Entre los dones de la madurez, pasada la barrera de los cincuenta (dones que hay que atribuirse y sostener con convicción), están la disposición a negarse o rechazar, sin abundar en justificaciones, la agilidad para sustraerse de lo que preferiríamos no nos incluya y, fundamental, el desinterés por las opiniones y juicios sobre nuestra conducta o nuestro carácter si no los enuncia alguien que amamos. Podríamos llamarlo irresponsabilidad metódica. Como en todo ejercicio, con el tiempo se alcanza un virtuosismo inimaginable en las edades precedentes.
En mi caso, el de alguien que eligió entrelazar escritura, investigación y docencia para definir un desempeño profesional, llevar un diario en Facebook, casi porque sí, restándole interés y tiempo al verdadero trabajo, es una manifestación de esta clase de madurez que asume los placeres y los riesgos de la irresponsabilidad metódica. El valor de este ejercicio no depende de la calidad de los resultados -ni de la aceptación, el rechazo o la indiferencia que puedan despertar-, sino de la fuerza con que prefigura la utopía de una vida sin obligaciones pero laboriosa, incluso exigente, movida por un deseo de perfeccionamiento sin alcances morales.
Dueño de una prosa prolija, abundante, de profesor universitario, Giordano posee también una predilección por la ironía y la acidez. De los libros sobre la depresión, este va siendo uno de mis favoritos. El depresivo está siempre oscilando entre su nula autoestima y la megalomanía de pretender de que cada gesto, cada palabra dicha u olvidada de su parte son las que definen el rumbo del mundo. De la enfermedad, su enfermedad y el mundo. En el desengaño de esa ilusión se juega también la lucidez, La Paz interior y el aprendizaje, que es lo que a Giordano le interesa resaltar siempre en la prosa de ensayo: qué es lo que el ensayista ignoraba al comienzo de su escritura y que está le revela contra su voluntad, o incluso a pesar de su torpeza.