La Corte de Carlos IV, con un título mucho menos sugerente que Trafalgar, resulta que me ha gustado mucho más.
Para empezar, la novela tiene otro tono muy distinto. En este episodio, Gabrielillo ya es un adolescente orgulloso que se busca la vida. Hay claros ecos del Lazarillo (y la picaresca en general) en esta búsqueda con saltos de un trabajo a otro. Gabriel nos pinta el ambiente cortesano de la época y el mundo del teatro donde se pondera a Moratín de manera positiva pero con matizaciones a lo largo de toda la novela.
Gabriel continúa enamorado de Inés, cuya deteriorada situación parece mejorar tras la crisis devenida por la muerte de su madre. Sus tíos, unos fantoches, quieren llevársela (no tienen hijos) y así ella heredaría sus bienes. Gabriel, con razón, desconfía de las intenciones de estos, así como la propia Inés.
Este es el hilo conductor de la novela, que podemos relacionar con una temática similar al Sí de las niñas puesto que la joven no es dueña de su voluntad. Es su tío (el curita) el que decide que ella debe irse con ellos y ella, humildemente, debe aceptarlo. No obstante esto no será así, pues Inés posee una personalidad fuerte. Así la describe el narrador al comienzo:
“[---] comparando mi espíritu con el de Inés y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no. Mis facultades eran como meteoros errantes, que tan pronto brillan como se oscurecen; tan pronto marchan como chocan, según la influencia recibida de superiores cuerpos; mientras las suyas eran un completo y armónico sistema planetario atraído, puesto en movimiento y calentado por el gran sol de su pura conciencia.”
Este nivel de profundización, embellecimiento y poesía no lo alcanza Trafalgar en ningún momento. Sin embargo, en esta segunda novela la altura de pensamientos es constante y por momentos se versiona a Shakeaspeare con su Otelo en un tono humorístico, lleno de luz, que es la virtud más poderosa de Galdós. Esa mirada abierta y bondadosa por encima de todo, con una sonrisa comprensiva sobre todo lo que sucede, con un ligero toque de mozzarela. Este toque de ironía y de finura también se encuentra en el léxico, con el empleo de epítetos como “amostazado”, verbos como “exornar” por adornar, la expresión “gramática parda” lamentablemente perdida ya, insultos muy celebrados como bobalicones, covachuelistas, abates o el tierno zarramplín, etc.
Como esto fundamentalmente son notas para mí y para el que quiera echarle un vistazo ahora copiaré unas cuantas citas del libro que me gustan:
“En su lenguaje tomaba mucha parte la risa, con tanta franqueza y tan discreta desenvoltura que nadie estaba triste en su presencia” p. 42.
“La belleza ideal y grandiosa de la segunda causaba un sentimiento extraño, parecido a la tristeza. Pensando en esto después, he creído que la singular estupefacción que experimentamos ante uno de estos raros portentos de la hermosura humana consiste, o en la creencia de nuestra inferioridad o en la poco esperanza de poseer el afecto de una persona que, a causa de sus muchas perfecctiones, será solicitada por sinnúmero de golosos.”
“Oyendo al diplomático, yo recordaba a cierto mentiroso que conocí en Cádiz; Jose María Malespina. Ambos eran portentos de vanidad. […] Y su prurito consistía en defenderse de ataques imaginarios y en negarse a revelar secretos que no sabía. […] Esto demuestra la gran variedad en la fauna moral […]”
“¿En qué puedo servir a usía?- pregunté melifluamente comprendiendo que nada me valdría mostrarme altanero con semejante lobo.” (p.141)
“La experiencia es una llama que no alumbra sino quemando”. (p.149)
“[…] el imperio de sus miradas tan irresitible y despótico [..]” (p.163)
Decripción brillante de Moratín en la página 165: “[…] de una urbanidad solapada e irónica […]”
“Dijo Isidoro recreándose en pensamientos de exterminio”
“De los necios se hacen los discretos. Para ser discreto es preciso haber sido tonto.”
“Cuando Amaranta hizo que Goya la retratase desnuda.”
Galdós es dios, eso lo digo yo.