Vidas a la intemperie nos habla de la pérdida de un mundo, el campesino, compuesto por muchos pequeños mundos que, como advierte el autor, se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas de un etnocidio con rostro amable. El libro plantea la necesidad de recuperar las ruinas que explican nuestro tiempo. En este sentido, el escritor de este ensayo nos propone un viaje cautivante al pasado que nos permita comprender un presente en el que nos hemos quedado huérfanos y huérfanas. […] Vidas a la intemperie es uno de esos libros fundamentales para las que trabajamos en el ámbito de la soberanía alimentaria porque nos hace repensar y cuestionar las verdades asumidas. Rescata, además, historias de mundos campesinos que nos inspiran en la construcción de resistencias que alimenten la memoria y orienten las prácticas de quienes hoy en día nos empeñamos en mantener un mundo rural vivo.
«Los campesinos vivían en una geografía bautizada, en la que todo había recibido su nombre. Montañas, collados, torrentes, fuentes, peñas, cuevas, vados, puentes, rincones, hondanadas, riscos, prados, bosques, caminos, bordas, casas... Ni un palmo de terreno sin identificar. Ser del pueblo significaba conocer el nombre de todos estos lugares. Los topónimos eran los cimientos del entendimiento mutuo. También la contraseña de la pertenencia y de la propia identidad».
Tiene algunas cosas interesantes (como las intuiciones sobre la ciudad y su modificación de la percepción), pero en general no me ha gustado mucho. Rezuma una nostalgia un poco reaccionaria y no es capaz de salir de la dicotomía campo-ciudad (anacrónica ya). Además, sus frases lacónicas son excesivamente crudas y hacen la lectura muy aburridas (Por no decir. Que a veces. Escribe. Así).
Está tejido con el mejor hilo y con una dedicación tan meticulosa que, a ojos de un inexperto, cuesta entender el patrón que está tejiendo. Eso sí, cuando te alejas de las agujas que sujetan los hilos, te das cuenta de lo importante que es ver el conjunto para deleitarte de este magnífico trabajo.
Una descripción minuciosa y lejana del campo y esa historia que seguimos cargando como sociedad, que no terminará de sanar, de reproducirse de otras formas, de cantarnos y cautivarnos, aún en su inerte camino al precipicio.
Está muy bien escrito y obliga a la reflexión sobre la ruralidad, la España vaciada, y los socialmente extintos campesinos en nuestro país. Recomiendo.
Estoy muy contento de que sea lo que promete el título: notas preliminares. Son frases a veces sin hilar, sueltas (cosa que puede acabar cansando), a veces párrafos o textos más largos, de un par de páginas. Pero hay muchísimas ideas interesantes, muchos hilos a otras lecturas que he apuntado y que igual hasta llego a seguir.
Como cosa mala, malísima: la edición es bonita por fuera y casi ilegible por dentro, de lo pequeña que es la letra. Vale que son ocho euros, pero tampoco hay que ahorrar en tinta de esa forma, hombre.
De forma muy peculiar, el autor acerca al lector al mundo campesino primero desde una mirada externa (la de aquellos que escriben la historia, es decir, los más alejados del campo) y después explorando desde dentro la infinidad de matices y complejidades existentes y que tan fácilmente se han simplificado a lo largo de la historia.
Lleva a una reflexión muy interesante aunque no siempre optimista acerca del impacto que la total transformación del campesinado (o mejor dicho, su aniquilación) tiene sobre nuestro presente y futuro.
Gracias Marc por tallar el epitafio de un entorno rural que nunca más podremos ver. Ojalá vengan lluvias que derriben los invernaderos de Food Valley, rieguen las huertas y salgan los girasoles, que los roben los niños y se coman las pipas en un "laero"
Un llibre ple d'idees molt interessants. Un repàs històric al paper dels camperols, precisament els grans oblidats per la història, a causa de la seua idiosincràsia. M'ha agradat força.