insaciable lectora de los grandes clásicos literarios, aquellos en las que la hermosura está en la forma más que en el fondo.
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No deja de ser reivindicativo que esa literatura clásica que, presumo, tanto influyó a Adelaida, haya relegado a las mujeres al papel de musas ─cuando mucho─. Y lo es porque ella, lejos de querer copiarlos, lo que hace es ponerle lenguaje ─mente─ de mujer a ese tipo de literatura, apropiarse de esta y reinterpretarla, como queriendo visibilizar a todas esas escritoras clásicas que injustamente quedaron olvidadas o relegadas al triste papel de musas.