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Excesos (Serie latinoamericana ; Cuentos)
Spanish
151 pages, Paperback
First published January 1, 1976
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Community Reviews
Displaying 1 - 6 of 6 reviews
August 15, 2017
Hace tiempo no leía cuentos que me costara tanto descifrar hasta puntos tan mínimos y a la vez tan relevantes como quién chucha estaba narrando, así que fue todo un desafío.
Me sorprendió para bien este autor chileno. La tercera parte, claramente autobiográfica, fue mi favorita, pero el cuento "El atraso" es una exquisitez.
Lo aplaudo y lo intentaré recomendar a todo el mundo.
Me sorprendió para bien este autor chileno. La tercera parte, claramente autobiográfica, fue mi favorita, pero el cuento "El atraso" es una exquisitez.
Lo aplaudo y lo intentaré recomendar a todo el mundo.
July 2, 2025
Demasiado buenos los cuentos “el coreano”, “el padre de bernardita”, “excesos” y “jamleto en chena”. Desorientación y ambigüedad con ciertas marcas que permiten una interpretación coherente a pesar de la dificultad figurativa de los textos. “La leontina” e “ilsemedeayocasta” resultan más anodinos y pasajeros. “La odiada gente” me pareció un elemento innecesario en l antología.
February 23, 2024
Este libro sabe elaborar un lenguaje del deseo y de la sugestión.
"Ilsemedeayocasta" es un cuento impresionante.
"Ilsemedeayocasta" es un cuento impresionante.
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September 17, 2026El coreano y La casa mis favoritos :-)
March 3, 2024
Terminado el libro, cunde la inquietud. Los excesos son verosímiles, la élite podría comportarse como se narra en los diferentes cuentos, en la más absoluta impunidad. La forma de narrar, normalizando el abuso de poder en todas sus manifestaciones, pero sin perder nunca la noción de lo que se está contando, quedará penando varios días.
Las temáticas son crudísimas, pero con un estilo perturbadoramente sutil. No hay morbo acá, la estructura de las historias no lo necesita. Podría decir que las historias tratan sobre la imposibilidad de ser aquello que se desea ser, básicamente porque no es aceptable socialmente o implica renuncias o violencia, por lo que los personajes no son libres y deben recurrir a la desmesura, al exceso, con obsesiones sexuales en un mundo infantil aparentemente protegido y aséptico. Es notable que lo relate desde la clase alta, exponiendo perversiones que esconden tras una misa, una sobremesa familiar, un retiro a la parcela o un simple roteo. Hay ataques con ácido producto de celos hacia la nueva pareja del padre ("El coreano"), la banalización de una posición de poder que lleva a la violación ("Después de almuerzo"), fantasías con incesto ("Ilsemedeayocasta"), la impunidad que esconde abusos sexuales sólo por ser rico ("La Leontina"), una ambigua liberación a través del travestismo ("Excesos"), entre otros. Un ejemplo:
"Él aún dormía y usted no me había visto entrar. Durante los interrogatorios insistieron mucho en esos detalles. ¿Qué podría decirles? ¿Qué la vi salir al patio, caminar colgando la ropa sobre los alambres?, ¿que nunca me habría imaginado que iba a levantarme, me iba a arrastrar al corredor y caminar hasta donde usted estaba?, ¿que la vi de espaldas, frente a la batea donde habían puesto el ácido, frente a la ventana que le reflejó a usted mi negro rostro de coreano y le hizo decir Dios antes de sentir el golpe y caer, la cara sumergida, confundida, revolcada en el ácido? ¿Les podía decir esto? No. Un obstinado silencio me acompañó desde entonces. Usted y yo nos separamos. Sin embargo, recuerde un detalle: al despertar bruscamente con sus gritos, él no pudo reconocer a los seres que lo habían amado."
