Jimmy Channing corrió desesperado por aquel callejón obscuro. Sus pasos resonaban como un tableteo. Ellos también los oirían y al fin le darían caza. Con este pensamiento se detuvo y pegóse a la pared, justo en el hueco de una vieja puerta. Escuchó los latidos de su corazón en el pecho. Sacó el pañuelo y se secó el sudoroso rostro. Era una noche calurosa como no había habido otra en aquel mes de agosto. Pensó que quizá había conseguido burlarlos y que en tal caso podría tener un par de horas de respiro. Durante ese tiempo arreglaría sus cosas. Por arriba de su cabeza le llegó el sonido de una trompeta. Entonces se dió cuenta de que se encontraba en la parte trasera de una casa, cerca de la escalera de incendios. En uno de los pisos alguien ensayaba el instrumento. Luego oyó el chillido de un niño que lloraba y un padre impaciente soltó un ex abrupto. Channing se buscó el paquete de cigarrillos, pero recordó que los había terminado y lanzó una imprecación entre dientes.