«Los campesinos vivían en una geografía bautizada, en la que todo había recibido su nombre. Montañas, collados, torrentes, fuentes, peñas, cuevas, vados, puentes, rincones, hondanadas, riscos, prados, bosques, caminos, bordas, casas... Ni un palmo de terreno sin identificar. Ser del pueblo significaba conocer el nombre de todos estos lugares. Los topónimos eran los cimientos del entendimiento mutuo. También la contraseña de la pertenencia y de la propia identidad».