("El coreano")
Otra muestra es este procesamiento de la violencia paternal como forma de educar:
"Y con mi padre nunca supe si después de una caricia vendría una bofetada, nunca me sentí seguro, al resguardo, en sus brazos. Podía estarme besando, felicitando: bastaba que alguien preguntara quién quebró esto para que sintiera el golpe que enceguecía, que me hizo muchas veces perder el conocimiento. Los interrogatorios eran ineficaces. A gritos, los ojos desorbitados, la baba se esparcía en todas direcciones. Eran ineficaces porque siempre mentí."
("La casa")
Creo que "El papá de la Bernardita" es uno de los mejores cuentos chilenos que he leído. El recurso de relatar una relación homosexual entre un adulto y un adolescente, con la coartada de una polola imaginaria, desde el punto de vista deficiente y quizás cómplice de una niña, está demasiado bien logrado. No es extraño que este libro haya sido censurado en su momento. Sugiero su lectura.
Las temáticas son crudísimas, pero con un estilo perturbadoramente sutil. No hay morbo acá, la estructura de las historias no lo necesita. Podría decir que las historias tratan sobre la imposibilidad de ser aquello que se desea ser, básicamente porque no es aceptable socialmente o implica renuncias o violencia, por lo que los personajes no son libres y deben recurrir a la desmesura, al exceso, con obsesiones sexuales en un mundo infantil aparentemente protegido y aséptico. Es notable que lo relate desde la clase alta, exponiendo perversiones que esconden tras una misa, una sobremesa familiar, un retiro a la parcela o un simple roteo. Hay ataques con ácido producto de celos hacia la nueva pareja del padre ("El coreano"), la banalización de una posición de poder que lleva a la violación ("Después de almuerzo"), fantasías con incesto ("Ilsemedeayocasta"), la impunidad que esconde abusos sexuales sólo por ser rico ("La Leontina"), una ambigua liberación a través del travestismo ("Excesos"), entre otros. Un ejemplo:
"Él aún dormía y usted no me había visto entrar. Durante los interrogatorios insistieron mucho en esos detalles. ¿Qué podría decirles? ¿Qué la vi salir al patio, caminar colgando la ropa sobre los alambres?, ¿que nunca me habría imaginado que iba a levantarme, me iba a arrastrar al corredor y caminar hasta donde usted estaba?, ¿que la vi de espaldas, frente a la batea donde habían puesto el ácido, frente a la ventana que le reflejó a usted mi negro rostro de coreano y le hizo decir Dios antes de sentir el golpe y caer, la cara sumergida, confundida, revolcada en el ácido? ¿Les podía decir esto? No. Un obstinado silencio me acompañó desde entonces. Usted y yo nos separamos. Sin embargo, recuerde un detalle: al despertar bruscamente con sus gritos, él no pudo reconocer a los seres que lo habían amado."
("El coreano")
Otra muestra es este procesamiento de la violencia paternal como forma de educar:
"Y con mi padre nunca supe si después de una caricia vendría una bofetada, nunca me sentí seguro, al resguardo, en sus brazos. Podía estarme besando, felicitando: bastaba que alguien preguntara quién quebró esto para que sintiera el golpe que enceguecía, que me hizo muchas veces perder el conocimiento. Los interrogatorios eran ineficaces. A gritos, los ojos desorbitados, la baba se esparcía en todas direcciones. Eran ineficaces porque siempre mentí."
("La casa")
Creo que "El papá de la Bernardita" es uno de los mejores cuentos chilenos que he leído. El recurso de relatar una relación homosexual entre un adulto y un adolescente, con la coartada de una polola imaginaria, desde el punto de vista deficiente y quizás cómplice de una niña, está demasiado bien logrado. No es extraño que este libro haya sido censurado en su momento. Sugiero su lectura.
July 2, 2022
qué bueno que volvi a leerte, mauricio wacquez.
Cuando naci, mi padre tenia sesenta años. Me cuentan que, contrariamente a los demás niños, no lloré. Sólo unos gruñidos, unos hipos, testimoniaron que ya estaba respirando. Trato de imaginarme esa primera mirada suya, cara a cara, y mi silencio, mi prematura e irrenunciable intención de que nunca conversa-ríamos. Esa mirada azul la siento aún como un aletazo de tris-teza. Y tantos pensamientos que se han acumulado en mí desde entonces no logran darme la fuerza necesaria para perdonarlo.
