Pequeño tratado de cómo el poder se escurre por las grietas de todo, hasta del silencio. No grita, no ordena: susurra desde los pasillos del hospital, desde la fila en la cárcel, desde el aula donde alguien toma asistencia. Aquí no hay tronos ni coronas, solo expedientes, batas blancas y relojes de pared. La violencia no necesita escándalo; basta con el archivo.
Este librito —que ni es tan micro ni tan físico— tiene la encantadora virtud de no dejarte en paz. Lo terminas (si acaso se termina) y ya no puedes ver igual la escuela, el consultorio, la televisión o a tu abuelita recomendándote portarte bien. Todo es sospechoso. Todo es una máquina que produce obediencia.
Lo mejor de todo es que, aunque a ratos parece escrito para irritar al lector, también es cierto que ilumina. Y no con la claridad del sol, sino con esa luz parpadeante que te hace dudar de tu sombra. Aquí se habla sin piedad del poder, de su capilaridad, de cómo se cuela donde menos lo esperas. Y aunque el estilo raya en lo denso, lo enredado y lo críptico, hay momentos en que una frase, una sola línea, te arranca una certeza como quien te arranca un diente podrido. Duele, pero respiras mejor.
En resumen: no es un libro amable, ni busca caer bien. Pero tiene algo de espejo roto: fragmentario, punzante, y sin embargo, te devuelve algo de ti que preferías ignorar. Qué fastidio. Qué maravilla.