Esta es para mí una lectura tardía, muy tardía quizás, aunque no completamente por mi culpa. Cuando hará más de una década descubrí, leí y me fasciné con las grandes novelas de Del Paso, esta última, Linda 67, estaba creo yo descatalogada, no se la hallaba por ningún lado y, con pesar, pese a la curiosidad que una novela policiaca de Del Paso me despertaba hube de resignarme a no encontrarla, y luego la olvidé.
No hace mucho, finalmente, el Fondo de Cultura Económica sacó una nueva edición, y creo supe de ella de inmediato pero aún así no la compré, no la leí, estaba simplemente enfrascada en otras cosas, y sólo ahora me animé, curiosa una vez más pero también cauta, no queriendo llevarme una decepción mayor con un experimento semejante, precisamente por lo mucho que me gustaron las otras novelas de Del Paso.
Por desgracia, y pese al destanteo genial que logra el autor al comenzar el relato por el final (revelando desde la primera página al asesino), toda la primera parte se me hizo algo cuesta arriba, tal como las calles de San Francisco, con su profusión de detalles geográficos, una especie de necesidad genérica de sumergir al lector en una atmósfera de detallada precisión para retarlo a buscar pistas, relaciones o intentos de quien escribe de despistar, amén que los protagonistas del relato, una rubia despampanante y millonaria, y un parásito de lujo que todo lo tiene (sin darse cuenta) nada más por nacer rubio y bonito, pues, no son precisamente personajes con los que sea fácil congeniar, identificarse, si bien, con todo eso, la prosa magnífica de Del Paso consiguió mantenerme atenta, o al menos hacerme sospechar, querer creer todavía, que una novela de semejante escritorazo, no podía ser tan simple. Y no lo fue.
Y es que, armado ya con tanta paciencia aquel mundo, con los personajes principales ya asentados en la cabeza del lector y hasta sintiendo pese a todo una indudable simpatía hacia el asesino amateur, de pronto, como llegando a la cúspide de una montaña rusa, el relato se deja ir y te empuja hacia el respaldo de la silla, avanzando fuerte y sin parar.
El cambio de los ritmos, de la perspectiva y, sobre todo, la forma en que en ocasiones los diálogos se entremezclan unos a otros es magnífica, consigue incluso un efecto cuasi cinematográfico de acción en tres frentes, y ni qué decir de los momentos de lirismo puro tan delpasianos cuando las cosas le pintan bien al de repente simpático asesino, alternados con el cálculo frío y asocial de sus planes, de sus acciones, echadas todas a perder por lo que no pudo (ni habría podido) controlar.
Contrario también al relato detectivesco tradicional, o más común, el detective aquí es secundario, muy importante eso sí, sobre todo al final, pero no es él ni sus devaneos lo que mueve la trama, ni las pistas y despistes que va siguiendo, y de hecho, podría quizás decirse que todos esos elementos de novela negra tradicional forman apenas una base, un cimiento a partir del cual Del Paso añade su toque de genialidad, no añadiendo posibles culpables (que no tienen sentido dado que sabemos claramente quién es el asesino) sino enfocándose en la descomposición del asesino al entrar, para su enorme sorpresa, terceros en disputa, elementos no predecibles ni con el más frío y preciso de los cálculos, y que el mismo lector debe descubrir.
Más que una batalla de intelectos, del genio perverso contra el genio justiciero, lo que resalta este relato son dos cosas mucho más simples y no por ello menos significativas: primero, que es absurdo y hasta quizá necio olvidarse que el otro (el detective, el chantajista, y al final el dolido padre de Linda) es también un ser racional, astuto cuando hace falta, y por ello tan capaz de desenredar el más elaborado de los planes; y segundo, que no hay plan en el mundo capaz de predecir todas las variables, pues el azar existe (y hasta puede que en cierta medida reina) en el mundo.
Es, pues, una negra impecable, magnífica, original, que no desluce en nada la obra del autor, pues sus taras son innatas.
Y digo taras innatas, porque, a decir verdad, la novela negra siempre ha tenido un algo que jamás me ha acabado de gustar, y que es justo lo que suele ser su mayor mérito: su inmaculada perfección.
No recuerdo en que parte de En busca del tiempo perdido, puede que en La prisionera o en La fugitiva, Albertine le dice a Marcel, o a éste y a sus amigas, que no soporta ver idílicos cuadros de pastoras felices y lozanas, por la simple razón de que, por muy bien que estén hechos o concebidos, lo que retratan es una mentira crasa, una irrealidad que resulta casi insultante para lo que es la realidad, pues no hay pastoras semejantes en el mundo, nunca las hubo, la vida de una chica del campo en semejantes condiciones distaba lo que el cielo de la tierra de lo que muestran esos cuadros, y eso, justo en ese sentido es que la perfección de la novela negra me aleja de ella.
Al menos en el tercer mundo, y seguro que en no mucho menor medida en el primero, la mayoría de los crímenes se quedan sin resolver, es imposible saber a ciencia cierta qué fue lo que pasó y hasta cuando se detiene al criminal es imposible comprobar de forma ciento por ciento clara su culpabilidad. Si a eso se le suma el que los detectives esencialmente honrados, o cuando menos dedicados en serio a encontrar malosos pese a que ellos mismos sean un desastre, deben ser bien pocos, pues las justicias están inseparablemente unidas a toda clase de politiquería e intereses creados (es decir, corrupción), y dedicadas por lo mismo más que nada a proteger a las elites y no a resolver crímenes, resulta pues, que un relato detectivesco como este, como casi cualquier otro, es algo así como ese cuadro idílico e insultante de una pastora ataviada como princesa que tanto enojaba a Albertine.
Sin descartar que en efecto existan aquí y allá, de cuando en cuando, auténticas batallas de intelectos entre criminales y justicieros, no por ello deja de ser cierto que todo eso tan preciso y concreto, tan magistralmente armado por un buen escritor de novela negra, coherente, sin contradicciones, sin cabos sueltos, es sólo eso, un artificio literario que entretiene, que en el mejor de los casos te hace reflexionar sobre la condición humana (como aquí), pero que también un poco engaña al cambiar al mundo con una fantasía, pues a diferencia de otras fantasías literarias con fantasmas, dragones o duendes, esta pretende vestirse de realidad.
Y ya me callo.