Con esto no quiero decir que no fuera afectuoso. Pero la obsequiosidad, ese rasgo que más odio en mí, me viene directamente de él. He descubierto que cualquiera relación que yo establezca debe darse dentro de la no agresión. La obsequiosidad me sirve para desarmar a la gente. Y con mi padre nunca supe si después de una caricia vendría una bofetada, nunca me sentí seguro, al resguardo, en sus brazos. Podía estarme besando, fe-licitando: bastaba que alguien preguntara quién quebró esto para que sintiera el golpe que enceguecía, que me hizo muchas veces perder el conocimiento. Los interrogatorios eran inefica-ces. A gritos, los ojos desorbitados, la baba se esparcía en todas las direcciones. Eran ineficaces porque siempre mentí.
Ahora sé otra cosa: tampoco debo reprochar la blandura de mi madre. Una mujer enamorada como ella, enamorada hasta que mi padre murió, no tuvo ojos sino para él, él era todo su mundo. Durante una época creí odiarla; odiaba su dureza, su equitatividad. Fría, débil, torpe, no inteligente, pero a pesar de eso uno de los seres que no he podido odiar, la clave de todas mis supersticiones. Aunque esto lo aprendí mucho después, cuando me di cuenta de que era precisamente el amor lo que ella me había rehusado.
Pienso que pude haberme vengado aliándome con mi padre. Pero él estaba perdido también, yo había nacido perdido para él: él correspondía el amor de mi madre. Su cobardía, su seriedad, que más que todo eran falta de imaginación, su violen-cia, los sesenta años que nos separaban, hicieron que todo amor entre nosotros resultara imposible.
Cuando naci, mi padre tenia sesenta años. Me cuentan que, contrariamente a los demás niños, no lloré. Sólo unos gruñidos, unos hipos, testimoniaron que ya estaba respirando. Trato de imaginarme esa primera mirada suya, cara a cara, y mi silencio, mi prematura e irrenunciable intención de que nunca conversa-ríamos. Esa mirada azul la siento aún como un aletazo de tris-teza. Y tantos pensamientos que se han acumulado en mí desde entonces no logran darme la fuerza necesaria para perdonarlo.
Con esto no quiero decir que no fuera afectuoso. Pero la obsequiosidad, ese rasgo que más odio en mí, me viene directamente de él. He descubierto que cualquiera relación que yo establezca debe darse dentro de la no agresión. La obsequiosidad me sirve para desarmar a la gente. Y con mi padre nunca supe si después de una caricia vendría una bofetada, nunca me sentí seguro, al resguardo, en sus brazos. Podía estarme besando, fe-licitando: bastaba que alguien preguntara quién quebró esto para que sintiera el golpe que enceguecía, que me hizo muchas veces perder el conocimiento. Los interrogatorios eran inefica-ces. A gritos, los ojos desorbitados, la baba se esparcía en todas las direcciones. Eran ineficaces porque siempre mentí.
Ahora sé otra cosa: tampoco debo reprochar la blandura de mi madre. Una mujer enamorada como ella, enamorada hasta que mi padre murió, no tuvo ojos sino para él, él era todo su mundo. Durante una época creí odiarla; odiaba su dureza, su equitatividad. Fría, débil, torpe, no inteligente, pero a pesar de eso uno de los seres que no he podido odiar, la clave de todas mis supersticiones. Aunque esto lo aprendí mucho después, cuando me di cuenta de que era precisamente el amor lo que ella me había rehusado.
Pienso que pude haberme vengado aliándome con mi padre. Pero él estaba perdido también, yo había nacido perdido para él: él correspondía el amor de mi madre. Su cobardía, su seriedad, que más que todo eran falta de imaginación, su violen-cia, los sesenta años que nos separaban, hicieron que todo amor entre nosotros resultara imposible.
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