El protagonista, quien perteneció a una célula subversiva comunista, se ve obligado a huir de su casa con lo puesto luego de una redada en su casa en la que han atrapado a uno de sus antiguos compañeros. El protagonista es inocente, pero claro, qué policía le iba a creer: sus antecedentes son problemáticos. Sin dinero ni recursos, el protagonista y su novia deciden refugiarse con sus respectivas familias; ella, con una tía suya; él, en la hacienda de su tio, un rico potentado de una ciudad de provincias, a quien no ve desde hace mucho. El plan es el siguiente: aprovechando su conocimiento como ingeniero de minas, le propondrá a su tio un negocio, una prospección en sus tierras que revele la presencia de un mineral cuya explotación le reporte pingues beneficios. Evidentemente, en la zona tal mineral no existe, y la prospección lo va a revelar más pronto que tarde, pero con el dinero que su tio le de durante los trabajos preliminares podrá marcharse y refugiarse una temporada con su novia, hasta que las aguas vuelvan a su cauce.
Cuando el protagonista se presenta en casa de su tio verá que, tras una apoplejía, la salud del anciano es frágil, y que todos sus primos y familiares están ojo avizor al inminente fallecimiento del jerarca familiar para repartirse la herencia. La presencia del primo desaparecido, con quien nadie contaba en el reparto, y la buena acogida que le da el anciano, hace que la familia se movilice rápidamente. Una vez colocado el tablero y las fichas, la partida no hará más que enredarse hasta que el nombre del título se manifieste.
A grandes rasgos, este es el primer acto y parte del segundo de Dos crímenes, del mexicano Jorge Ibargüengoitia. Al contrario que en su novela Las muertas, donde se nos recreaba un true crime mediante la ficción, en esta obra Ibargüengoitia fabula e imagina desde la nada, hasta el punto que ni el pueblo en que ocurre la acción, o el mineral explotado, existen realmente. Si no fuera por lo sórdido del desarrollo, Dos crímenes podía ser una perfecta comedia de enredo en la que se satiriza todo. Partimos de un planteamiento muy sureño, muy La gata sobre el tejado de zinc, en la que los familiares, como hienas zalameras, se humillan ante el patriarca moribundo a la espera de la herencia, que obtendrán íntegra aún viéndose obligados a recurrir a lo más indigno. El México de los sesenta se nos presienta también en clave satírica, pues aquí un hombre inocente prefiere huir de la justicia antes que enfrentarse al juez, y la policía, cuando aparece, es corrupta hasta la raíz e incompetente.
Dos crímenes es una novela muy divertida, frenética. Su ritmo endiablado y la concatenación de sucesos, cada vez más embrollados, obliga al lector a leerla del tirón. Así lo hice yo. Coincidió que estaba leyendo esta novela esperando un avión, y al retrasarse unas horas acabé ventilándomela de una sentada. Y menos mal, porque no llego a tener al socarrón de Ibargüengoitia animándome la espera y hubiera cometido una locura.