Adam West se consideraba el auténtico Batman, y yo estoy de acuerdo. El monstruo esquizofrénico y psicopático de los cómics fue inventado por Frank Miller; ciertamente, el detective sombrío y tenebroso estaba ahí desde la legendaria etapa de Denny O'Neill y Neal Adams, pero no era, ni por asomo, la versión actual del personaje, un bizarro sadomasoquista que, por alguna razón, convence al público posmoderno. Pues vale. Pero Adam West molaba millones de veces más.
Y este cómic también mola millones de veces más que las paridas con ínfulas de Scott Snyder y plumillas semejantes. Jeff Parker clava al Cruzado Enmascarado y al Chico Maravilla como deberían ser si viviéramos en una sociedad sana (y un tanto psicodélica, vale, pero eso es peccata minuta). Vamos, que son dos compinches simpaticotes que luchan contra payasos, mujeres fatales, fanáticos de los acertijos y narigudos con paraguas que entran en la cárcel (o en el psiquiátrico), y en el episodio siguiente ya vuelven a estar por ahí sueltos, como si fueran personajes de una farsa absurda (que es exactamente lo que son), en la que nosotros, los lectores, estamos invitados a participar. En cuanto al arte, es bastante homogéneo en su estilo camp, pero habría preferido a un artista regular, como el magnífico Ty Templeton o el más que competente John Bogdanove, en lugar de un equipo de dibujantes rotatorio. Aun así, todos y cada uno de ellos realizan un trabajo, como mínimo, sólido.
En definitiva, un tochazo bien divertido, lleno de grandes momentos cómicos (impagables las versiones británica y japonesa del batmóvil), de aventura sin complejos y con unos protagonistas rebosantes de simpatía: justo como Adam West y Burt Ward, los únicos Batman y Robin de la historia que lo hicieron bien y lograron que su Gotham fuera un lugar en el que diera gusto vivir, y no un pánico aterrador. Y es que quizás, solo quizás, un corazón generoso y bondadoso, una confianza ilimitada e ingenua en que la gente pueda mejorar, y un nulo sentido del ridículo sean armas más potentes para luchar contra el crimen que la ultraviolencia y una insana e inagotable ansia de venganza. Mike Allred lo expone magníficamente en el epílogo del volumen y, por supuesto, Adam West, mi queridísimo Adam West (que en paz descanse), era de la misma opinión. ¿Y el resto de nosotros?